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Transición. La Experiencia U-Feeling IV, de Eva G. Guerrero y José Ángel Mañas

Transición. La Experiencia U-Feeling IV, de Eva G. Guerrero y José Ángel Mañas

Gordon y Pea, del Grupo Tecnológico, investigan un caso que atraviesa corporaciones, poder político y una tecnología que prometía libertad, en un mundo en el que el cuerpo, y especialmente el femenino, sigue siendo espacio de dominio. Transición es un thriller de ciencia ficción oscura sobre identidad, violencia y control. Una novela incómoda sobre cómo el progreso transforma las desigualdades entre hombres y mujeres. Provocadora y perturbadoramente cerca de nuestra realidad, U-Feeling se confirma como una de las sagas más audaces del panorama actual, traducida ya al inglés, alemán, sueco, ucraniano, y en breve también al francés e italiano.

Zenda comparte las primeras páginas de Transición. La Experiencia U-Feeling IV, de Eva G. Guerrero José Ángel Mañas (Alt Autores).

***

1

—Última parada, bonita.

La voz del hombre sonó dura, rasposa, determinada.

La mujer, desde el asiento trasero, negó con la cabeza. Hacía ya unos minutos que atravesaban un descampado, y lo reconoció perfectamente. Por los laterales de la calle, en las maltrechas aceras, se veían, cada poco, hogueras. Hogueras alimentadas con palés de madera que iluminaban, con su triste chisporroteo, la noche marginal de las afueras de Madrid…, de un Madrid que se arrastraba en aquel polígono hacia sus últimos estertores. Las chicas, alrededor, se calentaban como podían. A algunas se las veía sentadas en sillas de lona traídas de naves cercanas, cerradas a esas horas. Las más atrevidas permanecían con los pechos al descubierto, indiferentes al frío, como si fuesen de plástico. Pero todas estaban pendientes del flujo de vehículos que no acababa de cesar. Era un goteo de tráfico que incluso un domingo por la noche nutría esos descampados del polígono Marconi, famoso, y con razón infame, por ser el lugar de mayor prostitución de la capital y, posiblemente, del país entero.

Cada poco, se detenía un vehículo junto a una chica. Entonces la ventanilla delantera se bajaba. La chica se acercaba, murmuraba un saludo o un: «Cómo estás, mi amor», a veces en un castellano gato, redicho, demostrando que hacía años que se perdía por los Madriles, otras con una expresión muy pobre que desvelaba que andaba recién llegada de algún país del este. Ninguna miraba las estrellas, que esa noche se congelaban en el cielo tanto como ellas. Y aun así desfilaban, ligeras de ropa, con ese olor acre en la piel que resulta de la mezcla de secreciones y lubricantes, el perfume de lo destinado a malvivir.

La pregunta del varón solía llegar con timidez o con confianza, probando si conocía o no las reglas del juego. Podía ser un brusco: «¿Cuánto?», a lo que la aleccionada muchacha contestaba: «Tanto el completo, diez menos el francés, mi vida». Inmediatamente se oía el clic de la puerta. La chica miraba alrededor para indicar a sus compañeras o al proxeneta que tenía un cliente, y entraba en la parte delantera o, a veces, la trasera. El coche, tras un trayecto corto bajo las indicaciones femeninas, se detenía en uno de los espacios vacíos de aquel polígono que nunca llegó a ocupar todas las decenas de hectáreas previstas y era el erial de las almas y el supermercado del sexo basura. Paraba bajo unos árboles, en algún lugar discreto, y el cliente apagaba el motor, en tanto que la chica sacaba de su minúsculo bolso un preservativo y procedía a ejercer su oficio.

—Habrás visto decenas de lugares como este, bonita —recalcó el calificativo—. Justicia poética. ¿No te parece?

El hombre aparcó al fondo de uno de los descampados, en la oscuridad casi absoluta, y a la joven se le subieron por la espina dorsal intermitentes pulsaciones de miedo. Tenía la mejilla izquierda hinchada, una mancha de sangre en la comisura de los labios rotos. Él se deshizo del cinturón de seguridad. Se volvió para mirarla en el asiento trasero. Podía oír el pánico latente bajo su mordaza. Le provocó una emoción ambigua, de excitación, y un conato de lástima que lo pilló por sorpresa.

—Resulta que te echaré de menos, ya ves.

A veinte metros, un Toyota último modelo se hallaba detenido con los faros encendidos. Se agitaba lentamente sobre sus amortiguadores. Pronto, la puerta se abrió y salió un cliente, ajustándose los pantalones. La muchacha, en el asiento del copiloto, se recolocó la minifalda. Abriendo la ventanilla del vehículo, soltó un preservativo y unos kleenex. Había decenas de pañuelos de papel y toallitas húmedas por el suelo. El tipo, indistinguible de tantos otros que deambulaban por allí, volvió a subir al Toyota y no tardó en arrancar y dar marcha atrás.

—Aquel ya va de regreso. Pero tú no irás a ninguna parte. Mira todo bien, porque es el lugar donde hallarán tu cadáver…

A la mujer se le desorbitaron los ojos. Sintió la clase de miedo que raya lo hipnótico y te acerca al abismo más negro. Un terror maníaco derramándose por la piel en oleadas de escalofríos. Tenía la boca cubierta por esparadrapo, y dolía. Con todo, su mirada se volvió hacia el Toyota que se alejaba y, de repente, recordó quién era. Fue un momento de ira incontenible, de resolución. Tenía las manos esposadas a la espalda, pero las piernas libres. Eran piernas entrenadas en el gimnasio. Con el impulso de una explosión de sangre entre las sienes y la fuerza de cien terremotos en los músculos, lanzó una patada al rostro del conductor, que se apartó lo suficiente como para evitar el impacto.

—Cuidado con esta carita, puta. La voy a necesitar.

Ella lamentó su ataque ridículo, débil. Jadeó con horror, viendo cómo le sonreía el individuo que seguía al volante. La expresión en el rostro, que anticipaba un acto de violencia extrema, le robó la razón, la dejó sin orillas, sin oportunidades.

—No te esfuerces. Eres mujer, te guste o no. No eres rival. Las ventanas traseras están tintadas. Y aunque te pudieran ver, tampoco le importa a nadie lo que suceda. Si gritaras, no se acercaría nadie…, preciosa.

Lo dijo mirándola por el retrovisor central. Sus ojos reflejaban grumos de luz más negra que la noche. Se había parado en un lugar alejado, pero los faros de los coches que pasaban por calles cercanas despedían suficiente resplandor para ver algo. Apagó el motor. Retiró la llave del contacto. Abrió la portezuela del vehículo. En ese momento, la mujer en la parte trasera supo que aún podía sentir más pavor y le pareció irreal. Se revolvió, intentando recostarse en el asiento. Golpeó con los pies la portezuela lateral cuando esta se abrió. Procuró patear de nuevo al hombre que planeaba violentarla con la determinación de un matarife, pero él redujo sus acometidas sin dificultad.

—¡Tranquila! ¡Quieta, fiera! —se burló. Montó a horcajadas sobre sus piernas desnudas. La agarró del pelo. Se lo echó hacia atrás con las dos manos—. Deja que te mire. Necesito despedirme, ¿sabes? Morirás aquí como una zorra y, como todas las zorras, víctima de tu depravación. —Se acomodó entre sus piernas, sacó un cuchillo de combate de un arnés en el costado interior de su cazadora y procedió a desabrocharse el pantalón—. Aunque no lo creas, me duele lo que va a ocurrir —insistió. Con el brillo de un ardor impúdico en los ojos, extrajo el miembro enhiesto—. Y no te quejes. A los dos nos encanta el sexo.

2

Todos sabemos que cuando suena tu móvil en mitad de la noche de un domingo, no augura nada bueno. La inspectora Gordon lo comprendió de inmediato. Con el pálpito de que se avecinaba una mala noticia, encendió la luz de la lamparilla. El móvil sonaba con el politono de Indiana Jones, brillando sobre la mesilla de noche. Como buena policía, nunca lo ponía en silencio. Sabía que si había una urgencia en el grupo la llamarían, aunque confiaba en que ningún compañero interrumpiría su sueño e Intercambialismo, su Grupo, no era Homicidios, gracias a Dios. Y, con un poco de suerte, nunca lo sería.

En la rápida ojeada que lanzó a la pantalla del despertador, al incorporarse, comprobó que era la una de la mañana. La voz que sonó al otro lado tampoco era la de Peña, su compañera en Intercambialismo, sino la de González, quien desde hacía dos décadas era su jefe en el Grupo de Delitos Tecnológicos en el que había transcurrido casi la mitad de su vida desde que saliese de la academia.

—Será importante, González —murmuró.

—Gordon, siento despertarte a estas horas. Es grave. Sé que es domingo por la noche, pero necesito que te vistas. Ven de inmediato. No puede esperar.

Gordon ni siquiera protestó. Era raro que su superior la necesitase un domingo, y más que sonara a orden contundente. Pero ser inspector jefe lo investía con la autoridad de un general de tropa; especialmente si la subordinada a la que te diriges es la encargada de un grupo joven con dos únicos miembros a su cargo. Con un bostezo y sintiendo la boca seca después de un par de horas de sueño, miró hacia la silla. Allí estaba su ropa. Decidió no ducharse. Haría un pis, se vestiría, cogería la bolsa de cruasanes de chocolate preparada para el desayuno, por si la cosa se alargaba, y se acercaría a donde fuera. La gente se ducha por la mañana, rumió. Luego regresaría dentro de un par de horas a casa y volvería a meterse en la cama. Luna dormía profundamente, ni se enteraría de que su madre había salido.

—Está bien, González. En media hora estoy donde haga falta.

3

Las luces del bar propiciaban un ambiente cálido, íntimo, en la parte salón del Fulanita. Se trataba de un bar lésbico y en la barra solo se veían parejas o alguna mujer que, como ella, llegaba sola y pedía una copa. Los grupos de amigas y algún gay preferían la pista, junto al escenario, o se distribuían por los sofás de cuero o terciopelo y las mesillas del local. La concurrencia era escasa en una época que daba alas al odio y pecaba de impunidad, y más un domingo por la noche.

Para Angie Peña este lugar era como el amor: un espacio seguro donde compartir tus rarezas, aunque ella no atinase con el amor y sus rarezas no interesasen a nadie. En aquel garito podía sentirse cómoda y, a la vez, aislada. Las clientas habituales pasaban de la poli imperturbable, y a las nuevas, la camarera las espantaba con una orden velada en la mirada o las chistaba enseñando los dientes, el marcaje de una fiera territorial. Porque Eme, la camarera, era feroz si se lo proponía. Su corpulencia constituía una defensa contra la curiosidad insana y su lealtad, un parapeto. Para Peña, Eme conformaba un rincón donde relajarse dentro de aquel refugio acogedor, aunque estéticamente mejorable. Al menos habían pintado sobre el anterior naranja chillón de las paredes rebajándolo a un amarillo mostaza, por mucho que Eme se empeñara en declararlo Sol toscano. Eme era además la vieja amiga del instituto de su ex, la única que conservaba. La camarera más bollera y guerrera que se podía encontrar en la capital. Tampoco encontrarías muchas más que ejercieran de barwoman en locales de ambiente: en los últimos años cerraba la mayoría o los habían reconvertido en cafeterías o discos generalistas. Desde que gobernaba el partido de Ricardo Barrera, la gente como ella se sentía rodeada, confinada en campos de reeducación de vallas cada vez más visibles.

—Ponme una Alhambra, Eme —dijo desde el extremo de la barra.

Peña acababa de llegar al local, pero lo conocía como la palma de su mano. Su instinto de poli no podía evitar el impulso de analizar a quienes la rodeaban como si se hallase tras el cristal en una rueda de sospechosos. Lanzó una ojeada. Por la mirada que le dirigieron un par de rubias al fondo, comprendió que aquellas tenían ganas de marcha. Cortó contacto visual de inmediato, dejando claro que no le interesaba, y el conato que hizo una de acercarse a ella se quedó en eso, en un conato. Se sentía distante de la realidad, surfeando la atonía, en esa zona gris confortable que mata la luminosidad hiriente de la felicidad ajena. Ese día llevaba el pelo recogido en un moño bajo y el invierno a sus espaldas. La solían confundir con una joven profesora de universidad o quizá una bibliotecaria, por lo solitario de su carácter. Nada más ver delante de sí la cerveza, le preguntó a Eme:

—¿Estuviste en Valencia? ¿Sabes algo de Marina?

A Eme se le torció el gesto. Masculló:

—¿Eres idiota o qué?

—Vale, yo también me alegro de verte, Eme.

—Me vas a dejar que te presente a alguien, Peña. Te quiero, reina, pero joder, al resto se lo pones difícil.

Peña le dio un sorbo a su cerveza y calibró rápidamente la posibilidad de bajar la guardia, de comenzar a desmontar los sillares tras los que se resguardaba de las emociones. Musitó que mejor no, pero Eme no hizo caso.

—Esa junto a las que bailan en el lateral imparte clases de piano en el Conservatorio, y es preciosa… a su manera. Mírala, está sola en el orejero verde.

Peña dirigió una mirada distraída hacia donde le indicaba Eme, y sí, la chica poseía un encanto de criatura feérica, aunque no sabría decir si de un hada o de un gnomo.

—Mide metro y medio.

Eme compuso una expresión ofendida.

—No sabía que eras petitofóbica. Me avergüenzas.

Y se alejó hacia el otro extremo de la barra, donde sirvió copas a un par de conocidas que acababan de entrar. Peña aprovechó la tesitura para volver la cabeza con discreción hacia el orejero verde y mantuvo la mirada unos instantes, lo suficiente para que su objetivo sonriese. Luego dio un sorbo a su Alhambra, indecisa y a la vez deseosa de terminar con el barbecho en el que había vivido durante el último año. Ya iba a levantarse del taburete y acercarse haciendo acopio de toda su voluntad, cuando notó que vibraba su móvil. Lo sacó del bolsillo de atrás del vaquero. Lo ojeó con curiosidad. Le sorprendió ver aparecer el nombre de su jefa, y estuvo a punto de no cogerlo, pero intuyó que algo fuera de lo normal sucedía.

Apartándose de la barra, caminó hasta la entrada que daba a la calle de Regueros y salió al vestíbulo, donde la portera le abrió la puerta. La calle, fuera, era un enredo de brumas y sombras de edificios decadentes. El escenario perfecto para sentirse triste. Los comercios que la crisis no chapaba, a esa hora mostraban los grafitis de sus persianas. El barrio de Chueca había perdido el ambiente pintoresco y vibrante de décadas atrás para mostrar la melancolía del abandono de lo decimonónico. La nostalgia allí perdía su encanto entre fachadas descascarilladas y la suciedad de las aceras. Junto a una papelera rebosante de latas y desperdicios, cogió la llamada.

—Siento molestarte a estas horas, pero tienes que acercarte de inmediato. —Era la voz de Gordon—. Te esperamos González y yo en el polígono Marconi. Ha aparecido un muerto. Prefiero no explicártelo por teléfono. Ven. Es urgente.

La comunicación se cortó.

Peña miró la pantalla y se volvió hacia la portera, que la observaba, y luego a la calle donde resistían un par de locales que enarbolaban los arcoíris supervivientes sobre los rótulos en aquel barrio castizo de Madrid, y volvió la cabeza hacia la puerta cerrada del Fulanita. Era lo que había. La oportunidad se había esfumado. A veces sales a la noche en busca de algo imposible de encontrar, pensó mientras se encaminaba calle abajo en dirección a Fernando VI para coger un taxi. Al menos tenía su profesión, se consoló según se encogía en el interior de su abrigo.

Hacía frío a esas horas de la noche, hacía frío en ese mes invernal, en esa ciudad mesetaria.

Hacía frío siempre.

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Autores: Eva G. Guerrero y José Ángel Mañas. Título: Transición. La Experiencia U-Feeling IV. Editorial: Alt Autores. Venta: Todos tus libros.

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