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Contra los charlatanes

El charlatán posee una cualidad envidiable: nunca permite que su ignorancia le estropee una opinión.

Se reconoce menos por lo que dice que por la manera de decirlo. No vacila, no corrige una afirmación mientras la pronuncia ni concede a los hechos la posibilidad de complicarle el argumento. Habla con la seguridad de quien lleva años pensando un asunto, aunque haya empezado a pensarlo mientras abría la boca. La realidad, si discrepa, tendrá que explicarse.

Lo más inquietante es que no suele fingir. Cree de verdad que sabe. Ignora, sobre todo, cuánto ignora.

"Pero el charlatán no triunfa solo. Necesita que alguien quiera sus certezas"

La misma autoridad fingida prospera en empresas, centros educativos e instituciones. A veces el problema sigue exactamente donde estaba, pero ya tiene protocolo, comisión de seguimiento y documento de evaluación. Una reunión puede terminar sin una sola decisión y dejar un acta perfecta.

La televisión ha industrializado el procedimiento. Allí abundan hombres y mujeres de palabra rápida, memoria selectiva y convicciones perfectamente adaptadas al bando que ocupan. No necesitan saber más que los demás: les basta con parecerlo. Conocen el ritmo, la interrupción, el gesto de incredulidad, la frase que parece definitiva. La opinión llega antes que los hechos y, cuando estos aparecen, el debate ya ha elegido culpables, repartido intenciones y levantado dos trincheras. El tertuliano explicó ayer por qué algo no podía ocurrir y hoy explica, con idéntica seguridad, por qué era inevitable.

Pero el charlatán no triunfa solo. Necesita que alguien quiera sus certezas. La duda pesa, obliga a pensar y deja abierta la posibilidad de estar equivocado; la certeza, en cambio, ofrece cobijo y descanso. Umbral escribió que la gente quiere «soles humanos», seres seguros de su destino. Así triunfan políticos, tertulianos y gurús. Quien vacila nos entrega un problema; quien afirma con aplomo parece resolverlo. El charlatán no vende conocimiento. Vende el alivio de no tener que dudar.

"También existe un charlatán espiritual. Habla del aquí y el ahora, de la energía, de la plenitud y de soltar"

El político no suele rectificar. Rebautiza. Ayer era una línea roja; hoy es responsabilidad. Ayer era una traición; hoy, sentido de Estado. La ventaja del poder consiste en disponer también del diccionario.

También existe un charlatán espiritual. Habla del aquí y el ahora, de la energía, de la plenitud y de soltar. Ha aprendido que quien le incomoda es una persona tóxica, que quien le contradice vibra bajo y que cualquier abandono puede llamarse desapego. Lo que antes exigía disciplina, renuncia y años de combate interior cabe ahora en una publicación de Instagram. Hay personas que han alcanzado la iluminación sin que esta les haya obligado a renunciar a una sola comodidad.

Con el charlatán, discutir suele ser otra manera de concederle audiencia. Yo suelo darle la perra gorda y salir pronto. Eso también es soltar.

Mientras uno duda, revisa y corrige, el otro ya ha entendido el mundo, repartido las culpas y encontrado audiencia. La verdad llega más tarde. Él ya estaba hablando.

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