Hay vínculos que surgen del interés más descar(n)ado y terminan siendo una invitación a creer en la esperanza. Y esa evolución se alimenta de rudo sentimiento cuando llega acompañada de ruina, dolor y desesperación. El compromiso, primera novela de Audrey Magee, felizmente recuperada por Sexto Piso, une a Peter Faber, soldado raso alemán en el frente oriental, con Katharina Spinell, una joven berlinesa. Gente muy corriente que acepta casarse por poderes sin haberse visto nunca. Sus motivos no pueden ser menos románticos: diez días de permiso para él, una futura pensión de viudedad para ella. El intercambio burocrático es una vía de escape en la Alemania de 1931, cuando gran parte de la sociedad germana aún se cree las patrañas bélicas de Hitler y prefiere mirar a otro lado ante los primeros indicios de catástrofe. En ese mundo donde ya se percibe el olor a podredumbre surge algo inesperado: la pareja de conveniencia se ve, de pronto, atrapada por un torbellino de deseo que escapa de lo previsible. Besos a tumba abierta. El desdichado soldado llega a su país destrozado mentalmente, invadido por los piojos, demolido en un interior por los horrores acumulados de una guerra que solo puede defenderse desde el fanatismo. Su repentina esposa sobrevive con sus sueños hechos ceniza malviviendo con unos padres inhóspitos y atormentados por la ausencia de un hijo condenado al infierno ruso.
Magee deja que sean los hechos los que lloren por sí solos. No hay subrayado alguno, no existe ningún atisbo de épica en los combates, incluso las escenas de amor rechazan tentaciones de ternura o emotividad para dejar que mande el deseo desatado y forjado al fuego lento de una exploración de urgencias y necesidades carnales. Extraña forma de alcanzar territorios amorosos, quizá por ello sea tan veraz, tan voraz. Magee no escarba en las heridas, solo las deja expuestas con un lenguaje directo, preciso, pertrechado con descripciones minuciosas del espanto: las mutilaciones, el frío que congela cada poro del cuerpo, la carne quemada, las ratas como plato del día, los francotiradores que no dejan títere con cabeza, las muertes sin sentido en ambos bandos. Los bombardeos interminables. Y el barro, el barro como sudario de costuras infernales en un caos de obediencia ciega.
A lo lejos, Katharina sale a flote como puede, aceptando el peaje de la sumisión en un Berlín deshuesado donde todo el mundo se mueve por interés en un escenario diabólico donde tienen el poder los advenedizos, los traidores, los patriotas desalmados. Donde el crimen está legalizado y los males menores acaban siendo el plan nuestro de cada día. Crímenes sin castigos, silencios que apestan a conveniencia masiva. Magee se adentra en ese mapa de monstruosidades cotidianas y ordinarias sin toga ni látigo. Observa(mos) a los vecinos, que en situaciones normales podrían ser incluso amigables y acogedores. Todos han firmado un imaginario compromiso de mordaza voluntaria, de asesinato por omisión. No se conceden oportunidades de redención: no puede haberla con tanto demonio al mando. El miedo, el dolor, la pérdida. Un hedor a impotencia ciega. ¿Qué importa el sufrimiento de los vecinos judíos si a cambio se pueden “heredar” sus ropas, sus joyas, sus casas? En ese lodazal donde se ahoga la moral y la humanidad el matrimonio protagonista es capaz, sin saberlo ni pretenderlo, de encontrar vías hacia unos instantes emotivos donde la intimidad logra sobrevivir a duras penas, a flor de piel. Y de hiel. Su único clavo ardiendo es una incierta esperanza por tener algún día un futuro común, si es que el infierno llegara a cerrar sus puertas.
Claro está, el peaje es muy amargo: la lucha por la supervivencia en mitad de la catástrofe bélica, la humillación de las mujeres en manos de los invasores rusos. Y cuando se podría vislumbrar algo parecido a un final esperanzador, Magee apuesta por un desenlace tan incómodo como necesario, tan inevitable como cruel. Su novela entrelaza el mapa íntimo con el político, su sequedad está empapada de verdad: después de leerla es imposible no ver con otros ojos las imágenes de una Alemania en ruinas. Como ocurría en la obra de Günter Grass, El compromiso está habitada por seres normales que aceptaron ser cómplices del nazismo, por acción u omisión. Los estilos son opuestos: Magee no distorsiona, ni ridiculiza, no ajusta cuentas. Su prosa es un bisturí afilado con maestría, no golpea un tambor de hojalata para llamar nuestra atención sobre los males de la Humanidad, basta con mostrarlos y dejar que hablen. Escuchemos.
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Autora: Audrey Magee. Título: El compromiso. Traducción: Francisco González López. Editorial: Sexto Piso. Venta: Todoslibros.


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