El diario es una costumbre o práctica intelectual, que algunas personas (muchas más de las que se podría pensar) llevan al ritmo que marca el paso del tiempo (casi nunca a diario) para registrar las marcas que deja lo vivido. Dicho de manera breve y precisa, un diario es “una serie de huellas fechadas” (Philippe Lejeune). En determinados momentos de la vida, los diaristas confían a sus cuadernos (también a su ordenador y otros soportes) aquellos hechos y pensamientos que no se quieren compartir con nadie. Los momentos de crisis como la adolescencia, la enfermedad, la soledad o el aislamiento forzoso, también los momentos de exaltación y plenitud vital, son situaciones tradicionalmente propicias a la escritura del diario. Las funciones pueden ser múltiples, pero un diario sirve, sobre todo, para intentar conocerse mejor, aclararse, controlar y dominar el tiempo o llevar registro de lo vivido.
En septiembre de 1990, provisto de una beca de la Junta de Andalucía, viajé a París para conocer a Philippe Lejeune y trabajar bajo su dirección durante un mes. Lejeune había accedido amablemente a mi petición y quise aprovechar su magisterio. Yo había leído sus libros sobre el género autobiográfico (Le pacte autobiographique, 1975; Je est un autre, 1980; y Moi aussi, 1986) y quería comentar con él mi interpretación de sus trabajos, con el fin de aplicarlos al estudio de la Literatura Española.
Como llegué unos días antes de la fecha acordada, me entretuve recorriendo las librerías del Barrio Latino, y en el bulevar de St. Germain des Prés, en La Hune (ya desaparecida), encontré un libro de Lejeune que acababa de aparecer: La pratique du journal personnel: Enquête. Lo compré y lo leí con avidez. Me interesó la proyección sociocultural y el original análisis de los diarios, un género poco estudiado entre nosotros. Me sorprendió también el ingenioso método que permitía investigar unos textos que nadie hasta entonces había podido leer por inéditos y secretos. En los datos de su estudio, realizado por cuestionario escrito en la región parisina, se demostraba que un relevante porcentaje de personas encuestadas llevaban o habían llevado diario.
La primera cita se desarrolló en la universidad de la periferia norte de París donde enseñaba. Aunque yo acudía tímido y medroso (el prestigio de Lejeune me imponía), su trato cercano, amistoso, sin ínfulas ni vedetismo, me relajó enseguida. En el curso de este primer encuentro no pensaba aludir al libro de los diarios, pero enseguida la conversación se centró en este tema y la teoría del “pacto autobiográfico” pasó a segundo plano. Me habló de su interés por la práctica del diario entre la gente común y me animó a realizar una investigación similar en España. De allí saldría decidido a intentarlo al menos, decisión a la que no fue ajeno el entusiasmo contagioso de Lejeune. Así empezó todo.
Aunque se pudiera pensar que había gente que llevaba diario, como en Francia, era preciso probarlo. Para ello era indispensable sondear el campo a través de un cuestionario escrito aplicado a un grupo significativo de población. Antes de comenzar —la verdad sea dicha— mis cavilaciones vacilaban entre dos argumentos contrapuestos. Uno, que me mantenía escéptico, me recordaba la escasez de diarios publicados entre nosotros, además de la posible desaparición de un gesto, considerado decimonónico, en un mundo dominado por la cultura audiovisual, por internet y por las incipientes redes sociales, en el que la escritura estaba quedando, aparentemente, relegada a un segundo plano. El otro, que me animaba, me indicaba que se podía haber mantenido, incluso ampliado, la práctica del diario, al haberse generalizado la enseñanza obligatoria a toda la población española en las décadas precedentes.
De manera habitual en los estudios sobre los diarios en España se identificaba escritura y edición; además, dada la escasez de los publicados, había una idea errónea sobre su desarrollo. Ahora podemos comprender algo que entonces no veíamos: el hecho de que en España no se hubiesen publicado diarios en un número semejante, por ejemplo, al de otros países europeos, podía dar la falsa idea de que no se habían escrito en el pasado y no se escribían en el presente… era una percepción equivocada.
Además, la situación comenzaba a cambiar justamente en aquellos años iniciales de la década de 1990, cuando se puso de moda, sobre todo entre los poetas, publicar diarios literarios o de escritor, es decir, escritos ya con la previsión de su edición. Por tanto, se hacía difícil aceptar que no se hubieran escrito apenas diarios íntimos en casi toda la centuria precedente, de la misma manera que los hubo en otros países europeos de nuestro entorno cultural. Si en los últimos años el estudio y la edición de textos autobiográficos habían supuesto una innegable “normalización” de la literatura memorialística, la de los diarios estaba todavía pendiente, con la única y señera excepción de una notable antología de diarios íntimos españoles (Granell y Dorta, 1963).
Unos años después del primer encuentro con Philippe Lejeune, publicaría los primeros resultados de mi investigación sobre la práctica del diario en forma de libro: La escritura invisible: Testimonios sobre el diario íntimo (Sendoa, 2000). El libro incluía 32 testimonios epistolares, seleccionados por su interés y exhaustividad, de entre los casi dos centenares que respondieron al llamamiento que hice en las revistas Lateral y Qué leer? Yo pedía, tímidamente, en mi llamamiento que los diaristas me escribiesen la “biografía de su diario”, pero la respuesta me sorprendió porque, además de generosa y explicativa, algunos reprodujeron fragmentos de su diario y algunas diaristas me trasmitieron sus diarios de adolescencia. La tirada del libro fue de 1.500 ejemplares, que se agotó completamente. En 2010 su editor, el benéfico Joaquín Berasategui, se jubiló, y la editorial desapareció. Por tanto, aquel libro hace años que está descatalogado, y mucha gente lo ha buscado o me lo ha requerido en los últimos años sin poder atender su petición.
En el momento de su aparición, el libro tuvo cierto impacto en España por la novedad de sus aportaciones. La prensa de papel, El País entre otros, las cadenas de radio (SER, COPE y otras) y alguna televisión (Tele Madrid) prestaron atención mediática al libro. Menos eco tuvo en el medio académico español, todavía entonces poco interesado en esta variante de las escrituras ordinarias. Fuera, el libro tuvo repercusión en Francia, Italia, México, Argentina y Brasil. En estos países americanos lo leyeron, sobre todo, los profesores de educación secundaria y académicos estudiosos de la historia de las escrituras, desencadenando algunas experiencias didácticas y de estímulo y fomento de la escritura diarística.
Aquel libro es, por tanto, el origen del actual, del que incluyo los treinta y dos testimonios seleccionados. Ahora van precedidos por un primer capítulo que pone al día el estado de la cuestión de los estudios sobre el diario, lo contextualiza, teórica e históricamente, situándolo en el marco de las escrituras autobiográficas. Establezco una diferencia específica entre los “diarios de la gente corriente” y el resto de escrituras autobiográficas y, sobre todo, con los llamados “diarios de escritor” o literarios. En el segundo capítulo hago una propuesta de “poética” de los diarios íntimos de la gente corriente, con un esbozo de sus principales características y funciones a partir de los testimonios y diarios recogidos. En capítulo cuarto incluyo una serie de trabajos, que fui realizando en los años posteriores a la publicación del libro de La escritura invisible. Son estudios que abordan diferentes aspectos de la escritura de los diarios ordinarios: la práctica diarística en la edad escolar (del bachillerato a la universidad), los diarios adolescentes de las muchachas, titulado “Las hijas de Anna Frank”, un llamamiento al testimonio de las personas comunes que llevan diario y el ejemplo del diarista José Fernández Arroyo, pionero en la trasmisión pública de sus diarios privados, que había colaborado entusiastamente en mi investigación. He decidido incluir también en esta sección un estudio sobre los diarios de la escritora Laura Freixas, como ejemplo de diario íntimo de una mujer que comenzó a llevarlo con la esperanza remota de que se publicarían algún día. A través de su diario da cuenta de sus aspiraciones humanas y literarias, atiende a las contradicciones de una mujer feminista que tiene que negociar con la realidad los obstáculos de una situación desigual para las mujeres y con sus propios demonios personales. También muestra las tensiones y escollos de la escritura de un diario íntimo cuando pasa del cuaderno al libro.
Por tanto, vuelvo a tomar el testigo que yo mismo dejé en La escritura invisible, con la ventaja de que, en los veinte años pasados, los diarios han ganado en interés y conocimiento. Pero soy igualmente consciente de que los que aquí presento y estudio siguen siendo un territorio desconocido, por secreto y escondido, al que ni la crítica periodística ni la académica terminan de otorgarles ni descubrir los valores que encierran. Por tanto, este es un libro militante, que, además de dar a conocer esta escritura invisible, reivindica y defiende la práctica cultural que representa llevar un diario sin ánimo de pasarlo por la imprenta, porque tengo la impresión de que todavía pesan sobre los diarios una suerte de estigma moral y de menosprecio literario. En lo moral, los diarios y los diaristas corrientes son considerados inmaduros, narcisistas o simplemente raros; en lo literario, los diarios siguen siendo considerados un género menor.
Sin embargo, creo que, afortunadamente, hemos avanzado: ya no hay que pedir permiso para escribirlos ni publicarlos, ni sentirse culpable por leerlos o estudiarlos. Ahora reconocemos muchas facetas, funciones y señas de identidad diferentes en los diarios, del mismo modo que hay muchos enfoques y maneras de escribirlos, leerlos, estudiarlos o de utilizarlos como fuente de conocimiento literario o antropológico. El hecho de que este libro pueda ser leído es una demostración de la nueva situación, tan distinta a la que he esbozado arriba.
Reivindicar la escritura del diario supone reconocerlo como un asilo de paz, donde reencontrarse con el yo íntimo, porque es un lugar seguro, un refugio contra las asechanzas del mundo, contra el vacío, el vértigo y la fugacidad del tiempo digital en que vivimos. Actualmente podemos sentir que la amenaza es omnipresente, y tiene la forma del uso invasivo y descontrolado de internet y de las redes sociales. En este contexto escribir un diario para sí mismo y sin ánimo de influir ni de pelear ni convencer a nadie, permite recuperar el diálogo perdido consigo mismo, tan necesario para relacionarnos bien con los otros y con lo que nos rodea. Llevar un diario supone también liberarse de la pérdida estéril del tiempo, de la dependencia tiránica que representa la exposición continua en internet. No, no estoy sugiriendo que tiremos el móvil, pero, si destináramos a la escritura del diario solo un tercio del tiempo, que le dedicamos a este gran usurpador de energía, nuestra vida, tal vez, mejoraría. Se trata de comprar un cuaderno y comenzar a escribir. Dicho de otro modo, más cuaderno y menos móvil.


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