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Fabricados en serie: la paradoja de la disidencia

Fabricados en serie: la paradoja de la disidencia

Desde que sé pensar, siempre he creído que los seres humanos estamos fabricados, que venimos con un software de serie que, a pesar de las razas, las culturas, los siglos, presenta muy pocas variaciones. El catálogo de nuestras emociones es muy básico y lo mismo me parece que ocurre con nuestra forma de procesar el mundo: ver, oír, organizar… relacionarnos. En términos gnoseológicos, no encuentro ninguna diferencia esencial entre la necesidad que da origen a los relatos mitológicos (incluso en civilizaciones o tribus que nunca han tenido contacto ni conocimiento mutuo) y la que da sustento a los recientes postulados de la física teórica. Desde el panteísmo de los primeros cazadores recolectores hasta nuestras actuales cosmogonías científicas, todos los relatos son intentos metafísicos para encontrar respuestas. Es más, creo firmemente que ese es el gran defecto de origen que trae el ser humano: plantearse que existen las razones. Ese error en el software no es la única anomalía de la mecánica en la producción del ser humano. El mismo sistema tiene catalogadas incluso las variantes de sus propios defectos. La enfermedad mental —un desarreglo algunas veces lúcido que habita en la conciencia de las piezas que no encajan— tiene un catálogo de síntomas también muy reducido. Son pocas las posibilidades de desvío que tienen los fragmentos disidentes dentro del engranaje.

Siempre me resultó curioso cómo los que padecemos determinada «anormalidad» presentamos todos los síntomas de esta, o casi. Bien es cierto que en este mundo global es más fácil abrazar la coincidencia por puro mimetismo, pero, aun así, qué poco margen sabemos permitirnos. Somos muchos quienes hemos salido con ese mal de fábrica. Lo malo es que también somos clones nacidos de una misma anomalía.

"Si una parte esencial de lo que soy consiste en diferenciarme de aquellos a quienes rechazo, seguiré necesitándolos para justificar y explicar mis posiciones"

Hay algo más inquietante que se produce en esa «industrialización» que reduce nuestras diferencias: ha aprendido a administrar las divergencias, a prever las formas posibles de la excepción y a incluirlas dentro del mismo catálogo del que creemos habernos apartado. Ningún sistema suficientemente complejo se limita a producir individuos obedientes; necesita producir a la vez sus discrepantes, sus excéntricos, incluso sus enemigos. La disidencia puede formar parte del mecanismo con la misma naturalidad que el sometimiento, porque apartarse de una norma no garantiza haber escapado de la estructura que la hizo posible. A veces solo significa ocupar otra de esas posiciones que la propia estructura ya tiene previstas.

La negación continúa dependiendo de aquello que niega. Si una parte esencial de lo que soy consiste en diferenciarme de aquellos a quienes rechazo, seguiré necesitándolos para justificar y explicar mis posiciones. Para poder disentir es absolutamente imprescindible establecer referentes. Ninguna imagen reflejada existe sin el objeto cuya forma invierte. Buena parte de nuestras identidades se constituyen por oposición y, por tanto, conservan secretamente algo de lo que combaten. Herejes y ortodoxos se requieren mutuamente para delimitar el territorio donde cada uno se acaba reconociendo. Las revoluciones terminaron pareciéndose muchísimo a aquello contra lo que se rebelaron. Por eso las disidencias, una vez organizadas, reproducen con extraña fidelidad los mismos procedimientos de exclusión, de obediencia y vigilancia que denunciaban cuando no tenían poder. ¿El problema es el poder o lo es nuestra escasa variabilidad, ese estrecho abanico de conductas predecibles, incluso en la anomalía, al que he estado refiriéndome?

La rebeldía también tiene sus modelos. Puede estar aderezada, además de con ideología, con una estética (lecturas, vocabulario, gestos muy determinados) e incluso con un repertorio previamente establecido de desprecios y de admiraciones. Hay formas convencionales de ser anticonvencional y maneras perfectamente gregarias de presumir de individualismo. Una sociedad capaz de convertir cualquier objeto en mercancía termina convirtiendo igualmente en mercancía la oposición a sus mercancías; comercializa la singularidad, produce diferencias en serie y consigue que millones de personas expresen su irrepetible personalidad utilizando los mismos signos destinados a demostrar que no se parecen a nadie. No hay en esto necesariamente una conspiración ni hace falta imaginar una inteligencia superior organizando el rebaño. Es algo mucho más sencillo y también más difícil de combatir: nuestra necesidad de reconocimiento. Solo podemos pensarnos mediante categorías que no hemos creado y nombrarnos con palabras que ya existían antes de que llegáramos. Hasta aquello que consideramos más íntimo ha tenido que adoptar alguna forma inteligible para que podamos reconocerlo. Nos creemos propietarios de una identidad que, en gran medida, hemos construido con materiales prestados: una lengua heredada, modelos familiares, relatos culturales, deseos —casi siempre los mismos en todo ser humano— cuya procedencia ignoramos y que tampoco nos pertenecen del todo, recuerdos sometidos a innumerables modificaciones y una sucesión de accidentes a los que solemos atribuir después una coherencia.

"Tampoco el disidente debería concederse demasiados privilegios epistemológicos. Creer que una mayoría se equivoca no demuestra que quien se opone a ella haya dejado de equivocarse"

La biografía personal posee siempre algo de falsificación retrospectiva. No solo porque nos mintamos conscientemente al recordar nuestra vida, sino también porque necesitamos organizarla. El azar resulta insoportable cuando se contempla desde el presente, por eso introducimos causas donde, posiblemente, solo hubo coincidencias. Convertimos decisiones circunstanciales en momentos decisivos, descubrimos señales que únicamente adquirieron significado muchos años después, atribuimos a quien fuimos unas intenciones que probablemente pertenecen al que ahora recuerda. La memoria no trabaja como un archivo fijo y objetivo: selecciona, interpreta, suprime, recompone. Cada vez que volvemos sobre nosotros mismos modificamos imperceptiblemente al personaje para que se acomode a lo que quisiéramos ser. Más exactamente, a lo que queremos que los demás vean que somos.

La personalidad acaba funcionando como una teoría que busca continuamente pruebas para confirmarse. El tímido encuentra su timidez en todos sus recuerdos; el valiente organiza los suyos alrededor de sus actos de presunta valentía; quien se considera víctima dispone los acontecimientos según la lógica del daño recibido, y quien ha hecho de la independencia uno de sus atributos esenciales tendrá enormes dificultades para reconocer las innumerables ocasiones en las que obedeció, sin darse cuenta, a toda una normativa que el propio individuo no reconoce como tal. Interpretamos el mundo desde nuestras convicciones y luego nos reinterpretamos a nosotros mismos para que esas convicciones adquieran más consistencia. Por eso tampoco el disidente debería concederse demasiados privilegios epistemológicos. Creer que una mayoría se equivoca no demuestra que quien se opone a ella haya dejado de equivocarse. Ni la minoría garantiza lucidez ni el aislamiento constituye una prueba de mayor inteligencia. Hay errores multitudinarios y errores perfectamente solitarios.

El inconformista —o cualquier otra categoría social que al lector se le ocurra— llega a estar tan satisfecho de su compromiso que tiende a rechazar cualquier idea que proceda del contrario. ¡Ocurre tantas veces! Y todo por no poner en peligro la imagen que ha construido de sí mismo y que acaba convirtiendo en una identidad a la defensiva. En ese momento la discrepancia ya no necesita pensamiento: le basta conocer la procedencia y aplicar la identificación: «Son los míos. Lo que hacen está bien». Lo estamos viendo a diario en nuestra España actual, donde los sectarismos se atrincheran contra toda evidencia. La incomprensible y cerril adhesión política, sobre todo en la autodenominada —falsaria y rimbombantemente— izquierda progresista, ha conseguido que hechos que hace unos pocos años habríamos considerado absolutamente intolerables dejen de serlo cuando quienes los protagonizan son «de los míos». Aquí cobra todo su sentido aquella ridícula jactancia de Trump: «Podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos». Puede parecernos otra imbecilidad egocéntrica propia del personaje, pero si observamos el fondo del mensaje con total objetividad, veremos lo mismo aquí, a diario, en las actuaciones del gobierno y de sus socios. Han ido desplazando cada vez más allá las fronteras de lo inadmisible. Si hicieran esa mínima reflexión, tan necesaria, se darían cuenta de que están reproduciendo exactamente el mismo mecanismo del que presume Trump, al que con tanto fervor desprecian. Si no quieren ser su mímesis, deberían plantearse hasta dónde están dispuestos a patear sus principios para que los que hacen eso continúen siendo «los suyos».

"Sería demasiado cómodo que quien ha escrito estas páginas pretendiera situarse fuera de lo que describe. Vengo de la misma fábrica"

Cuando podemos predecir una opinión conociendo únicamente el grupo al que pertenece quien va a expresarla, la mayor parte de la libertad intelectual ha desaparecido, aunque esa persona se considere radicalmente autónoma. Y lo mismo ocurre en sentido inverso: si conozco la opinión de mi adversario y eso basta para saber cuál debe ser la mía, mi enemigo habrá conseguido determinarme con una inmensa eficacia. Habré convertido la oposición en una forma particularmente elaborada de obediencia, aunque la llame identificación con una causa. Ese mecanismo afecta también a quienes contemplamos con cierta prevención todas las adhesiones colectivas, incluidas las que se dan en el fútbol. La ironía puede convertirse en un refugio, el escepticismo en una identidad y la inteligencia en un atributo ornamental utilizado, no para poner en cuestión nuestras certezas, sino para defenderlas con argumentos cada vez más sofisticados. No existe contradicción alguna entre ser inteligente y estar profundamente equivocado; probablemente la inteligencia solo proporciona mejores instrumentos para justificar, con posterioridad, aquello que ya habíamos decidido creer. La capacidad argumentativa puede ponerse al servicio de la investigación, pero también al de la defensa y del sectarismo, y no siempre resulta sencillo descubrir en qué momento dejamos de buscar una respuesta y comenzamos a reunir pruebas para una sentencia previamente dictada.

Sería demasiado cómodo que quien ha escrito estas páginas pretendiera situarse fuera de lo que describe. Vengo de la misma fábrica. Mi rechazo a determinadas consignas puede convertirse también en mi consigna; mi desconfianza hacia ciertas formas de pensamiento colectivo puede terminar siendo tan automática como el pensamiento que pretende combatir; incluso la voluntad de no formar parte del rebaño podría no ser más que otro modo, socialmente reconocible, de pertenecer a uno. Haber descubierto un mecanismo no nos concede inmunidad frente a él, ni conocer a fondo una enfermedad nos impide padecerla. Aquel que reproduce una identidad prefabricada, y la exhibe satisfecho, no se diferencia tanto de quien ha construido su prestigio íntimo alrededor de la convicción de no parecerse a los demás. La singularidad puede convertirse en un objeto de consumo más. La diferencia, cuando necesita mostrarse de continuo, corre el riesgo de transformarse en una representación de la diferencia. No hay tanta distancia entre quien se fotografía para mostrar el mundo al que pertenece y quien necesita recordar constantemente el mundo del que cree estar fuera. Ambos pueden haber sustituido la experiencia por una imagen de sí mismos; solo cambia la imagen elegida.

Si algo parecido a la libertad intelectual existe, probablemente no consista en alcanzar un lugar exterior a todos estos condicionamientos. Ese lugar no parece posible. Nadie puede observar el sistema humano desde fuera de lo humano, ni pensar sin utilizar las categorías que el propio pensamiento proporciona. Nuestra posible libertad tendría que ser necesariamente interior al mecanismo: una pequeña capacidad de interrupción, la posibilidad de introducir una demora entre aquello que recibimos y aquello que repetimos, de suspender por un instante la seguridad con la que reconocemos nuestras propias respuestas y preguntarnos si siguen siendo resultado de una reflexión o se han convertido ya en simples reflejos.

"Es muy posible que no podamos evitar estar fabricados en serie y que tampoco podamos abandonar por completo los relatos, las categorías y los modelos mediante los que nos reconocemos"

Pensar exigiría entonces algo más incómodo que dudar de los demás: permitir que nuestras propias convicciones puedan volverse extrañas ante nosotros mismos. No se trata de vivir en una permanente indecisión ni de suponer que todas las ideas poseen el mismo valor —otra forma bastante cómoda de renunciar al pensamiento—, sino de conservar la capacidad de someter también a examen aquello que nos constituye. Una convicción que no tolera ser interrogada deja de ser una conclusión y empieza a parecerse demasiado a una creencia. Pero acaso nos queden todavía algunas posibilidades: en vez de obviar que hay un molde y que vivimos en él, tratemos de percibir —aunque sea de vez en cuando— que existe y que tiene bordes; en lugar de obedecer a nuestra programación —convencidos de que estamos ejerciendo una libertad total—, sospechemos que una parte de eso que creemos más propio y genuino se nos instaló al mismo tiempo que el programa. Y quizá, entre todo esto, nuestra mayor ambición consista únicamente en elegir cuál de esos lugares ya previstos quisiéramos ocupar.

Es muy posible que no podamos evitar estar fabricados en serie —aunque con algunas pequeñas variaciones o defectos de fábrica— y que tampoco podamos abandonar por completo los relatos, las categorías y los modelos mediante los que nos reconocemos, porque sin ellos ni siquiera existiría ese personaje relativamente estable al que damos nuestro nombre. Pero hay algo aún más perturbador: pensar que incluso esa sospecha puede terminar convirtiéndose en otra certidumbre, y que también la conciencia de estar «elaborados» puede generar su correspondiente producto de serie: el individuo satisfecho de haber comprendido el mecanismo y que, precisamente por ello, deja de vigilarlo. El sistema se cerraría entonces de nuevo sobre sí mismo. Tal vez nuestra única posibilidad consista en impedir que llegue a cerrarse del todo. Mantener abierta una mínima fisura desde la que seguir dudando de las respuestas que se nos ofrecen y desconfiar aún más de aquellas que, sin haberlas sometido a un interrogatorio, reconocemos inmediatamente como nuestras.

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