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Novelas cortas, de Iván S. Turguénev

Novelas cortas, de Iván S. Turguénev

De Iván Turguénev (Oriol, Rusia, 1818 – Bougival, Francia, 1883) había leído hasta ahora Padres e hijos (1862) y Aguas de primavera (1872), dos novelas que me causaron una grata impresión, y cuando vi que la editorial Alba publicaba en su colección Minus un libro titulado Novelas cortas de Turguénev me apeteció pedírselo para poder leerlo y reseñarlo. Padres e hijos y Aguas de primavera fueron traducidas para Alba por Joaquín Fernández-Valdés Roig-Gironella, y Novelas cortas ha sido traducido por Víctor Gallego Ballestero, que no es un traductor nuevo para mí, porque ya antes me había acercado a su gran trabajo con los cuentos y novelas cortas de Antón Chéjov.

Novelas cortas está formado por nueve obras, donde la más corta sobrepasa apenas las cincuenta páginas y la más larga las cien.

Diario de un hombre superfluo (1850) es la primera. Nos encontramos aquí con un tipo de narración que ya conocía por Aguas de primavera: un hombre en su edad adulta rememora un episodio de su juventud, que normalmente tiene que ver con el amor, y nos mostrará cómo se equivocó o cómo el destino le fue esquivo. En Aguas de primavera se trataba de un anciano y en Diario de un hombre superfluo de un hombre de treinta años, aquejado de una grave enfermedad, que le va a conducir pronto a la muerte. «El gran tema de los relatos de Turguénev es el amor y en no menor medida las elecciones afectivas», dice Víctor Gallego en el prólogo. «Los ríos se deshelarán, y yo me iré probablemente con las últimas nieves», leemos en la primera página de esta primera novela, y un poco más abajo: «Voy a contarme a mí mismo mi propia vida».

Normalmente, los protagonistas de estos relatos (aunque a veces caigan en desgracias y se pierdan sus fortunas familiares) proceden de la clase alta rusa, y en más de un caso de la clase alta rural. Las historias suelen transcurrir en el campo, pero también en Moscú o San Petersburgo.

El narrador comenzará a escribir un diario, en el que nos hablará de sus padres y su infancia, interrumpido con anotaciones sobre el presente que, en gran medida, tienen que ver con el tiempo atmosférico y suelen ser de gran belleza.

"El azar permitió que nuestro narrador conociera a la joven Liza en su juventud y se enamorara de ella"

El azar permitió que nuestro narrador conociera a la joven Liza en su juventud y se enamorara de ella. En su inocencia, el narrador pensará que es correspondido, hasta que se da cuenta de que el amor de Liza es para otro joven, mayor que él, más resuelto y mejor posicionado en el mundo; ya que se trata de un príncipe.

«Como no estoy escribiendo una novela destinada a un lector indulgente, sino que escribo simplemente para mi propio placer, no tengo ninguna necesidad de recurrir a los habituales subterfugios de los hombres de letras», nos dirá el narrador en la página 48. Aunque esto no deja de ser un truco narrativo, porque realmente la prosa es muy bella, y más el contraste que se crea entre los recuerdos vergonzosos del pasado y el presente, en el que vuelve al mundo la primavera, que a nuestro protagonista se le está escapando de entre las manos. «Había perdido por completo la noción de mi propia dignidad y no tenía las fuerzas necesarias para escapar del espectáculo de mi propio infortunio» (pág. 51). Esta idea de que los personajes pierden su dignidad es propia de la temática de Turguénev, que rompe aquí con la idea del héroe clásico que se enfrenta a adversidades, y hace que sus personajes tengan que mirar hacia los momentos en los que la pasión o los celos les hicieron perder la cabeza y han de avergonzarse de ellos.

Los celos del narrador le llevarán a provocar un enfrentamiento que se tendrá que resolver mediante un duelo. La «escena del duelo» será un motivo recurrente en más de una de las composiciones de este volumen. Los deseos de nuestro narrador acabarán quedando en nada, en su toma de conciencia de ser un hombre superfluo. Las historias de amor que nos plantea Turguénev no acaban bien; no creo que destripe nada para un lector avezado, si estas historias acabasen bien no habría narración.

"Tres encuentros se podría leer como un cuento fantástico, pero también como un cuento realista"

Esta idea del hombre superfluo, del joven que trata de mejorar su situación o la de las personas que le rodean, pero no consigue nada, me hizo pensar en los personajes del libro Cuentos, de Antón Chéjov, una fantástica antología de su obra que leí hace un par de años, también en Alba. Entonces me asaltó la idea de pensar que Turguénev, sobre todo este Turguénev de las novelas cortas, era una de las más claras influencias de la narrativa de Chéjov, que escribió sus cuentos y novelas cortas unas pocas décadas después de Turguénev. Busqué información en internet y comprobé que los críticos han hablado de esta influencia y el propio Chéjov habló y recomendó a Turguénev a sus amigos en cartas. De hecho, una de las novelas cortas de Chéjov se titula El duelo (1891).

Al acabar de leer Diario de un hombre superfluo la impresión es muy buena, sus setenta páginas constituyen una grandísima novela corta.

En Tres encuentros (1852) nos encontramos con un narrador que no es, como en Aguas de primavera o en Diario de un hombre superfluo, metaficcional, en el sentido de que, aunque se dirige al lector, no comenta que está escribiendo por algún fin. Tres encuentros es una historia de casualidades, aunque quizás se trate de una historia fantástica o de terror. Un hombre ve en Rusia a una mujer que creyó ver en Italia, y esta mujer parece envuelta en un misterio que tratará de desentrañar. En el prólogo, Víctor Gallego nos dirá que la última producción de relatos de Turguénev es de corte fantástico, un tema que cada vez le fue interesando más, y que a él le parecen de calidad inferior a los que ha seleccionado para este libro. Tres encuentros se podría leer como un cuento fantástico, pero también como un cuento realista. En cualquier caso, el elemento fantástico, aunque pensemos así la narración, no acaba siendo del todo relevante. En cualquier caso, aunque correcto e interesante, Tres encuentros es una narración inferior a la anterior.

El nivel vuelve a subir con Dos amigos (1854), que está escrito en tercera persona y nos presenta cómo surge una relación de amistad entre dos hombres jóvenes en un pueblo de la provincia rusa. «En definitiva, los dos amigos, como hemos consignado más arriba, no se parecían en nada» (pág. 131). Como de broma, el amigo más mayor y más apegado al campo le ofrecerá al más joven su ayuda para encontrarle una esposa. Empezará entonces un recorrido por las casas de la comarca en las que hay mujeres casaderas, porque el amigo joven al final, aunque no creía mucho en la propuesta del otro, se irá entusiasmando con la idea. Como es habitual en las obras de Turguénev, la desgracia acabará apareciendo en el relato y será esta la segunda narración del libro en la que también aparece la escena del duelo. Una gran novela corta.

"Aunque, en gran medida, estas narraciones de Turguénev tienen el ritmo de un relato corto, en más de una ocasión dejan latente su vocación de novela"

Remanso de paz se publicó en 1854 y, por tanto, en la misma fecha que Dos amigos. Es el tercer relato de estos nueve en el que va a aparecer una escena de duelo. También se desarrolla en el campo, y trata un tema parecido al de los anteriores, en torno al amor y al desamor. Un joven noble con tierras visita una aldea donde tiene propiedades y los aldeanos dependen de él. Este joven va a tener la oportunidad de ser invitado a una casa cercana, en la que se celebran fiestas y va a poder conocer a otras personas jóvenes, entre ellas a dos chicas que le van a resultar atractivas. La novela está contada en tercera persona y aquí Turguénev pone en juego algún recurso narrativo que me ha resultado interesante: por ejemplo, narra una escena y, más tarde, le explica al lector cómo los personajes han llegado hasta ahí. En esta narración aparecerá un curioso personaje: el hermano de una de las bellas damas anteriores, un joven simpático que bebe demasiado y parece dispuesto a dilapidar su vida. Será otro de los «hombres superfluos» que prefigurarán a los personajes de Chéjov. Aunque en gran medida estas narraciones de Turguénev tienen el ritmo de un relato corto, en más de una ocasión dejan latente su vocación de novela; sobre todo ocurre esto cuando, hacia su desenlace, tiene lugar un salto en el tiempo, y los personajes recuerdan la belleza y también la tragedia del pasado con la sensación de haber perdido ya su juventud, y por tanto dando paso a la nostalgia y la melancolía.

Dos amigos y Remanso de paz me parecen las dos buenas novelas, aunque lo cierto es que, leídas seguidas, la segunda transmite cierta sensación de repetición de planteamiento e ideas. No he leído estas nueve historias seguidas, sino que he intercalado algún otro libro entre una y otra, algo que recomiendo, porque, en caso contrario, quizás el lector pueda verse algo abrumado.

Yákov Pásinkov (1855) se abre con una confesión vergonzosa por parte del narrador: estando borracho en una fiesta leyó una carta de otra persona. De este modo, se dio cuenta de que la mujer a la que pretendía estaba enamorada de otro. «De pronto me sentí tan incómodo y abochornado que me cubrí el rostro con las manos. Acababa de comprender la inconveniencia y la bajeza de mi conducta. Ahogado de vergüenza, lleno de arrepentimiento, cubierto de oprobio, seguía allí como clavado al suelo», nos dirá el narrador en la página 316, presentando aquí Turguénev no ya a un hombre superfluo sino a todo un antihéroe.

Un recurso interesante aquí es el que el narrador nos hablará de la amistad que le une a su amigo, haciendo retroceder la historia hasta la infancia. Yákov Pásinkov es otra gran novela corta sobre los misterios del amor, pero sobre todo del deseo, y las sorpresas que la pasión ajena puede causarnos.

Otra característica que aproxima la poética de Turguénev con la de Chéjov es que en Turguénev también está muy presente la idea de la cercanía de la muerte y la futilidad de todo lo pasado.

"Como ocurría en Tres encuentros, aquí también existe la posibilidad de que nos encontremos ante un relato fantástico o de terror"

Fausto: Relato en nueve cartas (1856) nos vuelve a plantear el tema del noble que regresa a su aldea, en este caso después de nueve años. En su antigua casa se reencontrará con un ejemplar de Fausto que leyó muchas veces de joven y que casi se sabe de memoria, ahora que es ya casi cuarentón. En la aldea se va a encontrar con una joven, a la que conoció de niña, que ya casada y madre, a sus veintiocho años, nunca ha leído una novela o un poema porque a su madre, ya fallecida, la ficción no le parecía adecuada. Nuestro narrador le está contando, a través de cartas, a las que se acerca el lector, a un amigo cómo se ha propuesto acercarle el goce de la ficción a esta mujer, a través del libro de Fausto. Aquí también al final de la narración se producirá un salto temporal y también aparecerá la tragedia; componentes esenciales de estas obras.

Como ocurría en Tres encuentros, aquí también existe la posibilidad de que nos encontremos ante un relato fantástico o de terror, pero Turguénev será lo suficientemente sutil como para mantener la ambigüedad hasta el final.

Aprovecho para comentar también que otro recurso habitual de Turguénev es el de la intertextualidad, pues es habitual que sus narradores aludan a autores, títulos de libros o personajes literarios para expresarse.

Asia (1858) nos habla de un joven ruso de veinticinco años en el extranjero, concretamente en Alemania. Allí, en el pueblo en el que ha decidido pasar unas semanas, va a conocer a una pareja de rusos que se presentan como hermanos, aunque pronto va a empezar a dudar de que en realidad lo sean. Como suele ser habitual, la historia está contada desde el futuro, desde veinte años más tarde. El narrador empezará a sentir interés por Asia, que es una joven que se comporta de un modo impetuoso, voluble y extraño.

Un rasgo del estilo que quiero comentar aquí, aunque no es exclusivo de esta narración, es que Turguénev es un gran creador de escenas felices, de esas escenas especiales que los narradores van a recrear desde el futuro. Normalmente vinculará mucho estos recuerdos felices a la naturaleza, los árboles, los pájaros, la luz… No quiero desvelar el final, pero la idea de pérdida y desolación que deja este relato me ha recordado a la del cuento El beso, que diría que es mi cuento favorito de Chéjov y del que Asia sirvió de inspiración.

"Aunque ya Diario de un hombre superfluo es una obra plenamente madura y una gran novela corta, diría que en las últimas piezas de este libro la maestría de Iván Turguénev se va agudizando"

Primer amor (1860) es la novela corta más famosa de las que están incluidas en este libro y, tras acabarlo, absolutamente colmado de felicidad lectora, corroboro que es así con razón. Todas las novelas cortas de este libro son buenas, pero Primer amor está un peldaño más arriba. A raíz de un juego en una fiesta, los invitados habrán de contar cómo fue su primer amor. Nuestro narrador, en vez de acometer una historia oral, anuncia a las otras personas que escribirá sobre sus recuerdos del primer amor y, días después, se lo leerá. Así, desde sus cuarenta años, se acordará de cuando tenía dieciséis y una princesa arruinada se instalará en una casa, junto con su hija de veintiuno, como sus nuevos vecinos. La joven recibirá en su casa a una cohorte de hombres de distintas edades, con los que establece juegos, a cada cual más absurdo, sabiendo que todos estos hombres están enamorados de ella o ansían su belleza. Como ocurría en Aguas de primavera, aquí el lector se va a encontrar con la oscuridad de las relaciones amorosas, donde también entra en juego el poder, la perversión y el sadismo, y el narrador adolescente tendrá que vislumbrar un mundo adulto que no consigue entender. «He dicho que a partir de ese día empezó mi pasión; podría decir también que ese día empezaron mis sufrimientos» (pág. 516). Es una novela corta sobresaliente.

En Una desdichada (1869) nos encontramos con una nueva variante sobre el tema tratado en estas novelas, ahora el narrador será, por primera vez, un narrador testigo, que nos va a hablar de la historia de amor de un amigo y no de la suya propia. Además, aquí vamos a tener dos narradores, ya que, además del narrador testigo, la chica «desdichada» le va a entregar un cuaderno al narrador en el que ella ha escrito su historia. De nuevo, como en la historia anterior, aquí se hará presente la crueldad de algunos de sus personajes.

Aunque ya Diario de un hombre superfluo es una obra plenamente madura y una gran novela corta, diría que en las últimas piezas de este libro la maestría de Iván Turguénev se va agudizando y consigue arrancar nuevos y más sofisticados matices a sus personajes. Hasta ahora, para mí existía un gran trío de escritores mayúsculos y destacados del siglo XIX ruso: Lev Tolstói, Fiódor Dostoievski y Antón Chéjov, y pensaba que Iván Turguénev estaba algún peldaño por debajo; ahora empiezo a considerar a Turguénev bajo otra mirada, sobre todo como precursor del gran Chéjov. Me ha gustado mucho este volumen de Novelas cortas. Creo que va a ser difícil que no se encuentre en mi lista de las diez mejores lecturas a fin de año.

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