Bernardo Munuera reúne más de cincuenta glosas publicadas originalmente en Zenda. No son reseñas al uso, sino anotaciones al margen, digresiones cultas y reflexiones personales sobre obras de Ottesa Moshfegh, H. P. Lovecraft, Hernán Díaz, Natalia Ginzburg, Jon Fosse, Pedro Mairal, Flannery O’Connor, Manuel Chaves Nogales, Bernardo Atxaga, Evelio Rosero y otras tantas más.
En Zenda reproducimos el Prólogo que Lorenzo Bernier ha escrito para Desde una celda de Zenda, de Bernardo Munuera.
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PRÓLOGO
Lorenzo Bernier
Hay libros que se escriben en el silencio de una habitación y hay libros que se escriben desde una celda. No una celda de cárcel, sino esa otra, más generosa y más exigente, que el lector se construye a sí mismo cuando decide detenerse ante un volumen, subrayarlo, discutirlo, amarlo o rechazarlo con la misma intensidad con que se discute a un amigo. Bernardo Munuera Montero ha escrito este libro desde esa celda. Una celda de Zenda, sí, pero también una celda de lectura: el espacio íntimo donde las páginas ajenas se convierten en materia viva y donde la reseña deja de ser un ejercicio de cortesía editorial para convertirse en una forma de pensamiento.
Hay en estas páginas un gusto declarado por la literatura como forma de vida. No como escapismo, sino como manera de habitar el mundo. Por eso las glosas se deslizan con naturalidad desde Ottesa Moshfegh hasta Herbert Clyde Lewis, desde Natalia Ginzburg hasta Jon Fosse, desde Pedro Mairal hasta Flannery O’Connor, desde Manuel Chaves Nogales hasta Evelio Rosero. No hay un criterio de moda ni de actualidad forzada. Hay, más bien, la fidelidad a una curiosidad voraz y a una exigencia ética: la de no dejar pasar un libro sin haber intentado, al menos, entender qué verdad —o qué mentira fecunda— traía escondida.
El autor se mueve con soltura entre géneros y épocas. Puede hablar de una distopía argentina con la misma pasión con que se detiene en un cuaderno de ideas de Lovecraft o en un diario de Manuel Moyano. Puede defender la necesidad de leer a los clásicos sin pedantería y, al mismo tiempo, señalar las grietas de cierta literatura contemporánea que confunde el ruido con la voz. Hay en su mirada una mezcla de generosidad y de severidad. Generosidad porque nunca se acerca a un libro con la intención de destruirlo; severidad porque no está dispuesto a perdonar la mediocridad disfrazada de originalidad ni la impostura que se vende como autenticidad.
Uno de los mayores aciertos de este volumen es que no pretende ser exhaustivo ni sistemático. No hay un mapa completo de la literatura actual ni un programa de lecturas obligatorias. Hay, en cambio, un recorrido personal, casi diarístico, por los libros que han ocupado la mesa de trabajo —o la mesilla de noche— del autor durante un tiempo determinado. Y ese carácter fragmentario, de glosa suelta, de nota al margen, es precisamente lo que le otorga su fuerza. Cada texto puede leerse de manera independiente, pero juntos componen un retrato del lector que los escribe: alguien que cree que la literatura sigue siendo un asunto grave, incluso cuando se disfraza de humor o de ligereza.
Hay también, y no es menor, una reflexión constante sobre el oficio de escribir sobre libros. Munuera Montero se pregunta, una y otra vez, qué sentido tiene la reseña en un tiempo de opiniones instantáneas y de algoritmos que recomiendan sin haber leído. Su respuesta, implícita en cada página, es clara: tiene sentido cuando la reseña se convierte en una forma de conocimiento, cuando el crítico no se limita a juzgar, sino que se arriesga a pensar en voz alta, cuando el texto sobre el libro se vuelve, a su vez, literatura. Por eso estas glosas están llenas de digresiones que, lejos de ser superfluas, constituyen el verdadero corazón del volumen. Una referencia a Barthelme puede conducir a una meditación sobre la parodia; una anécdota de Ginzburg puede abrir una reflexión sobre la condición de la mujer escritora; un detalle de Chaves Nogales puede servir para matizar prejuicios históricos que todavía arrastramos.
El lector atento descubrirá, además, una serie de obsesiones recurrentes: la relación entre realidad y ficción, el poder de la memoria, la dignidad de los personajes secundarios, la necesidad de una prosa concreta frente a la abstracción vaga, el valor de la digresión como forma de pensamiento. Hay también una defensa implícita de cierta lentitud. En un mundo que exige opiniones rápidas, Munuera Montero se permite detenerse, citar con amplitud, asociar libremente, incluso contradecirse si la lectura lo exige. Esa lentitud no es indolencia: es respeto.
No falta, por supuesto, el humor. Un humor a veces cáustico, a veces tierno, siempre literario. El autor no se toma demasiado en serio a sí mismo, pero sí se toma en serio los libros. Y esa combinación es, quizás, la más difícil de conseguir. Hay páginas en las que se ríe de ciertos tics de la crítica contemporánea, de la vanidad de los autores, de las modas editoriales, sin por ello caer en el cinismo fácil. Hay otras en las que se conmueve de verdad, y no disimula la emoción.
Este libro nace de la relación del autor con Zenda, ese espacio que ha sabido mantener viva la conversación literaria en un tiempo de distracciones. Y aquí es de justicia detenerse un momento para agradecer a Álvaro Colomer. Fue él quien abrió la puerta de Zenda a Bernardo Munuera Montero y le ofreció, con generosidad y criterio, el lugar donde estas glosas pudieron ir tomando forma, página a página, lectura a lectura. Sin esa confianza inicial, sin esa posibilidad de escribir con libertad y continuidad en una revista que sigue creyendo en la literatura como diálogo, este volumen probablemente no habría existido. El agradecimiento no es de cortesía: es de deuda real.
Las glosas aquí reunidas tienen la coherencia de una voz, no la de un plan editorial. Al cerrar el volumen, el lector no tendrá la sensación de haber asistido a un inventario de novedades. Tendrá, en cambio, la de haber acompañado a alguien en un largo y fructífero diálogo con los libros. Un diálogo que no termina cuando se cierra la última página, porque la mejor reseña —y estas lo son— es aquella que no agota el libro del que habla, sino que lo abre todavía más.
Bernardo Munuera Montero ha escrito desde su celda. Nosotros, al leerlo, entramos por un momento en ella. Y descubrimos que no es un lugar de reclusión, sino de libertad: la libertad de quien sabe que la literatura, cuando se la toma en serio, sigue siendo una de las formas más altas de conversación que nos quedan.
Que estas glosas encuentren a sus lectores. Y que esos lectores, a su vez, encuentren en ellas no solo opiniones, sino compañía.
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Autor: Bernardo Munuera. Título: Desde una celda de Zenda. Venta: Amazon.


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