En la Feria del Libro de Madrid de 2026, me pasé varios días por la caseta de la editorial Trotalibros para saludar a su editor, Jan Arimany. En una de estas ocasiones le pedí que me recomendara el libro, de los que había publicado últimamente, del que estaba más orgulloso. Él, sin dudarlo, señaló Gente independiente (1935), de Halldor Laxness (Reikiavik, 1902 – Mosfellsbaer, 1998). Era un libro que no me sonaba de nada, pero me fié de Jan y lo compré. Su lectura ha sido un tanto atropellada. A finales de junio de 2026 tenía planificado irme con mi mujer de vacaciones a Japón, pero dos semanas antes mi padre tuvo un problema de salud y fue ingresado en el hospital de Móstoles. Estuve allí acompañándole y así pude leer, durante unos días, más horas de las habituales, pero no pude, sin embargo, escribir las reseñas de esos libros. Debería haber planificado mejor el viaje a Japón y llevarme allí libros de autores japoneses, pero me acabé llevando el de Laxness precisamente por su número de páginas, que supera las setecientas, para tardar más en leerlo y poder tener así más plazo para escribir las reseñas pendientes. De este modo, empecé a leer el libro en un tren bala entre Tokio y Kioto y seguí leyéndolo, sin mucha continuidad, en las noches de Kioto, agotado por las duras jornadas turísticas. En algún momento pensé en abandonar su lectura y empezar, según llegara a Madrid, con alguna lectura de un autor japonés. Esto me ocurrió sobre todo tras visitar el templo del Pabellón de Oro, donde Yukio Mishima sitúa la acción de su novela El pabellón de oro. Sin embargo, al regresar de Kioto a Tokio para tomar el avión de vuelta a casa, releí algunos capítulos del comienzo, y seguí leyendo en los aviones y en la escala de Doha, y al llegar a Madrid me apeteció seguir con Gente independiente, antes de ponerme con libros japoneses, porque me estaba pareciendo un gran libro.
El traductor Enrique Bernández Sanchís, experto en cultura islandesa, explica en su prólogo (que, a diferencia de los de Cátedra, esta vez sí recomiendo leerlo antes que la novela) que Laxness, en esta novela, juega con el lenguaje y los mitos de las sagas tradicionales islandesas. De esta forma, es habitual que los personajes, aunque conocen el cristianismo, apelen también a dioses paganos de la mitología de Islandia. Un rasgo de estilo, del que nos habla también Bernández Sanchís, en su prólogo es que Laxness pasa con bastante fluidez en su prosa del estilo directo al indirecto. Es decir, el narrador puede estar informándonos sobre qué piensan sus personajes (a veces también duda sobre estos pensamientos) o, casi sin transición, cederá la palabra a los propios personajes y podremos acceder a su conciencia. También va a ocurrir que Laxness, en el mismo párrafo, puede estar narrando en pasado y pasar a presente.
En el segundo capítulo se nos presentará a un hombre que, junto a su perra, se encamina a las tierras donde en el primer capítulo estuvo ubicada la granja maldita. En la página 27 leemos: «¿Cuántas veces fue destruida Albogastadir del Páramo por los espectros? ¿Cuántas fue reconstruida de nuevo, pese a los espectros? Siglo tras siglo llega a la región el campesino solitario dispuesto a probar fortuna en esta loma herbosa entre el lago y la grieta de la montaña, decidido a enfrentarse a las violentas potencias que oprimen la tierra con sus embrujos y exigen su sangre y su médula. Una vez y otra, el campesino solitario alza su ira, despreciando a las potencias que reclaman sus miembros y su destino hasta el último suspiro. La historia de los siglos en el valle es la historia del hombre independiente que lucha con las manos vacías contra espectros cuyos nombres cambian con el tiempo». Básicamente, en este párrafo del segundo capítulo, Laxness hace un resumen de su novela. Poco después, el hombre, que podía ser un arquetipo, adquirirá un nombre, al tomar posesión de sus tierras. Él será Bjartur (que significa «luminoso») de Sumarhús (que significa «Casa de verano»).
Bjartur ha trabajado durante dieciocho años para el alcalde del pueblo, y cuando comienza su aventura vital en la novela se encuentra justo en el momento en el que, con el dinero ahorrado, ha podido comprarse unas tierras. El lector entiende que a un precio barato, por estar «malditas» en el imaginario colectivo, aquejadas por unos fantasmas que bien pueden ser espectrales, pero que, intuimos, lo más seguro es que tengan que ver con las condiciones insalubres de la zona. Bjartur va a ser el personaje principal de la novela, arquetipo de esa «gente independiente» de Islandia a la que se interpela desde el título. Bjartur es un hombre caracterizado por su obstinación, por su deseo, siempre verbalizado y siempre manifiesto, de ser y no dejar de serlo nunca, un «hombre independiente», que en su imaginario personal equivale a la idea de ser un «hombre libre». Y a este ideal, Bjartur está dispuesto a sacrificarlo casi todo, su bienestar y el de su familia. Para Bjartur no hay bien más preciado que esta libertad que piensa que ha conquistado, la de ser un hombre independiente, que no tiene deudas con terceros; sin embargo, Laxness se va a encargar de mostrarnos en la novela el verdadero precio de esta libertad, cómo ese sueño puede llegar a ser verdaderamente esclavizante para Bjartur y la familia que va a formar. Bjartur es un pastor de ovejas, y el lector podrá observar cómo se preocupa más por el bienestar de sus ovejas que por el de sus hijos. He leído que la obsesión cegadora de Bjartur a menudo se compara con la del capitán Ahab de Moby Dick, la novela de Herman Melville. También pensé (y comprobé en internet que no era el único) que Bjartur es un personaje cervantino, puesto que conoce las grandes sagas de la poesía islandesa y, de continuo, compara sus acciones con las de los héroes de las sagas. Y él siente que sus pasos se guían por los personajes de esos poemas épicos, como don Quijote con los libros de caballerías. El mismo Bjartur compone versos en los que deja constancia de los pasajes de su vida.
El narrador, más de una vez, mira con cierta distancia a sus personajes. A veces su mirada es triste y el lector entiende que el narrador (al que podemos identificar con el propio Laxness) sabe más del mundo que sus personajes. A veces su mirada también es divertida y un poco irónica, pero nunca llega a burlarse o a mirar con condescendencia a sus personajes; de hecho, en alguna ocasión el narrador usa la tercera persona del plural para hablar del sentir nacional de los islandeses. Más bien, la mirada del narrador será compasiva hacia la realidad que muestra, porque Gente independiente es una novela, en gran medida, sobre la pobreza de los campesinos islandeses a principios del siglo XX, una novela sobre cómo las simples condiciones naturales hacen que se desbaraten los planes de las personas, a pesar de su esfuerzo. Sin embargo, no todas las escenas me han parecido del todo realistas. Especialmente una en la que Bjartur entra en un río a lomos de un reno, que simboliza su lucha contra la naturaleza y que imagino que remite a alguna escena de las sagas que tantas veces evoca.
En la página 34 el narrador se interroga «¿qué es la vida?», para a continuación hablarnos de Rosa, que será un personaje relevante en la historia, de sus miserias vitales, y concluir el párrafo con estas palabras: «Esto es la vida».
Los campesinos, ni siquiera en los días que se rompe la rutina del campo, como en una boda, podrán dejar de hablar de los temas que los atormentan y rigen sus días: principalmente las enfermedades que aquejan al ganado y las inclemencias climáticas.
Aunque Bjartur siempre va a tratar de hacer ver, ante los demás y ante sí mismo, que él es un hombre moderno que no cree en leyendas ni en supersticiones y que las desprecia cuando las ve en otros, en algún momento de desesperación invocará también a esos fantasmas en los que dice no creer y los increpará en el páramo y contra ellos levantará su brazo.
Entre la primera parte y la segunda del libro se produce un importante salto temporal de casi catorce años, y el protagonismo de la novela no recaerá de un modo tan directo sobre Bjartur, sino que ahora conoceremos a sus hijos y a otros personajes, entre los que destacará Ásta Sóllilja, la hija mayor, una adolescente sensible y que sueña con dejar la granja, ir al pueblo y recibir una educación, pero Bjartur no está dispuesto a ceder a las peticiones del alcalde (para quien trabajó) y permitir que Ásta viva en su casa y pueda educarse. Tras doce años, Bjartur terminó de pagar sus deudas con el alcalde y no quiere deberle nada. Aunque para Bjartur el alcalde parece representar a la figura del opresor burgués frente al trabajador que había sido él, en ningún momento se nos va a mostrar alguna situación de explotación que hubiera sufrido Bjartur en el pasado y que justifique su inquina, que perdura en el tiempo, ya que en realidad el alcalde para el lector parece una figura positiva, que trata de ayudar a la familia de Bjartur (y de salvarla) de su propio orgullo y terquedad. De hecho, Bjartur prefiere que su familia pase hambre a tener que comer pájaros que puede cazar o peces que puede pescar en el lago, porque eso lo considera de pobres, una idea que en el libro no acaba de parecer realista o lógica.
Según avanza la novela, Bjartur se verá afectado cada vez por fuerzas que no controla y que no entiende. Por ejemplo, algunos vendedores de lana o compradores de materias primas se están asociando en sindicatos y Bjartur no sabe si le conviene unirse a ellos o seguir por libre. El enclave temporal más claro que aparece en la novela serán los cuatro años de la Primera Guerra Mundial, que a Islandia le trajo prosperidad, puesto que hizo que subieran mucho los precios de todos los bienes que exportaba. Sin embargo, parece decirnos Laxness, la buena suerte también engendra la mala suerte.
He leído en internet que Laxness era de ideas socialistas. Gente independiente se puede leer también como una crítica al individualismo liberal que propone al individuo salir adelante solo con su propio esfuerzo, despreciando la ayuda de los demás o la idea de la asociación humana. De forma constante, Bjartur se va a ver zarandeado, además de por las fuerzas de la naturaleza, por las fuerzas económicas del mercado y los vaivenes de otras personas, que él no puede comprender ni controlar.
Halldor Laxness recibió el Premio Nobel de Literatura en 1955, siendo Gente independiente su obra más importante, un libro que es una de las novelas más importantes de Islandia. En más de una lista, Gente independiente ha aparecido como una de las cien novelas más importantes del siglo XX. Juan Rulfo sentía una gran admiración por ella. Llegó a influirle a la hora de escribir Pedro Páramo, sobre todo a la hora de mostrar la pobreza de la gente del campo y la importancia del paisaje y las condiciones climáticas. En España, en los años 50, la editorial Aguilar publicó Gente independiente, pero no en traducción directa del islandés. Esto mismo ocurrió con la edición de Turner de 2004. Así que cuando Trotalibros publicó Gente independiente en 2025 era la primera vez que la novela se traducía al español directamente desde el islandés. El trabajo de Enrique Bernández Sanchís me ha parecido muy bueno. La novela fluía muy bien en español, y no ha debido de ser un trabajo fácil, puesto que había mucho vocabulario sobre el sector primario y la naturaleza, además de neologismos que se inventaba el propio autor.
Gente independiente es una novela muy emocionante a la que, sin ser cursi, el lector se enfrenta sobrecogido por la suerte, casi siempre precaria, de sus personajes. Según la acabé, le escribí a Jan Arimany un WhatsApp para darle la enhorabuena por haberla publicado y para decirle que hacía mucho que el final de una novela no conseguía hacerme llorar. Creo que la última vez me pasó con Stoner, de John Williams, y la leí hace ya quince años. Gente independiente me ha parecido una obra maestra de la literatura del siglo XX. Es el mejor libro que he leído de la editorial Trotalibros y se va de cabeza a la lista de mis diez mejores lecturas de 2026.


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