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La noche en la que se extinguieron los reyes de Europa

La noche en la que se extinguieron los reyes de Europa

Este libro narra en clave de historia y de humor el extravagante final de las grandes casas en el periodo que transcurrió entre las dos guerras mundiales.

En este making of César Cervera explica cómo escribió El crepúsculo de los reyes (La Esfera).

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Si a finales del siglo XIX las repúblicas eran una rara anomalía en Europa, al cabo de unas décadas lo excepcional empezaron a ser las monarquías. Alfonso XIII de España fue uno de los primeros en percatarse de que se había quedado solo, convertido en una desfasada extravagancia. Lo que ocurrió entre medias tuvo muchos jinetes del apocalipsis: revoluciones, guerras civiles, invasiones, escándalos, corrupción… Como la serie de televisión, los problemas no dejaron de crecer para unos reyes que, en última instancia, fueron responsables de su perdición. Los monarcas pudieron aprender la lección y adaptarse a los nuevos tiempos constitucionales y liberales, pero la gran mayoría ni lo intentó. Cierto que cambiar nunca fue el punto fuerte de quienes vivían demasiado ocupados en frivolidades, obsesiones y locuras que no podían resultar más ajenas a sus esforzados súbditos. Solo un puñado de estas criaturas prehistóricas habría de sobrevivir al meteorito republicano.

"Fueron las excepcionales circunstancias y no los protagonistas en sí las que marcaron el derrumbe real"

He escrito El crepúsculo de los reyes, dentro de mi colección de libros sobre reyes locos, para intentar alumbrar algo el misterio de cómo en las primeras décadas del siglo XX esas grandilocuentes casas reales europeas pudieron pasar tan rápidamente del apoteosis al crepúsculo. Parte de la respuesta a esta caída tan pronunciada está en que las situaciones de crisis sacan lo mejor y lo peor de nosotros. Los reyes más mediocres quedaron inevitablemente retratados, mientras que los más brillantes y nobles en muchas ocasiones tuvieron que elegir entre sobrevivir a costa de una guerra civil o marcharse para evitar un derramamiento de sangre. En el primer grupo entrarían personajes estrafalarios como el káiser Guillermo II, cuya personalidad hiperactiva e hipernerviosa me ha fascinado escribiendo el libro, o el zar Nicolás II, que se batió en la indecisión a lo largo de su largo y turbulento reinado. Y en el segundo grupo estarían monarcas como el último emperador austrohúngaro, Carlos de Habsburgo, quien en su desbordante humanidad descartó permanecer en el trono valiéndose del ejército que aún le era leal.

Pero, sin duda, fueron las excepcionales circunstancias y no los protagonistas en sí las que marcaron el derrumbe real. Tras la Primera Guerra Mundial, que acabó con cuatro grandes imperios y decenas de casas reales, llegó el auge de ideologías radicales abiertamente hostiles a la monarquía y, sobre todo, la amenaza de un aniquilador de la historia llamado Adolf Hitler, quien le hizo ojitos a los monárquicos alemanes solo para obtener más y más poder. Cuando ya estaba al frente de todo, el pintor austriaco se reveló uno de los mayores enemigos de los reyes europeos, empezando por los Habsburgo y siguiendo con todas las dinastías, incluidos los reyes británicos y los holandeses, que decidieron resistirse a su avance por el viejo continente. Hitler no vivió tanto como para coronarse o celebrar su victoria sobre los soberanos, pero tampoco ellos volvieron a sus tronos en las mismas condiciones. Si es que pudieron volver…

"Que la monarquía sigue siendo una institución en retroceso y que está lejos de renacer no es una opinión, es un dato"

Que la monarquía sigue siendo una institución en retroceso y que está lejos de renacer no es una opinión, es un dato. A la altura de 1900 había aproximadamente un centenar y medio de monarquías por todo el mundo, mientras que hoy sobreviven cuarenta y dos países con una jefatura del Estado coronada, de los cuales más de una docena comparten al monarca británico de manera completamente simbólica. Solo diez de estas monarquías corresponden a Europa, sin incluir en la lista los casos singulares de Andorra y el Vaticano. Se trata de las históricas monarquías de España, Reino Unido, Dinamarca, Bélgica, Noruega, Suecia, Países Bajos, Luxemburgo, Mónaco y Liechtenstein. Aunque en algunos de estos países el rey como jefe de Estado mantiene prerrogativas parecidas a las de monarcas caídos por extralimitarse, mucho se cuidan hoy de mantener su neutralidad política y su labor es más ornamental que —valga la redundancia— real. Tal vez por ello ninguna de estas casas se encuentra tan cuestionada como para pensar que a corto plazo habrá menos monarquías en el Viejo Continente. Al contrario, viven índices de aprobación muy elevados y se han mantenido a salvo del deterioro generalizado de las instituciones democráticas.

Y esa es la gran contradicción de nuestros tiempos. Nadie quiere ya la monarquía, pero quienes la tienen no quieren desprenderse de ella. Las necesitan para mantener a los bárbaros a las puertas. Según el listado anual realizado por The Economist para medir la calidad democrática en el mundo, once monarquías están entre los veintidós países que ocupan la cabecera. Esto se explica, sobre todo, en que en un tiempo líquido y de pérdida de valores, las monarquías representan lo inmutable, lo que es inmune a las modas y resiste discursos volátiles. La gente quiere garantías allí donde solo hay incertidumbre. Los reyes europeos se han convertido en guardianes impávidos de los sistemas democráticos frente a populistas que prometen emociones fuertes. Lo hacen sin necesidad de mancharse las manos o gastar su prestigio. Quienes piden, por ejemplo en España, que el monarca tome más partido contra aquellas iniciativas parlamentarias que puedan atentar contra la Constitución no comprenden la misma esencia que los mantiene con vida un día más: la discreción. No comprenden su historia más reciente.

"Las monarquías que sobrevivieron a las dos guerras mundiales y a sus peligrosas secuelas lo hicieron por una mezcla de prudencia, prestigio ganado y suerte"

Las monarquías que sobrevivieron a las dos guerras mundiales y a sus peligrosas secuelas lo hicieron por una mezcla de prudencia, prestigio ganado y suerte. Lo primero fue no caer en el lado comunista del Telón de Acero, y lo segundo, haberse comportado con dignidad frente a las ofertas envenenadas que les hicieron fascistas y nazis o, al menos, haberse desembarazado de ellos a tiempo. Los reyes de Bélgica, Suecia y Mónaco solventaron las sospechas de haberse arrimado en exceso a Hitler con rápidos, aunque no fáciles, cambios de reinado. El rey de Italia siguió la misma estrategia cediendo el trono a su hijo, pero para los Saboya ya no era posible desligarse de una relación tan empalagosa. Para los que sobrevivieron al tsunami republicano, la posguerra les abrió un abanico de oportunidades y de lucimiento allí donde el viejo mundo era un recuerdo agradable, anterior a la era del odio y la polarización. Cómo se comportaron en las guerras alimentó los mitos nacionales. Sus romances con plebeyas coparon de coronas la prensa rosa. Y sus arcaicos rituales emocionaron al Steven Spielberg que todos llevamos dentro.

El enemigo desde entonces de estas casas reinantes, cómo no, ha sido capear con su magnetismo inherente por los escándalos, algunos tan persistentes como el del rey sueco Carlos Gustavo, cuyas fiestas con prostitutas fueron más pringosas que una piscina de gelatina, o los del príncipe Andrés del Reino Unido, que aparece con luces de neón en los papeles de Epstein. Está bien recordar que las de Juan Carlos no son las más horrorosas manchas del mantel.

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Autor: César Cervera. Título: El crepúsculo de los reyes. Editorial: La esfera. Venta: Todostuslibros.  

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