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Tierra eterna

El pasar de los años va haciendo justicia a Las cosas del campo. Ahora se le junta a Platero… y a Ocnos para decir con ello su importancia. Está bien, aunque se les parece poco, porque este libro de Muñoz Rojas ni es elegía ni es espejo. De buscarle parecer, se encontraba en su futuro. Ha sido la obra de Mónica Fernández-Aceytuno, medio siglo después, lo más parecido a él y la que más ha ayudado a comprenderlo: notas sobre la naturaleza, entendida como lugar de la vida (“vamos viviendo”) y como depósito de una forma de belleza asimilada a ella: un todo sin jerarquías ni apariencias, ubicuo, con secretos cotidianos ofrecidos a la mirada atenta (“hay que saber verlos”).

Y nombrarlos, hay que saber nombrarlos (“¿hasta cuándo voy a ignorar vuestros nombres?”), ya que en la escritura de este ramillete de prosas silvestres, casi franciscanas (“tanta hermosura en tan poco lugar”), hay mucho de rescate, de salvación por medio de las voces que nombran las criaturas, las noticias y los aperos del campo. “Vamos a caballo y oigo tras de mí: —Como está la tierra tan pegajosa se enlutan las rejas y no se puede arar”. El poeta queda pensativo tras la escucha (“se enlutan las puntas de las rejas, se enlutan las puntas de las rejas”) y descubre en la justeza de las palabras del campo su herramienta de trabajo y la razón a la que debe destinar su propio oficio.

"La escritura fija el encuentro por medio de las palabras y asienta el conocimiento sobre la palma del idilio. Ello se consuma en un temblor"

También hay personas, retratos de seres que viven pegados a la tierra, que volverán a la tierra y que pasan a las páginas de la imaginación. De la misma forma, en la frontera entre el arte y la vida, se hace el libro, que se ajusta al ciclo campesino, de la primavera al invierno, y tiene los cuatro tiempos de una sonata. Algunas hojas atraviesan las lindes, se montan en las transiciones de una a otra estación. El campo, para José Antonio Muñoz Rojas, es el lugar de la convivencia del hombre con lo que al hombre completa y confiere razón de ser. La escritura fija el encuentro por medio de las palabras y asienta el conocimiento sobre la palma del idilio. Ello se consuma en un temblor: “¿no habéis visto florecer una encina? No habéis visto nada de un temblor y nobleza semejante”.

Ese temblor comienza en la mirada y se comparte al anotarlo (“cuando florecen las encinas, decía, hay que temblar”). Tal convivencia permite un sentimiento trascendido de la vida, la incorporación de lo humano a un tiempo natural: “me siento extrañamente eterno”. “Tierra eterna” es precisamente el título de la última entrada de este diario lírico campesino. “¿Qué muere? Todo esto sigue”, apunta. Y añade: “el campo es el cuento de nunca acabar”.

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Nota con motivo del 75º aniversario de la primera edición de Las cosas del campo, de José Antonio Muñoz Rojas. Este año 2026 se reedita dentro del primer tomo de su Obra completa en prosa, publicada por la editorial Pre-Textos.

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