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El deseo constante de convertirse en un dios

El deseo constante de convertirse en un dios

Por muy consciente que uno sea de la sociedad en la que vive, de los prejuicios y formas de comportamiento que le han inculcado, y de las estructuras que lo limitan y lo obligan a caminar en una dirección, escapar del sistema conlleva un esfuerzo tan grande que uno suele preferir dejarse llevar por la corriente. Incluso aquellos que creen haber escapado del «rebaño», esos convencidos de que recorren un camino distinto al resto, están jugando al mismo juego que los demás.

En Jugar al juego, de Fatima Daas, Kayden, una adolescente que cursa primero de Bachillerato, se ve influenciada por su profesora de Literatura, Garance Fontaine, para perseguir la carrera de Ciencias Políticas. La señora Fontaine ve en ella un diamante en bruto, una joya que rescatar de entre la basura que son el resto de sus compañeros, de su barrio y «de los suyos», y a la que convertir en un símbolo o, mejor aún, en su propia criatura.

Los profesores y profesoras son responsables de muchas vidas, y eso los coloca en una posición de poder en la que es fácil ser víctima de la corrupción y el desgaste, más cuando se es profesor o profesora del sistema público. Precisamente ese grupo es el representante de una idea que va más allá de la identidad individual: la de que todo el mundo debe tener acceso a la educación, pertenezca a la clase que pertenezca.

"Cuanto más crece la cercanía entre ambos personajes, más crece la perturbación y el rechazo que siente el lector hacia la profesora"

Fatima Daas utiliza a Garance Fontaine y su inapropiada relación con Kayden para mostrar qué ocurre cuando uno de esos referentes decide pervertir su profesión. La profesora de Literatura consigue acercarse a Kayden a través de sus silencios, sus halagos, sus muestras de cariño medidas al milímetro y su favoritismo. Cuanto más crece la cercanía entre ambos personajes, más crece la perturbación y el rechazo que siente el lector hacia la profesora, pues lo transporta a una adolescencia plagada de dudas, de influencias y decisiones que marcarían sus próximos años, cuando no toda su vida.

Cuanto más muestra la autora de Garance Fontaine, más claro queda que no quiere ser profesora, sino un Demiurgo que escoge un montón de arcilla para moldearlo a su gusto. Kayden, inexperta, todavía en fase de comprenderse a sí misma y deseosa por gustar a las mujeres, vive por y para cada palabra y cada cumplido de la profesora, quien consigue mantener un equilibrio agónico entre la cercanía y la distancia.

Al mismo tiempo que Kayden lidia con las expectativas puestas en ella y sus propias emociones, ella y sus amigas lidian con cómo las percibe la sociedad francesa, y cómo siempre serán las «salvajes provenientes de los suburbios» que, en caso de ascender, será gracias a las facilidades que, por piedad, ellos mismos les han concedido.

El lector pronto establece la conexión entre la sociedad francesa y la señora Fontaine con los «salvadores blancos» que por «compasión» ayudan a esos «salvajes» que, de no ser por ellos, tendrían que lidiar con unas culturas «incívicas e incultas» y unas circunstancias que les impedirían ser asimilados por los franceses (es decir, renunciar por completo a su identidad para progresar).

"Jugar al juego no trata de una joven que destaca entre los demás y «escapa»: habla del gran juego al que todos y cada uno de nosotros llevamos jugando desde hace tiempo"

El único refugio que le queda a Kayden es la escritura. Hay una cita que se repite a lo largo del libro que resume muy bien el sentimiento de la protagonista: «Escribir es también no hablar. Es callarse. Es aullar sin ruido», de Marguerite Duras.

Kayden expresa a través de la escritura sus emociones, las historias que no debería contar o que le gustaría olvidar, las dudas que tiene sobre su identidad y su futuro. Hay incluso momentos en los que la conversación con sus seres queridos se transforma en escritura, pues solo a través de la palabra escrita encuentra la fuerza necesaria para expresar su amor hacia los demás. La escritura se convierte en ocasiones en un alarido y un silencio que no desea que lo olviden.

Jugar al juego no trata de una joven que destaca entre los demás y «escapa», habla del gran juego al que todos y cada uno de nosotros llevamos jugando desde hace tiempo, en cómo ayudamos a que siga desarrollándose y qué sucede con aquellos a los que el juego les impide avanzar por no ser lo suficientemente maleables, inteligentes o «especiales» según el punto de vista de un dios que todavía se considera a sí mismo justo.

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Autora: Fatima Daas. Título: Jugar al juego. Traducción: Lydia Vázquez Jiménez. Editorial: Cabaret Voltaire.  

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