Hay recuerdos que no se comportan como recuerdos. No se dejan guardar en el álbum familiar ni aceptan el trabajo apaciguador del tiempo. Permanecen dentro de nosotros como una materia que no termina de asentarse, un cuerpo extraño cuya presencia advertimos cuando volvemos a rozarlo. De esa clase de memoria nace Septiembre negro, la última novela de Sandro Veronesi (Florencia, 1959), dos veces ganador del Premio Strega por Caos calmo y El colibrí. Su protagonista, Gigio Bellandi, regresa medio siglo después a un verano de 1972 para reconstruir no tanto lo que sucedió como el modo en que aquel suceso alteró para siempre su manera de mirar el mundo.
Gigio posee una particular inclinación a mirar antes que a intervenir. Pero aquel verano introduce una alteración. La llegada de Astel Raimondi abre una grieta por la que entran el deseo, la música, la fascinación por otro cuerpo y, sobre todo, el descubrimiento de las palabras como territorio de encuentro.
Astel, hija de un rico industrial y de una mujer etíope, pertenece a un universo muy distinto del de los Bellandi. Inteligente, vital y enigmática, descoloca a Gigio. Ambos pasan largas horas escuchando música y traduciendo canciones de David Bowie, Roxy Music o Led Zeppelin. El ejercicio tiene algo de juego amoroso y de iniciación intelectual. Gigio descubre que trasladar una palabra de una lengua a otra no consiste simplemente en sustituirla: hay que escuchar su ritmo, comprender su intención, encontrar una equivalencia que conserve algo de lo que inevitablemente se pierde.
Que aquel niño termine convirtiéndose en traductor profesional adquiere así un significado que va más allá de la anécdota biográfica. La traducción constituye una de las claves secretas de la novela. Toda traducción nace de una imposibilidad: ninguna lengua puede trasladar intacta la experiencia que otra contiene. Sin embargo, precisamente porque algo se pierde, también se hace necesario buscar una nueva forma para aquello que merece sobrevivir.
Veronesi construye el verano con una minuciosidad que no tiene nada de decorativa. El ciclismo, el ajedrez, la navegación, la música, la televisión y las conversaciones familiares van componiendo un mundo autosuficiente. El lector necesita habitarlo antes de que la novela lo fracture. La pérdida solo puede adquirir su verdadera dimensión cuando conocemos la densidad de aquello que va a desaparecer.
La Historia espera fuera de ese pequeño universo. El secuestro y asesinato de Ermanno Lavorini ya había introducido una inquietud difícil de disipar en la Versilia. Pero el acontecimiento decisivo llega a través de la televisión en color, que permite que una tragedia lejana penetre en el espacio doméstico. Gigio y Astel contemplan las retransmisiones de los Juegos Olímpicos de Múnich hasta que, el 5 de septiembre, la violencia del comando palestino Septiembre Negro convierte la pantalla en una frontera entre dos mundos.
A partir de ese momento, lo que ocurre en la historia colectiva y lo que sucede dentro de la familia dejan de ser ámbitos separados. Veronesi acierta al no convertir el terrorismo en un simple telón de fondo. La violencia que irrumpe desde la televisión modifica la percepción que Gigio tiene de su propia intimidad. El mundo exterior ha demostrado que puede entrar en ella.
Y entra.
Una traición paterna, un secreto familiar y un inesperado acontecimiento delictivo precipitan la desaparición de Astel. Lo decisivo no reside solo en lo que Gigio pierde, sino en el descubrimiento de que aquello que consideraba estable estaba sostenido por zonas de silencio que él no había sabido percibir. El muchacho que observaba el mundo desde la sombra descubre que mirar no equivale a comprender.
Cincuenta años después, Gigio regresa a aquel verano sabiendo que la memoria recupera el pasado y lo transforma. Su condición de traductor adquiere así un valor simbólico: recordar también es traducir, trasladar una experiencia a las palabras del presente hasta encontrar una relación distinta con aquello que sucedió. Esta es, quizá, la intuición más profunda de Septiembre negro, una novela de delicada compasión por la fragilidad humana. Su mayor logro consiste en mostrar que la memoria puede convertirse en conocimiento cuando dejamos de exigirle que nos devuelva el pasado y le pedimos que nos ayude a comprender quiénes somos después de haberlo perdido.
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Autor: Sandro Veronesi. Título: Septiembre negro. Traducción: Juan Manuel Salmerón Arjona. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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