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Outback: muy valiente o muy loco

Outback: muy valiente o muy loco

Diario de Australia (II)

Katoomba-Broken Hill (1.053 kilómetros)

“Iba en tren por primera vez.

A cada instante, a cada girar de las ruedas,

tenía la impresión de penetrar,

de adentrarse en un mundo desconocido”

(Robert Stevenson)

Un emú, un canguro y un animal desconocido marchan compactos, en fila, al fondo a la izquierda. No puedo imaginar que eso sea así, yo no me doy cuenta, pero Toñi sí, y se emociona, y luego me lo enseña en la Nikon. Parece una suerte de sueño surrealista, un zoológico en movimiento en medio de una pradera.

A las 8:03 sale el tren desde Katoomba. El café con leche de la estación, como hasta ahora, ya sea en la gran ciudad o en la montaña, sigue sin decepcionar. En un marco que cuelga en la pared figuran los nombres de todos los jefes de estación desde principios del siglo XX. Hay que subirse rápido. Son unas cuantas maletas y algunas son desagradablemente pesadas. Si no nos damos prisa, el tren se irá sin nosotros. Quizá convendría evitar la tragedia logística. El supervisor expande sus pulmones con la energía de una película de Tarzán para impulsar dos pitidos demoledores a su silbato. Piiiii. Piiiii.

Rumbo al Outback. ¿Qué es el Outback? Un vastísimo territorio que representa la esencia de Australia, lejos de las grandes ciudades y de la costa. En el Outback el paisanaje no suele ir con rodeos. Es directo, llano y sencillo. Le gusta la vida tranquila. Algunos dejaron la ciudad y ahora buscan un cierto anonimato, sin dejar de vivir en comunidad, compartiendo recuerdos. Cuidan un huerto, disfrutan del desierto, tan cercano, tan atractivo por su inmensidad, y se pierden para huir de sí mismos.

El paisaje varía en tonalidades, del verde fresco al amarillo girasol. El tren, que huele a moqueta, circula por varios pueblos pequeños —uno se llama Ivanhoe y me imagino competiciones de flechas con jinetes con armadura y montando a caballo— a una velocidad casi del todo aceptable.

—¡He visto un dromedario en una granja!— exclama Toñi.

El espectáculo animalario no cesa.

—¡Canguro, canguro! Qué graciosos son, saltando.

—¿Vas a apuntar todo lo que digo? —pregunta Toñi con curiosidad. Y enseguida vuelve a mirar por la ventanilla a la “caza” de más canguros.

"A las 14 horas suena una alarma en los móviles de todos los viajeros del tren… y en el de toda Australia. Se está probando un sistema de alerta vía SMS para las emergencias"

En el vídeo del móvil se ve el reflejo del cristal de tren, la luz tímida de la mañana entrando en diagonal. Ahora, caballos castaños y ovejas que van en rebaño sin temor a los dingos ni a las hojas, secas o enfermas, ni a los árboles calcinados. Una hora después, aparece una niebla espesa que parece humo. Casas que parecen Nuevo México, 1931, tipo Las uvas de la ira; autocaravanas en sitios insólitos, en lo alto de una colina, y coches desguazados en medio de un territorio indómito de árboles que no lloran.

Se cambia parte de la tripulación cuando estamos a 693 millas de Melbourne, según asegura un letrero. La revisora (la morena y menos simpática) baja del tren en la estación de Parkes —antes se llamaba Bushman’s y fue pujante durante la fiebre del oro de la década de 1870— y se hace una foto, sonriente. ¿La imagen será para ella misma o la compartirá con un familiar o pareja?

Cuando vaya el paisaje

por las vías del tiempo,

¡qué lejos quedarán

el adiós, el pañuelo!

Luis Cernuda

La señora del sombrero de las flores se ha quedado dormida con un best seller que si se cae al suelo provocará un estruendo en el vagón. Su marido, fibroso, lee un libro de la saga Millennium, de Stieg Larsson y mira por la ventana de vez en cuando como buscando a los personajes de la novela. El hombre que tenemos detrás no para de toser.

Hi, who are you, Ross?

Quien habla se llama Tony, tendrá unos 70 años y un rostro humano muy vivido. Llama en voz alta a varios amigos anunciando que llegará a Broken Hill en poco más de una hora. ¿Todo ayer bien en el hospital?, pregunta. Parece que se queda contento con las respuestas.

A las 14 horas suena una alarma en los móviles de todos los viajeros del tren… y en el de toda Australia. Se está probando un sistema de alerta vía SMS para las emergencias. Yo acababa de tomarme un sándwich de atún que habíamos comprado la noche anterior en un supermercado de Katoomba.

Apunto en el diario:

Atardecer sublime.

Escaleta de rojos.

Amarillo oro.

Nubes nerviosas.

Tras 11 horas de viaje, mi tía Nieves nos recibe en Broken Hill con mascarilla quirúrgica, una de esas azules. Creo que la lleva puesta al revés. Está previsto que en los tres días en Broken Hill no nos quitemos el tapabocas cuando estemos juntos en interior. El médico le ha dicho que tiene una pequeña infección contagiosa. Parece que hemos retrocedido cinco o seis años, porque hay que arrinconar los besos y los abrazos.

"Entramos en la habitación preasignada, decorada con elementos de atrezo variados de la película Priscilla, reina del desierto"

Su coche es un Toyota Camry de 1994, decorado en su parte trasera con una pegatina sobre las consecuencias del cambio climático y la orquesta civil de la ciudad, que todavía aguanta. Es duro y se comporta como un viejecito encantador con pinta de mírame, pero no me toques, alguien que ya hace tiempo que dejó atrás sus días de frenesí y que a su edad reserva fuerzas, las justas y suficientes, para cuando haga falta.

Vamos al hotel, anuncia Nieves. El hotel es el Palace y no es precisamente un palacio. Se encuentra en la esquina de una calle principal de la ciudad, que fue una de las más prósperas del país, cuna de los derechos laborales de Australia y la urbe minera más antigua. Ahora tiene 17.000 habitantes. No hay edificios altos y las aceras son muy anchas.

Panorámica de BH. Foto: Toñi Guerrero

La puerta de entrada del Palace es más bien pequeña, pero al acceder te das cuenta de que el sitio merece la pena, al menos si eres curioso. Entramos en la habitación preasignada, decorada con elementos de atrezo variados de la película Priscilla, reina del desierto: vinilos, pósteres, cuadros y hasta una reproducción de un crucifijo negro. No, no hemos visto esta cinta de culto. Ahora ya nos hacemos una idea de qué va la película. Al Palace peregrinan fervorosos de la cinta de toda Australia e incluso del otro hemisferio solo para entrar en el sitio donde se rodó.

"Solo el horizonte, una carretera con dos carriles, uno para cada sentido… y que nunca acaba. El cielo dibuja una paleta de color azul claro / pleno invierno"

La habitación resulta un empacho de colores vivos, cosas exageradísimas, muy barrocas, el inventario de superlativos se agota, de verdad. La cama luce una colcha de estampados de safari africano: leones, leopardos, monos, jirafas y cebras. En medio hay un cojín rojo con purpurina. Es suficiente. Con la mascarilla blanca FFP2 puesta, veo los ojos de horror de Toñi. Queríamos algo minimalista. Nos cambiamos de habitación. Necesitábamos descansar.

—¡Qué viajazo, qué viajazo! —anuncia Toñi, entusiasmada, con los ojos clavados en el horizonte.

Hemos llegado a un punto donde no se ve nada en más de 25 kilómetros a la redonda. Solo el horizonte, una carretera con dos carriles, uno para cada sentido… y que nunca acaba. El cielo dibuja una paleta de color azul claro / pleno invierno. Estamos en el mirador de Mundi Mundi. Justo en este punto se rodó el arranque de la película Mad Max 2, considerada la mejor de la saga apocalíptica protagonizada por Mel Gibson:

“Mi vida se desvanece… mi vista se oscurece. Solo quedan recuerdos.

Recuerdo una época de caos, sueños destruidos, este erial.

Pero, sobre todo, recuerdo al Guerrero de la Carretera a quien llamaba Max”

Bar de Silverton. Foto: Toñi Guerero

En Silverton, a 25 kilómetros de la casa de mi tía y 11 horas en coche desde Sídney, entramos en el pub más fotografiado y filmado de Australia, según cuenta Bill Bryson en Las antípodas, que Toñi descubrió en una librería de segunda mano de Bilbao, en otoño de 2025, cuando empezábamos a diseñar el viaje. Lo clava el escritor británico: “No es que el pub tenga nada especialmente salvaje, pero sí da la sensación de estar en medio de la nada y al mismo tiempo a una distancia conveniente de las comodidades y el aire acondicionado de Broken Hill”.

"El atardecer llega, despacio, sin urgencias, en la zona de las Rocas Blancas. Aquí, durante la Primera Guerra Mundial, se produjo el primer atentado terrorista en Australia"

Bueno, aire acondicionado en julio, no. La temperatura dista de ser completamente desagradable, pero no es apta para los amantes del calor. Sorprende ver en el pub la cantidad de películas y anuncios rodados allí mismo, muchas de ellas con el apellido de “Hotel”: Nullagine Hotel, Hotel Australia, Mulga Mulga Hotel, Martinvale Hotel, Station Hotel

Los carteles que cuelgan de los techos del bar, donde acaban de entrar tres parejas de cincuentones blancos y rubios y rubias pidiendo cervezas, explican el concepto del sitio: “Si un hombre dijo que lo arreglará, no necesita que se lo recuerden cada seis meses”. Se exhibe una de las pistolas originales del rodaje de Mad Max 2 y hay un libro de firmas con muchos nombres de origen francés y frases entregadas del tipo: Amazing! Iconic, Cool, Good times, Awesome!

El atardecer llega, despacio, sin urgencias, en la zona de las Rocas Blancas. Aquí, durante la Primera Guerra Mundial, se produjo el primer atentado terrorista en Australia. Hubo un tiroteo entre dos simpatizantes turcos y la policía. Era el 1 de enero de 1915 y dispararon a un tren que transportaba a 1200 personas, con el resultado de cuatro muertos y siete heridos. La noche acabó con el incendio del club alemán.

"Venir a la otra parte del globo para saber más de tus tíos, de tus abuelos. Sus fracasos, sus proyectos y sus logros también son mi vida. El viaje de los viajes"

Al día siguiente desayunamos en casa de Nieves. Veo fotos antiguas de la familia. Una emoción contenida. La fotografía de la abuela Charo que no conocí: sus manteles, la capacidad para organizar una casa en Ceuta en los años cuarenta y cincuenta con ocho hijos. El pasado, conversaciones del pasado que con la edad, frisando los 54, cada vez lo veo más cercano. ¿Qué hiciste aquel año? ¿Cuándo viniste a Australia? ¿En qué zona vivías de Barcelona? Cuéntame cómo era Torremolinos en los años sesenta. Preguntas, preguntas. Hay que preguntar. A mi tía le gusta radiar. Nos gusta hablar, conversar y también escuchar. Venir a la otra parte del globo para saber más de tus tíos, de tus abuelos. Sus fracasos, sus proyectos y sus logros también son mi vida. El viaje de los viajes.

En la mitad de una de las conversaciones eternas, con mascarilla y distancia de tres metros, con Toñi ya resfriada, Nieves sentencia: “Para venirse al Outback hay que ser muy valiente o estar muy loco”.

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