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El cine y el teatro en 1936-1939: la vida sí siguió

El cine y el teatro en 1936-1939: la vida sí siguió

Es un hecho cierto que a mediados de los años treinta, Madrid y también Barcelona se habían puesto a la altura de las grandes capitales europeas en materia de espectáculos. Resulta notorio, por ejemplo, que el 12 de noviembre de 1931, recién proclamada la República, se había estrenado en el Teatro Pavón, de la calle Embajadores, y con gran éxito, Las leandras, con Celia Gámez como estrella: una revista musical que recogía la doble vida de la protagonista, Concha, en teoría una castísima profesora y en realidad, con la ayuda de su novio, el tal Leandro, una vedette. Cualquiera, salvo los más jovencitos, sabe tararear las pegadizas canciones “El pichi” y “Los nardos”, como se cuenta que hacían los Diputados de la época, al grado de que el Presidente de la Cámara, Julián Besteiro, tuvo que llamarles al orden e incluso se planteó levantar la sesión.

En el cine, y de nuevo por poner sólo un botón de muestra, los espectadores de 1935 pudieron ver Nobleza baturra, con guión de Joaquín Dicenta Alonso, dirigida por Florián Rey y protagonizada por Imperio Argentina, que narra una sórdida historia aragonesa de comienzos del siglo cuando ella, la jovencísima María del Pilar, es acusada de algo que entonces podía ser dramático: haber sido sorprendida en pecado —el sexto mandamiento, que sobre todo aplicado a las mujeres generaba una auténtica obsesión— por mantener relaciones sexuales sin estar casada. Y es que las mentalidades dominantes se iban modernizando, pero bien se sabe que esos cambios no se producen de la noche a la mañana ni al mismo tiempo en todos los lugares: los pueblos suelen ir rezagados a las ciudades.

Bien pudiera hablarse, en suma, de una suerte de movida madrileña, como la que habría de vivirse, ya con ese nombre, cuarenta años más tarde.

Rafael Cansinos Assens, en su extraordinario libro La novela de un literato, escribió en marzo de 1935 un párrafo que resulta muy expresivo de la sensación de modernización y de aceleración que se estaba viviendo, al menos, se insiste, en las grandes capitales:

“¡Las cosas que hemos visto! Dos modas literarias, una gran guerra mundial, tres cambios de régimen, revoluciones en todo el mundo, inventos portentosos, la aviación, la radio, el cine sonoro, y esos hombres extraordinarios, Charlot, Lenin, Hitler, Mussolini… ¿qué tendremos todavía que ver?… la vida sigue pujante, arrolladora…, las mujeres son más hermosas y felices, el desnudo triunfa en las piscinas… ¡qué revolución tan profunda en las costumbres…!”.

En ese contexto, el 18 de julio de 1936 unos militares se alzaron en armas. Los golpes de Estado —bien lo explicó Curzio Malaparte en el famoso libro sobre su técnica— pueden triunfar o fracasar, pero a veces sucede parte y parte: ganan en unas zonas y pierden en otras. Esto último fue lo que ocurrió en este caso —de ahí la guerra civil—, con la singularidad de que tanto Madrid como Barcelona se situaron en el segundo de los lados, el de la resistencia. Y también, ¡ay!, las checas.

"El espectáculo se había convertido en una poderosa industria y, planteamientos ideológicos al margen, había muchas bocas a las que alimentar. Y también, por supuesto, un público al que mantener entretenido"

¿Qué suerte aguardó al brillante panorama de espectáculos como el que había entonces? ¿Se fue todo a pique? Es la tesis que mantiene el libro, brillantísimo y muy recomendable, de Alfonso Domingo, Cabaret Iberia, con el subtítulo Los golfos años 30. Pero Pedro Corral, en Cómicos en guerra. Historias del mundo de la escena y el cine en la guerra civil, sostiene, y acredita, lo contrario: que como suele decirse cuando se relata lo que se atraviesa es una época de tragedias, la vida sigue. Y aquí, a trancas y barrancas, siguió. Entre otras cosas porque el espectáculo se había convertido en una poderosa industria y, planteamientos ideológicos al margen, había muchas bocas a las que alimentar. Y también, por supuesto, un público al que mantener entretenido en medio de los bombardeos y las penurias.

Dos puntualizaciones sobre el título del libro. Una, que el propio autor recoge en el Prólogo: cómicos era una palabra que se aplicaba a la sazón “a todos los diferentes protagonistas del mundo del espectáculo, aunque hoy, sin haber perdido su significado original, pueda tener un sentido más limitado a la comedia”. Y segundo: los relatos que ahí se encuentra el lector no se detienen, a veces con gran pormenor, el 1 de abril de 1939, porque se extienden a la postguerra y a la represión que muchas personas sufrieron.

Por las más de 400 páginas, divididas en cinco partes, desfilan toda una galería de personajes de los que, como en botica, hay de todo. Si hubiese de hacerse una selección, se pudiera pensar en empezarla por la estrella de uno de los Capítulos, el 4, El chequista y la vedette, de la parte primera, El mundo del espectáculo ante la guerra y la revolución. Se trata de la bellísima Tina de Jarque (Barcelona, 1906 – Valencia, 1937), pionera en mostrarse como Dios la trajo al mundo, que al comenzar la contienda fue detenida en Madrid por Abel Domínguez, un anarquista exlegionario que cayó rendido ante ella, dando lugar a circunstancias auténticamente rocambolescas. El mismísimo Juan March no fue ajeno. Para los dados al cotilleo, un auténtico filón, dichos sea sin olvidar que en ella la valía artística estaba por encima de ninguna otra consideración.

"Las dobles militancias no resultan infrecuentes en esos escenarios, como tampoco las adaptaciones al sol que más calienta en cada momento"

También habría que fijarse en la segunda parte —toda ella—, El universo lorquiano arrasado por la contienda, con obvias menciones a La barraca, creada en 1932 como Teatro Universitario con el apoyo del Ministro de Ilustración Pública, Fernando de los Ríos, del que el secretario y administrador era Rafael Rodríguez Rapún, cuya nueva mención resulta ilustrativa por sí misma. Ahora nos revela Corral que también allí extendieron sus tentáculos los quintacolumnistas: quien gestionaba las actuaciones ante el Ejército Popular era Manuel Balgañón Márquez, en el siglo dirigente de la FUE pero en la clandestinidad de la retaguardia madrileña un agente activo de la Falange. Las dobles militancias no resultan infrecuentes en esos escenarios, como tampoco las adaptaciones al sol que más calienta en cada momento: la gente tiene siempre a mano una segunda casaca, como la llamaba Galdós hablando de Juan Bragas de Pipaón. Y, si ya está uno muy marcado y no resulta posible cambiar de bando, la prudencia aconseja al menos guardar eso que hoy se llama el perfil bajo.

Para no hacer interminable el elenco, citemos —tercera y última referencia— a Valentín tornos, el legendario Don Cicuta, El tacañón, del programa Un, dos, tres… responda otra vez, del inolvidable Chicho Ibáñez Serrador, que, presentado por el peruano Kiko Ledgard, se emitió en TVE a partir de 1972. Y resulta que al tal Valentín (1901-1976) que había debutado en el teatro en 1920, especializado en la comedia (aunque casi siempre con papeles secundarios) el conflicto le sorprendió en Madrid, donde se hizo republicano azañista, con la consecuencia de que en 1939 se vió obligado a huir y lo hizo a Marsella (como, por cierto, dos futbolistas de postín, Ricardo Zamora y Pepe Samitier), donde tuvo que ganarse la vida como camarero y pintor de brocha gorda, sin tener ocasión de resistirse  en 1940 frente al nada amable invasor alemán. Luego fue a París, para colaborar con algo tan ilustre como la opereta de Luis Mariano (otro grande: con razón en Irún lo veneran). Pudo volver a España a principios de la década de los cincuenta, es decir, ya madurito, y tuvo de oportunidad de participar en películas tan memorables como La verbena de la Paloma (1963), de José Luis Sáenz de Heredia; El verdugo (1963 también), de Luis García Berlanga, que se dice pronto; o La ciudad no es para mí (1966), de Pedro Lazaga.

"Que el libro se detenga en esas historias tan reconfortantes no significa que oculte o maquille lo durísimo que fue vivir en aquellos tiempos, los de la guerra, así se estuviera en un bando o en el otro"

Pero del libro de Pedro Corral no es lo más importante la cantidad de datos personales que contiene, de la guerra y también del franquismo, sino el tono con el que lo hace: no pretende adoctrinar al lector, dicho así de sencillamente. En estos tiempos de polarización (alimentada por las dos leyes de memoria, la de 2007 y la de 2022, que han producido, como suele suceder y explicó Isaac Newton en la tercera de sus leyes, la de la acción y la reacción, el efecto contrario al pretendido: la imagen de la República, que se pretendió idealizar, ha dado lugar a muchos libros en los que sale retratada como poco menos que un guiñapo de régimen), un libro como el de Corral constituye una rara avis y además una rara avis de las que deben ser aplaudidas. Su lectura es un lujazo porque cada quien, de derechas, de izquierdas o mediopensionista, se siente libre de tomar partido por el flanco que le venga en gana, sin tener que polemizar con el texto que está siguiendo.

¿Por qué? Si el lector debe fijarse en lo que constituye el rubro de la quinta y última parte, La humanidad por encima de la guerra, donde, entre otras cosas, se relata la amistad entre dos personas de ideologías tan distintas como Antonio del Amo (comunista de la cuerda de Valentín González, El campesino) y Rafael Gil Álvarez, prohombre de CIFESA —la que devendría la productora cinematográfica por excelencia del franquismo—, director en 1943 de la versión en película de Eloísa está debajo de un almendro, del gran Enrique Jardiel Poncela. Una amistad que, entre otras cosas, permitió a Del Amo, sometido a dos causas políticas por el primer franquismo, obtener la libertad condicional en 1942, sólo tres años después —para cómo se las gastaban entonces, poquísimo— de ser encarcelado. Más aún: pudo incorporarse como docente de la asignatura Interpretación al Instituto de Investigaciones y Experiencias Cinematográficas, creado en 1947 y en cuyo claustro figuraría también, como profesor de Declamación, el actor y locutor Fernando Fernández de Córdoba, del que Corral recuerda en página 372 que fue quien “había leído los partes de guerra emitidos por los franquistas en RNE, incluido el último del 1 de abril de 1939”.

Que el libro se detenga en esas historias tan reconfortantes —tan humanas, se insiste— no significa que oculte o maquille lo durísimo que fue vivir en aquellos tiempos, los de la guerra, así se estuviera en un bando o en el otro (aunque, se insiste, Madrid y Barcelona estuvieron en el lado que conocemos y por tanto es ese lugar del espectro político el que ocupa la mayoría de las páginas). Y también, para los perdedores, los de la postguerra.

Lector, no lo dudes: vas a aprender mucho con este libro. Y, en el fondo, quizás incluso te reconcilies, al menos en parte, con la especie humana. Sobre todo, vas a sentirte un ciudadano libre, a quien no se le impone una manera de pensar. Una verdadera  gozada, aunque sólo sea por lo insólito en estos tiempos de tertulianos radiofónicos y televisivos tan comprometidos con su propia causa: son —todos ellos— un verdadero horror, la verdad. ¡Es que, aun peor que el abuelo cebolleta contando sus batallitas son los bisnietos polarizados!

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