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El arte de engañar al lector sin tomarlo por idiota

El arte de engañar al lector sin tomarlo por idiota

Pido disculpas por volver a levantar la persiana de “La Paradoja”, pero hace unos meses recibía una llamada de Leandro para volver a aporrear el teclado y claro, ante invitaciones así uno puede tardar más o menos, pero al final todos terminamos volviendo a Ítaca. Hoy no me voy a meter en el jardín de Nolan, aunque no lo descarto en un futuro. Hoy voy a meterme en el jardín de Mentira, porque tal y como pasa cada vez que Gómez-Jurado saca novela, se escriben páginas y páginas sobre lo que la gente cree que ha leído.

Y no.

Con la perspectiva del tiempo ya pueden hacerse algunas… revelaciones. Creo que la novela ha madurado lo suficiente en baldas como para dejar un par de reflexiones que, aunque no tengan que importarle a nadie, me van a servir para rellenar estos párrafos.

Mentira arranca con una honestidad sospechosa. «Mi trabajo es mentir», confiesa la narradora. Es el equivalente narrativo a entrar en un casino y encontrar un cartel que diga: “Cuidado, aquí intentaremos quitarle el dinero”. La advertencia tranquiliza. El error consiste en creer que era una advertencia.

La principal virtud de esta novela consiste en renunciar a una de las hipocresías más arraigadas de la literatura: fingir que no está manipulando a nadie. Juan, por fortuna, tiene mejores cosas que hacer. No oculta el truco; lo exhibe bajo un foco y convierte el mecanismo en espectáculo.

"Mentira toma un camino mucho más interesante: convertir la duda en un mecanismo narrativo permanente"

Lleva demasiado tiempo perfeccionando ese arte como para fingir inocencia. Sabe que la manipulación prospera allí donde los razonamientos dejan de pasar controles de calidad, donde los datos son estirados como plastilina argumental y donde las conclusiones se presentan como inevitables después de haber amañado discretamente la partida. Y vuelve a hacerlo. Magníficamente.

Lo verdaderamente divertido es que ni siquiera intenta imponerse al lector. Le ofrece algo mucho más tentador: la posibilidad de creerse más listo que él. Le deja recorrer la novela con la satisfacción autosuficiente de quien piensa que ya ha descifrado el mecanismo. Y mientras el lector se felicita por su perspicacia, Juan le va cerrando las puertas a su espalda hasta que descubre, demasiado tarde, que la partida estaba decidida desde el principio. Entonces llega el golpe. Limpio, preciso y sin anestesia. Porque pocas cosas resultan tan satisfactorias para un novelista como desmontar la vanidad intelectual de alguien utilizando exactamente los argumentos con los que esa misma vanidad pretendía defenderse.

Mientras buena parte del thriller contemporáneo se esfuerza en sorprender mediante giros cada vez más improbables —una carrera armamentística de la sorpresa donde la lógica suele ser la primera víctima—, Mentira toma un camino mucho más interesante: convertir la duda en un mecanismo narrativo permanente.

El resultado es probablemente la obra más ambiciosa de Gómez-Jurado fuera de los universos seriales que le dieron fama. Un libro que llega precedido por una incómoda pregunta: ¿qué hace un escritor convertido en fenómeno de masas cuando ya no quiere refugiarse en las franquicias que le han proporcionado millones de lectores? La respuesta parece ser esta novela.

EL THRILLER COMO JUEGO DE ESPEJOS 

La premisa es, sobre el papel, sencilla. Una mujer llamada Eva Ramos —o eso nos dicen— dedica su vida profesional a convencer, manipular y construir ficciones útiles para otros. Cuando una operación sale mal, acaba atrapada junto a su hermano en un pueblo aislado por la nieve donde un asesinato amenaza con desencadenar una guerra latente entre vecinos.

Contado así, el argumento parece mezclar una novela de huidas con un whodunit clásico. Y efectivamente así lo hace. Pero también es algo más. Mucho más.

"Hay huellas de novela policial, reflejos de thriller psicológico y el barro característico del rural noir"

Gómez-Jurado organiza la historia como una colección de cajas chinas donde cada respuesta resuelve un misterio menor para abrir otro bastante más incómodo. Hay huellas de novela policial, reflejos de thriller psicológico y el barro característico del rural noir, pero intentar encerrar el libro en una de esas categorías sería tan inútil como pretender clasificar un incendio por la forma de las llamas. Lo que realmente hay aquí es una exhibición de músculo narrativo. Una demostración cuyo mensaje de fondo es tan simple como perturbador: la realidad se sostiene sobre acuerdos provisionales y la verdad suele aparecer disfrazada, cuando no directamente caracterizada para la ocasión

El hallazgo tiene un punto de ironía particularmente contemporáneo. Nunca se ha hablado tanto de autenticidad, y probablemente nunca había resultado tan rentable fabricar versiones alternativas de ella. Los algoritmos, esos árbitros supuestamente neutrales de nuestra conversación pública, recompensan menos la verdad que su rendimiento estadístico. Por eso una protagonista especializada en alterar percepciones no parece una anomalía novelesca. Parece alguien que entendió las reglas antes que los demás. Un perfil perfectamente funcional en una época donde la realidad compite cada día contra versiones mucho mejor proporcionadas de sí misma.

LA MEJOR VIRTUD DE GÓMEZ-JURADO NO ES LA QUE SUELE SEÑALARSE 

Existe cierta tendencia crítica a reducir a Juan Gómez-Jurado a una máquina de generar páginas adictivas. Como si fuera un extraordinario ingeniero del entretenimiento. Lo es. Negarlo sería absurdo.

Pero Mentira permite apreciar algo que a menudo queda oculto bajo el ruido comercial: el hombre escribe mejor de lo que sus detractores están dispuestos a admitir.

"La diferencia entre un gran thriller y uno del montón no reside en la identidad del culpable"

Hay pasajes descriptivos donde la novela abandona momentáneamente la velocidad y se toma el tiempo necesario para respirar. El paisaje nevado, la sensación de aislamiento, la mitología local y la construcción de Somiedo adquieren una densidad insólita dentro de un género habitualmente obsesionado con correr.

Existe la extendida superstición de que el éxito de un thriller depende de la sorpresa final. Es una creencia comprensible, aunque tan limitada como pensar que una catedral vale lo que cuestan sus ladrillos. La diferencia entre un gran thriller y uno del montón no reside en la identidad del culpable. Reside en la capacidad de levantar un mundo tan sugestivo que, una vez descubierto el engaño, el lector lamenta haberlo descubierto. Porque resolver un misterio es fácil: basta una página. Crear un lugar del que nadie quiera marcharse exige bastante más talento.

EL PROBLEMA DE LOS AUTORES EXITOSOS 

Sin embargo, la novela también carga con el principal defecto que arrastra casi toda la obra reciente de Gómez-Jurado: el desborde. La desmesura.

Es un autor con tantos recursos narrativos que rara vez se resiste a utilizarlos todos.

Hay momentos en los que Mentira parece cuatro novelas compitiendo por ocupar el mismo espacio. Thriller de persecución. Novela de supervivencia. Misterio rural. Relato iniciático. El milagro es que el conjunto funciona.

Y la clave está en que se supera el inconveniente de que algunas tramas posean más “grávitas” que otras. El lector puede descubrirse deseando permanecer en una línea argumental mientras la narración ya está acelerando hacia la siguiente curva. No se trata de un defecto grave. Más bien es una consecuencia inevitable de una novela que aspira a abarcar mucho más de lo que recomienda la prudencia editorial.

Pero Gómez-Jurado hace tiempo que dejó de ser un escritor prudente.

LA PARADOJA DEL NARRADOR MENTIROSO 

El narrador no confiable pertenece a esa categoría de recursos que separan a los buenos escritores de los mediocres. Utilizado sin talento, provoca la sensación de que alguien está escondiendo cartas bajo la manga. Utilizado con inteligencia, consigue algo mucho más difícil: que el espectador descubra el truco y aun así aplauda.

Gómez-Jurado entiende perfectamente esa diferencia. Por eso no intenta engañar al lector acerca de que va a engañarlo. Le anuncia sus intenciones desde el principio con una sinceridad tan paternalista como falsa. El pacto es simple: vas a ser manipulado, pero la manipulación no será un defecto del mecanismo. Será el mecanismo.

"Lo más interesante del libro no es la resolución del misterio ni la eficacia de la intriga —ambas notables—, sino la reflexión implícita que plantea sobre la construcción de la realidad"

A partir de ahí, cada capítulo se convierte en una partida de ajedrez entre la confianza y la sospecha. El lector avanza porque cree. Sobrevive porque duda. Y se equivoca porque hace ambas cosas a la vez.

Lo interesante es que el recurso trasciende la propia novela. Acaba funcionando como un comentario involuntario sobre una época en la que la verdad parece haber sido degradada de categoría para convertirse en una mera opinión con mala estrategia de comunicación. Hemos construido una sociedad donde los hechos compiten en desventaja contra los relatos y donde una versión convincente suele viajar más rápido que una versión cierta. En semejante paisaje, el narrador no confiable ya no parece un artificio literario. Parece un cronista. Ya no parece. Ahora es.

Mentira no es una novela convencional. He leído en artículos que sobran algunas páginas, algunas capas y quizá algún giro. Pero esos excesos son los de alguien que trabaja con abundancia, no con escasez.

Lo más interesante del libro no es la resolución del misterio ni la eficacia de la intriga —ambas notables—, sino la reflexión implícita que plantea sobre la construcción de la realidad. Gómez-Jurado entiende algo que demasiados autores olvidan: la mentira no es lo contrario de la ficción. Es su prima ninfómana.

La buena literatura no consiste en decir la verdad. Consiste en fabricar una mentira tan sólida que revele una verdad más profunda que los hechos.

Y eso es exactamente lo que hace Mentira.

Lo que distingue a este libro de tantos thrillers fabricados para ser consumidos a la velocidad con la que una plataforma recomienda el siguiente episodio es que, al terminarla, no queda la satisfacción mecánica de haber completado un recorrido. Queda una inquietud algo más difícil de despachar. La sensación de haber formado parte de un experimento cuyo verdadero objeto de estudio quizá no era la trama, sino el lector.

"Llega un momento en que ya no está claro si Gómez-Jurado ha escrito una novela sobre la manipulación o simplemente ha descrito el mundo con un exceso de precisión"

Es un experimento enormemente entretenido. Los laboratorios también pueden ser lugares divertidos cuando nadie manipula sustancias explosivas. O cuando las sustancias explosivas son las certezas del público.

Gómez-Jurado ha escrito novelas más rápidas y universos más complejos. Lo singular de Mentira es otra cosa. Su autoconsciencia. Su voluntad de reflexionar sobre los mecanismos con los que fabrica la ilusión mientras sigue fabricándola. El libro juega con el lector, pero nunca contra él. Y esa diferencia, que parece semántica, es en realidad moral.

En tiempos donde media industria cultural se dedica a simplificar el mundo hasta hacerlo irreconocible y la otra media se dedica a estupidificar a su público objetivo resulta casi extravagante encontrarse con una novela que trata la inteligencia del lector como un recurso narrativo y no como un obstáculo comercial.

Quizá por eso Mentira termina pareciendo algo más subversiva de lo que aparenta. En la actualidad, respetar al lector empieza a ser una actividad de riesgo. Algunas veces, incluso, un acto de resistencia.

Tal vez por eso el libro deja una sensación tan inquietante: llega un momento en que ya no está claro si Gómez-Jurado ha escrito una novela sobre la manipulación o simplemente ha descrito el mundo con un exceso de precisión porque el verdadero problema de las mentiras no es que nos las cuenten. Es descubrir hasta qué punto las necesitamos para seguir creyendo que estamos viendo la realidad.

Y es que, en definitiva, al terminar el libro uno descubre que el mayor artificio de la historia no estaba en sus páginas. Estaba esperándolo fuera.

Pasad buen verano. Nos vemos por aquí.

Sed buenos.

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