Existe un grupo de autoras y autores estadounidenses que bien podría llevar la etiqueta de Generación del Medio Siglo ―análoga a la que tenemos en España―, y que incluiría a John Cheever, J. D. Salinger, Thomas Pynchon, Grace Paley, John Updike o Shirley Jackson. A ningún académico o crítico literario se le ha ocurrido aún tal clasificación, pero podemos colegir que una de sus singularidades es la de dar cuenta del desencanto del Estados Unidos de posguerra, aquel del baby boom, el desarrollo de los suburbios y el macartismo, con tonalidades que se columpian entre el hartazgo y la ironía. Muchos de ellos, además, se decantaron por el cuento como vía de expresión. Ahí tenemos la alienación cheeveriana en narraciones como “El nadador” o “El marido rural”, el humor como vehículo para la crítica en los textos de Paley o el nihilismo casi insoportable del primer Pynchon.
Con el correr de las décadas, Brodkey se fue alejando de esta mirada vitalista y forjó un estilo cada vez más introspectivo, minucioso y depurado, que encontró su cénit en la monumental El alma fugitiva, novela de casi mil páginas publicada en 1991, que motivó al critico Harold Bloom a considerarlo «el Proust americano».
En 2026, el sello barcelonés H&O ha recuperado Primer amor y otros pesares ―publicado originalmente por Anagrama en 1989―, en una deliciosa edición traducida y prologada por el gran Enrique Murillo.
Los primeros cuatro cuentos indagan en la figura de un arquetípico joven originario de Saint Louis, clásica ciudad en expansión del medio oeste del país, que ha de aceptar el desafío y el dolor de crecer, de asumir unas impuestas responsabilidades sociales y, sobre todo, de cumplir con las expectativas de los adultos. En “El estado de gracia”, el pequeño protagonista lidia con una madre a punto de enviudar, con un prematuro primer trabajo y con el descubrimiento de un cuerpo que cambia a diario. En el cuento que da título al libro, vemos al mismo joven ―o a otro muy parecido al primero, en realidad eso da igual― en plena adolescencia, en busca del primer beso y batallando contra la ominosa virginidad, al tiempo que es testigo del sufrimiento a la que es sometida su bella e insegura hermana mayor por tener que casarse con, supuestamente, el hombre indicado. Es aquí donde Brodkey comienza a desplegar con mayor entidad uno de sus rasgos de estilo característicos: la profusa descripción de la atmósfera. Podemos intuir que no ha sido nada fácil para el traductor haber interpretado fragmentos como este:
“Alcé el rostro –ese exasperante elemento que era mi rostro– y me quedé contemplando en trance la noche, las ondeantes copas de los árboles, las ramas agitadas por el viento e, incrustada en el cielo nocturno, la luna redonda que transformaba en madreperla las nubes más próximas”.
En “La pelea”, dos jóvenes que han superado el alambre de espinos de la pubertad se adentran en la tierra hostil de la primera adultez, y emprenden un periplo en bicicleta por Inglaterra y Francia, viaje iniciático que supone la ruptura de las cadenas con el nido familiar, la asunción de las propias limitaciones y el aprendizaje de negociar incluso en un contexto de amistad. En “Educación sentimental”, el mejor cuento del volumen, nos adentramos en el acartonamiento del mundo universitario y en el peso del yugo social como condicionante de la vida íntima de los jóvenes; aquí el lector es testigo y partícipe del afloramiento, desarrollo y ocaso del noviazgo de Elgin y Caroline ―surgido entre clases de poesía metafísica y ensayos de Montaigne―, así como el golpe de realidad que supone el fin del enamoramiento. Así describe Brodkey la reacción ante la propuesta de terminar con un vínculo que meses atrás parecía inquebrantable:
“Caroline dudó un momento, pero la sola idea de librarse de estas emociones febriles le pareció un sueño maravilloso”.
Los cinco cuentos restantes exploran la intimidad de un único personaje, Laurie o Laura, a quien conocemos frente al espejo, maquillándose el rostro y maquillando su inestabilidad emocional ante el designio familiar y social de tener que elegir, otra vez, al hombre más rico y más adecuado para salir. En los cuentos sucesivos, esa cita termina desembocando en un matrimonio y el posterior nacimiento de la pequeña Faith, a quien vemos crecer cuento a cuento, y con ella también crece la perspicacia de Laura para domar sus propios vaivenes emocionales y los de su marido. Aquí es de admirar el modo como Brodkey interpreta la mirada de una bebé sin jamás caer en el tópico y en el registro facilón, un error habitual que suele disuadir a más de un autor de introducir personajes de tan corta edad y que tengan cierto peso argumental.
También es admirable la delicadeza y hondura del autor para dar forma a la mirada de una joven acuciada por tribulaciones que no claudican: la de querer salir con este y no con aquel; la de querer ser madre o no; la de administrar la propia angustia al saber que su hija estará, indefectiblemente, sometida a similares angustias futuras; o la de desear recuperar la individualidad una vez superada la primera maternidad, como evidencia este gran fragmento:
“La mecedora comenzó a moverse dulcemente. El bebé se había puesto a mamar. Laura le dirigió una sonrisa a su otro corazón y dijo:
―¿Verdad que al final me devolverás a mí misma, cuando ya no me necesites?
Y se rio luego a carcajadas, por la cara de fiereza con la que la pequeña comía aferrada al pezón”.
Como se ha apuntado más arriba, pese al sinsabor que, a priori, destilan los argumentos de los cuentos, el efecto resultante tras la lectura es de regocijo, y ello se debe a la pericia del autor para exponer el mundo íntimo de los personajes, a la belleza de los detalles seleccionados con ojo de orfebre y a la reflexión que suscita el aprender a perdonarse a uno mismo, sin lapidación pero sin complacencia.
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Autor: Harold Brodkey. Título: Primer amor y otros pesares. Traducción: Enrique Murillo. Editorial: H&O. Venta: Todostuslibros.


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