Inicio > Blogs > La paradoja de Verne > Manual de taxidermia del objeto libro

Manual de taxidermia del objeto libro

Manual de taxidermia del objeto libro

Hay algo casi enternecedor en la industria editorial española. Detecta un problema literario y corre a resolverlo con purpurina.

Da igual que la novela sea un cadáver exquisitamente maquillado. Da igual que la prosa avance con la alegría de un prospecto farmacéutico. Da igual que los personajes tengan la hondura psicológica de un contestador automático. Lo importante es que el ejemplar llegue a la mesa de novedades con los cantos tintados, la estampación metalizada y el artificio suficiente para que nadie tenga la temeraria tentación de abrirlo.

Lo importante es que el canto vaya pintado de algún colorín.

Y qué cantos.

"La novela se vende cada vez más como objeto decorativo y cada vez menos como artefacto literario"

Dragones, flores, espadas, constelaciones, mariposas, filigranas, castillos, runas y degradados cromáticos: toda una ingeniería decorativa para responder a la gran pregunta del oficio. ¿Qué hacemos cuando el contenido no da para conversación?

Exacto.

Se decora el continente.

Durante siglos se repitió que no había que juzgar un libro por la portada. La industria actual ha decidido que la premisa no solo sigue vigente, sino que se ha quedado corta. Ahora también hay que juzgarlo por el lomo y por el canto.

La novela se vende cada vez más como objeto decorativo y cada vez menos como artefacto literario.

Y lo alarmante es que funciona.

EL AMAZON DE PAPEL 

Según la Federación de Gremios de Editores, España publicó el año pasado más de 85.000 títulos nuevos. La oferta viva ronda los 800.000.

La cifra impresiona. También asusta un poco, como todo lo que impresiona de verdad.

Porque la librería arrastra una manía profundamente medieval: tiene metros cuadrados limitados. Los lineales son los que son. No se estiran, por mucho que algún departamento de marketing rece por lo contrario.

Cada novedad aterriza en la librería como un ejército persa en las Termópilas, convencida de que el mundo llevaba meses esperándola. Y como en toda guerra, para que uno avance otro cae. Cada lanzamiento reclama territorio. Cada sello editorial se comporta como una potencia colonial peleando el último palmo de costa.

"Nunca se publicaron tantas novelas a la vez y nunca fue tan difícil localizar las pocas que seguirán ahí dentro de diez años"

El resultado es logísticamente admirable y literariamente un poco demencial: nunca se publicaron tantas novelas a la vez y nunca fue tan difícil localizar las pocas que seguirán ahí dentro de diez años.

Es el equivalente cultural de esconder una aguja en un pajar y, acto seguido, sumar treinta mil pajares más para democratizar la búsqueda. El problema ya no es que sobren libros. El problema es que cada vez cuesta más distinguir cuáles vienen a quedarse y cuáles solo hacen turismo por la estantería antes de esfumarse para siempre.

Toda librería es hoy una versión en papel de Netflix.

Miles de opciones, ninguna capacidad de discriminar y la sospecha permanente de que, si nadie de confianza te recomienda algo, acabarás viendo justo lo que el algoritmo necesita que veas.

EL PREMIO PLANETA O EL TRIUNFO DE LA PROFECÍA INCUMPLIDA 

Y luego están los premios. No me hablen de los premios.

Aquí siempre aparece algún devoto dispuesto a leer la crítica como una agresión a la patria.

Relájense.

El Planeta es una máquina de ventas extraordinaria. Probablemente la mejor jamás construida en el mercado editorial español.

Pero en el pecado lleva la penitencia.

"Una cosa es vender cientos de miles de ejemplares. Otra, muy distinta, escribir un libro con vocación de quedarse"

Hace años que buena parte de la conversación no gira en torno a la calidad de la ganadora, sino en torno a lo previsible del ecosistema comercial que la rodea.

El premio tiene una dotación de un millón de euros.

Magnífico.

Ahora intenten recordar cuántas ganadoras del Planeta de los últimos veinte años cambiaron de verdad el panorama literario español.

Tómense su tiempo.

Yo espero.

¿Ya?

Una cosa es vender cientos de miles de ejemplares. Otra, muy distinta, escribir un libro con vocación de quedarse.

Nadie discute el éxito comercial del premio. Lo que lleva décadas discutiéndose es su autoridad estética.

Son categorías distintas. Vender mucho está bien, ojo.

Pero McDonald’s también vende muchísimo y a nadie se le ocurre confundirlo con Arzak.

LOS DRAGONES SE COMEN A DELIBES 

La paradoja se vuelve especialmente sangrante en los lineales.

En muchas librerías, la nueva remesa de romantasy ocupa más espacio que media historia de la literatura española.

No es una metáfora.

Es logística.

Un lector joven entra buscando una novela y se encuentra una horda de dragones, faes, asesinos melancólicos y herederas de imperios fantásticos avanzando en formación cerrada, todos barnizados con cantos tintados, estampaciones metalizadas y ediciones limitadas. Caballería ligera de la mercadotecnia, como si en las banderolas de las Termópilas ondeara el logo de TikTok.

"Porque leer siempre es una buena noticia. Lo preocupante es cuando la industria confunde lectores con consumidores"

Mientras tanto, los herederos literarios de Faulkner, Roth, Toni Morrison, DeLillo, McCarthy o Updike observan desde un rincón cada vez más estrecho cómo media balda se rinde ante novelas cuya principal aportación a la historia de la literatura consiste en cruzar un romance imposible con un dragón hormonado y razonablemente fotogénico.

Nada contra los dragones. Han hecho más por la narrativa occidental que muchos comités editoriales.

Mucho menos contra los lectores jóvenes. Quien lee merece medalla, estatua ecuestre y, probablemente, una deducción fiscal.

El problema no es que exista un fenómeno como Empíreo, de Rebecca Yarros. El problema es que el mercado actúa a veces como si, después de Rebecca Yarros, ya no hicieran falta ni Marías, ni Chirbes, ni Vila-Matas, ni nadie con la extravagancia de escribir frases pensadas para durar más de una temporada.

Porque leer siempre es una buena noticia. Lo preocupante es cuando la industria confunde lectores con consumidores, novelas con productos y estanterías con parques temáticos. Ahí los libros dejan de competir por la memoria del lector y empiezan a competir por el hueco más vistoso de la repisa. Y esa es una batalla que la literatura suele perder frente a un canto tintado color esmeralda.

Resulta inquietante pensar que algún departamento editorial cree de verdad que el próximo Dostoievski va a salir de una campaña en Instagram, tres sobrecubiertas exclusivas y una edición limitada con brillos metalizados en la contraportada.

PUBLICAR YA NO BASTA 

Y aquí llega la parte impopular: no toda novela merece publicarse.

Lo siento.

Que exista una historia no implica que exista una obra literaria.

Buena parte de la ficción europea contemporánea vive obsesionada con ser relevante, inmediata y vendible.

Y por el camino ha olvidado ser memorable.

"La literatura sobrevivió a guerras, revoluciones, censuras y totalitarismos. Sobrevivirá también a los cantos tintados"

Se leen cientos de páginas impecablemente fabricadas que se olvidan con una eficiencia asombrosa. Novelas incapaces de producir una sola frase digna de subrayado.

Libros pensados para comentarse en un reel de veinte segundos, no para releerse. Reel y releer. Pocas veces tres letras dieron para dos destinos tan opuestos.

La literatura sobrevivió a guerras, revoluciones, censuras y totalitarismos. Sobrevivirá también a los cantos tintados. Lo que no está tan claro es si sobrevivirán los libros que intentan sustituir el talento por un acabado premium.

Porque la historia literaria tiene una costumbre incómoda: siempre acaba separando las obras de los productos, y rara vez lo hace con compasión.

EPITAFIO PARA UNA ESTANTERIA VACÍA  

Puede que dentro de treinta años alguien encuentre una de estas novelas en una librería de viejo.

No recordará la campaña de lanzamiento.

No sabrá cuántos vídeos sumó en TikTok.

Ignorará cuántos influencers la recomendaron a cámara, con la taza de café en su sitio y la estantería perfecta detrás.

Le importará poco si la primera edición tenía los cantos negros, rojos o decorados con unicornios fluorescentes.

Ni siquiera recordará si ganó aquel premio anunciado con la solemnidad de una fumata papal.

Solo abrirá el libro. Y entonces pasará lo que siempre pasa: encontrará literatura o encontrará marketing fosilizado.

La historia suele ser bastante cruel con estas cosas.

No conserva campañas.

No archiva tendencias.

No guarda notas de prensa.

La historia únicamente conserva libros.

"Tiene su gracia la fe ciega con la que buena parte de la industria sigue invirtiendo millones en convertir novelas en objetos de colección"

Por eso tiene su gracia la fe ciega con la que buena parte de la industria sigue invirtiendo millones en convertir novelas en objetos de colección antes de comprobar si merecen ser, siquiera, objetos de lectura.

Mientras tanto, en un rincón cada vez más estrecho de la librería, un ejemplar de Los enamoramientos, de Javier Marías; de Crematorio, de Rafael Chirbes; o de cualquier título de Enrique Vila-Matas espera, paciente, a que alguien lo rescate.

Sin cantos tintados.

Sin sprayed edges.

Sin edición limitada.

Sin dragones impresos en el lomo.

Con la extravagante pretensión de ser leído, que es una estrategia comercial discutible pero, literariamente, sigue funcionando bastante bien.

Y ahí puede que resida el verdadero problema de cierta industria editorial contemporánea: cree que vende libros cuando cada vez parece más empeñada en vender estanterías ya decoradas.

Suerte cuando entréis en la librería. Ojalá salgáis con un buen libro y no solo con los dedos teñidos de violeta.

Sed buenos.

5/5 (4 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios