Imagen de portada: Casper David Friedrich – Monk by the Sea (1809).
De todos mis años como profesor en Andalucía, hay uno que sé que no olvidaré: el primero.
Llegaba después de años dando clase de castellano en Cataluña. Me asignaron una tutoría de primero de ESO que tenía fama de ingobernable. Los primeros días apenas entendía a los alumnos. Hablaban deprisa, con un acento gaditano muy cerrado y, muchas veces, todos a la vez. «¿Qué dices?», «repite», «no te entiendo»: me pasaba las clases pidiéndoles que volvieran a decir las cosas. El castellano era mi lengua materna, había estudiado Filología Hispánica y llevaba años enseñándolo. Había tenido que llegar a Cádiz para empezar a no entenderlo. Durante algunos días tuve la impresión absurda de que todos eran extranjeros. «Hablas mu fino y mu raro», me decían. «¿De ande sale este tío?», se preguntaban. Tardé poco en comprender que el extranjero lingüístico era yo.
Los versos de Machado les aburrían. Para conseguir que atendieran en literatura, los sacaba a la pizarra y les hacía leer «El porompompero» y otros éxitos de Manolo Escobar. Después venía la música.
Había un muchacho que asistía poco y, cuando venía, no quería trabajar. Se levantaba en mitad de la clase.
—Siéntate.
—No me interesa tu clase.
Si le anunciaba una sanción, respondía que le daba igual. Y salía del aula sin portazos ni aspavientos, como quien abandona un lugar en el que nada lo retiene. Solo una autoridad conseguía retenerlo: Camarón de la Isla. Recuerdo una canción: «Yo soy gitano y vengo a tu casamiento». En cuanto sonaba en la pizarra digital, abría los ojos como platos. La tarareaba. Si alguien le hablaba, lo cortaba con firmeza y volvía a mirar la pantalla. Quería escuchar hasta el final.
Cuando terminaba Camarón, para él terminaba también la clase.
—Me voy.
Y se iba.
Durante algún tiempo, todas las clases a las que asistía tuvieron que pasar, de una manera u otra, por Camarón.
En otras ocasiones, algunos alumnos me explicaban cómo se celebraban las bodas gitanas. Era uno de sus temas favoritos. Conocía la petición de mano, pero muchas de las cosas que me contaban eran nuevas para mí. Disfrutaban explicándomelas. Para entonces ya había empezado a entenderlos. Yo, que tanto trabajo tenía para que me escucharan, los escuchaba.
En el grupo había también dos hermanas que hablaban a gritos, una morena y otra rubia. La morena se había construido una dureza fanfarrona con la que parecía desafiarlo todo. Había recibido ya varias sanciones graves y alguna expulsión que apenas le habían importado. Un día se dirigió a mí de mala manera y le anuncié un parte grave. Me pidió que no se lo pusiera con una angustia que hasta entonces no le había visto ante una sanción. Finalmente no se lo puse.
Su hermana, la rubia, me sorprendió otro día. Era abrupta, imprevisible y a veces trataba con dureza a compañeros y profesores. Aquel día habían hablado tanto que acabé reprendiendo al grupo con severidad. Se quedaron callados el resto de la hora. Al terminar, se acercó y me dijo que yo no podía imaginar cuánto me respetaban ni cuánto cariño me tenían. Había en ella un cariño seco que todavía me cuesta explicar. De todos los alumnos que he tenido en Andalucía, quizá sea la que más recuerdo. A veces me pregunto qué habrá sido de ella.
Mi hijo Blas nació a finales de mayo, cuando el curso estaba ya cerca de terminar. Los alumnos de la tutoría me dieron en clase varios regalos para él. Recuerdo una caja de música y un gato a pilas que cantaba según la posición en que lo pusieras. También me escribieron una carta y la firmaron todos, uno por uno.
He olvidado ya los partes, las evaluaciones y casi todo lo que expliqué durante el curso. No he olvidado la niebla antes de llegar a Villamartín, los ojos abiertos del muchacho cuando escuchaba a Camarón, las palabras de la alumna rubia, los regalos para mi hijo ni la carta que todos firmaron. De todos mis años como profesor en Andalucía, hay uno que sé que no olvidaré: el primero.


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