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El estruendo de los silencios heredados

El estruendo de los silencios heredados

Nacida en 1975, en plena dictadura comunista de Nicolae Ceaușescu, Ioana Maria Stăncescu creció inmersa en una disonancia fascinante. Mientras su país sufría las privaciones, el miedo y la paranoia de una policía secreta que castigaba toda palabra indebida, su entorno familiar le proporcionó un oasis de libertad. Hija de la actriz teatral Dorina Lazăr y de un profesional de la radiodifusión, su infancia transcurrió entre las bambalinas del Teatro Odeon, rodeada de actores, intelectuales y escritores. Sin embargo, no siguió el camino de la actuación escénica y construyó su carrera como periodista y locutora en la sección francesa de la radio rumana durante casi tres décadas.

Su vocación literaria despertó de forma tardía, como un salvavidas ante un episodio depresivo. Volcó su angustia en la escritura de un diario personal que germinó en su ópera prima, Todo lo que le prometí a mi padre, galardonada en 2021 en el Festival de la Primera Novela de Chambéry. Fiel a un agudo nivel de autoexigencia y a un confeso terror al ridículo, para enfrentarse a su segunda obra Stăncescu acudió a talleres de escritura creativa, donde aprendió a depurar su estilo narrativo, reescribiendo su manuscrito hasta en tres ocasiones. El resultado de este aprendizaje es una voz literaria cincelada por la oralidad radiofónica, donde las frases fluyen con el ritmo exacto y sincopado de la respiración humana.

"Ella es el reflejo de esa cohorte de mujeres rumanas nacidas entre los años setenta y ochenta que han quedado sepultadas entre dos tiranías"

Si, como afirman los teóricos de la lingüística y pensadores como David Le Breton, el silencio jamás debe entenderse como una carencia, sino como una “no realización” que expone la incapacidad de la palabra para abarcar la complejidad del mundo, Stăncescu ha edificado una novela donde el mutismo adquiere una fisicidad aterradora. En el ecosistema familiar que retrata la autora, las palabras escasean, pero cuando irrumpen lo hacen por su vértice más punzante y despiadado. El silencio no actúa entonces como un remanso de paz ni como un refugio introspectivo; se transforma en una violenta condena hereditaria, como el síntoma de una patología crónica que se transmite de generación en generación.

En el mismísimo ojo de este huracán áfono habita Dora, una mujer de cuarenta años que trabaja en un departamento de compras y que se halla atrapada en un fuego cruzado intergeneracional de una hostilidad incesante. Ella es el reflejo de esa cohorte de mujeres rumanas nacidas entre los años setenta y ochenta que han quedado sepultadas entre dos tiranías; por un lado, padece la inflexibilidad de la generación de sus padres —encarnada en Nina, una madre omnisciente, crónicamente insatisfecha y emocionalmente indisponible, forjada en un régimen donde la autoridad se imponía mediante el control absoluto—; y, por otro, enfrenta el yugo de su hija adolescente, Flavia, exponente de una juventud empoderada que exige dominar cada faceta de su entorno. En medio de este campo de batalla, Dora escenifica una parálisis vital devastadora.

"Ioana Maria Stăncescu elabora una poética de la ausencia y la retención"

La audacia narrativa de Stăncescu no reside en despertar una piedad condescendiente en el lector. Traza el perfil de unas mujeres que adolecen de inmadurez emocional, devoradas por el desamor como una forma cruel de la soledad. Esta situación se palpa en el patético refugio de Dora en las redes sociales, donde construye un idilio irreal con un hombre invisible, una ilusión desesperada con la que procura inyectar algo de sentido a una vida hueca.

Este paisaje psicológico desolador, que estuvo condicionado por la angustia del encierro pandémico durante su fase de escritura —como ha confesado la autora—, encuentra su eco en el mundo exterior mediante una presencia simbólica perturbadora: los cuervos que, como oscuros presagios, rompen la inmovilidad de su balcón doméstico para escenificar un ciclo de fatalidad, recordando la violencia del exterior frente a la pasividad mortuoria del interior de las casas.

Ioana Maria Stăncescu elabora una poética de la ausencia y la retención. Mediante la elipsis y la alusión persuasiva —el finísimo arte de decir sin decir de manera explícita—, nos fuerza a convertirnos en lectores participativos, obligados a rellenar las fisuras de angustia que separan a estos personajes de la felicidad. Primero llega el silencio es una radiografía sobre la topografía del dolor doméstico, que certifica que todo lo que nos negamos a verbalizar termina transformándose en el ruido más destructivo y ensordecedor de nuestra existencia.

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Autora: Ioana Maria Stăncescu. Título: Primero llega el silencio. Traducción: Marian Ochoa de Eribe. Editorial: Impedimenta.

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