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Solo se muere cuando se olvida

Solo se muere cuando se olvida

Podría decir que es la primera vez que oigo hablar de los «hombres espejo», pero no es cierto. Antes de que Catriona Ward hablara de ellos en Llamas en Nuncanada, ya los había intuido en El traje del muerto, de Joe Hill. En ambos se habla de ese residuo espiritual que permanece en aquellas prendas de ropa que llevamos a lo largo de nuestra vida, como si en ellas perviviera una parte de nosotros mismos y de nuestra impronta. Somos cebollas cuyas capas se van quedando en nuestro entorno, empapándolo todo, no solo los recuerdos. Los muebles, las paredes… Hay quienes dicen oler el perfume de un ser fallecido años después de haberse despedido de él. Basta ese sutil aroma para que los recuerdos despierten y lo traigan de nuevo a la vida. Porque, como también se decía en Coco: «Solo se muere cuando se olvida». Del mismo modo que aquello que creemos real no lo es menos si nosotros lo creemos como tal. Por eso, cuando volví a encontrarme con Ji Houan en el Café Moi y me habló de su nuevo proyecto, tuve la prudencia de mantenerme al margen. La última vez había estado atrapado en aquel prototipo de realidad virtual durante semanas y ya entonces le dije que no quería volver a ser su «piloto de pruebas» nunca más. Aquello no era óbice, no obstante, para que me contara de qué iba su nueva historia empresarial.

"Era demasiada información. Le pedí que fuera al grano. Fue cuando me dijo lo de los «hombres espejo»"

Ji Houan había estado unos meses viajando entre China, Corea del Sur y Japón. Decía que allí tenían un concepto del alma muy distinto del occidental. Él nunca fue religioso, así que lo dijo como algo anecdótico; prolegómenos para el verdadero relato de su proyecto. «Otros lo han intentado», me dijo. «Nosotros lo hemos conseguido». Y procedió a relatarme lo de que habían logrado dar vida a quienes ya no estaban entre nosotros. No era una idea nueva. Él la había sacado de todos esos libros y películas de Ciencia Ficción que tenía sobre el mueble del televisor y las baldas de su biblioteca personal. En los últimos tiempos se había convertido en una obsesión enfermiza, pero él lo había justificado diciendo que la ficción del pasado era la ciencia del futuro. Y me ponía ejemplos de Star Wars, de Star Trek o de series como Black Mirror o Fringe. «En el buen sentido», se veía obligado a puntualizar. Porque él era de los que creían firmemente que las inteligencias artificiales, los robots y cualquiera de esos aparatos domotizados jamás dominarían al ser humano, sino al contrario. «Estamos a esto de alcanzar la gloria», se afanaba en decir uniendo el pulgar y el índice junto a su pupila. No compartía su visión. La cosa se nos estaba yendo de las manos. Ni siquiera los que venían del otro lado eran tan peligrosos como todo lo que podían «hacer por nosotros» las nuevas tecnologías.

Ji Houan me tranquilizó con una mano sobre el hombro. No volvería a usarme. Eso no. «Pero, si sucediera algo… Usa la palabra de control». Xìngrén jī, pollo con almendras. Lo recordaba. De la última vez. Cómo olvidarlo. Me confesó que había estado ahondando en otros géneros. «Sobre todo para evitar imprevistos». No me tranquilizó para nada. Era un eufemismo para referirse al terror. Ese era el género que se había convertido en su nueva obsesión. Porque él no consentiría que una M3GAN cualquiera arruinase su carrera ni echara por tierra su futuro laboral. Me quedé alucinado cuando dejó caer que estaban trabajando en modelos de androides autónomos perfectamente funcionales. «E indistinguibles». Era demasiada información. Le pedí que fuera al grano. Fue cuando me dijo lo de los «hombres espejo» y, como reconocí la referencia, estuvimos un rato hablando de la autora y del anterior libro de Catriona que habíamos leído ambos y que, casualmente, era el de La casa al final de Needless Street. A ambos nos gustó. Pero a él no le ofreció ninguna información válida para «sus cosas».

"No podía dar crédito. Toda esa gente, toda esa crueldad, no podía tener cabida más allá de la muerte"

El caso es que Ji Houan decía que, a través de la tecnología, había conseguido captar la esencia de esas prendas de ropa que llevaron los difuntos en vida. Y, he aquí lo sorprendente, había descubierto que no era una superchería. Que en verdad quedaba un eco de ellos en cada pantalón, jersey o gorra. Por mucho que se hubiesen lavado. Por mucho tiempo que hubiera pasado desde la última vez que alguien se las pusiera. En todas ellas había un residuo invisible al ojo humano, pero palpable para quien sabía mirar. Imaginé cómo esas prendas se llenaban con el espíritu sólido de los muertos y comenzaban a caminar. Y pensé en lo jodido que sería que algunas de esas ropas trajeran de vuelta a sus dueños. Porque lo idílico y lo romántico era pensar en todas esas personas que se fueron dejando un bonito recuerdo tras ellas. Sin embargo, ¿qué había de aquellas otras cuyo rastro había supuesto la destrucción de familias enteras? ¿Qué sucedía con todos esos criminales? ¿Con todos esos sádicos? ¿Con todos esos asesinos? ¿Con aquellos que no dudaron en dar la orden para llenar de almas los campos como si se tratase de una siembra de maíz? No podía dar crédito. Toda esa gente, toda esa crueldad, no podía tener cabida más allá de la muerte. Lola, que había estado hablando con Faruk sin quitarnos ojos, se dio cuenta del escalofrío que hizo que me estremeciera de pies a cabeza. Casi todos sus ojos estaban puestos en nosotros. Le devolví la mirada con disimulo y asentí mientras Ji Houan no dejaba de parlotear sobre esto y aquello, ya finiquitado el tema de los hombres espejo. Si bien, él era un viejo asiduo del Café Moi y conocía a Paco desde hacía años, con Lola había una suerte de tensión que nunca habían sido capaces de resolver y la confianza entre ambos brillaba por su ausencia.

«Lo mejor es quemar la ropa. Ni donarla ni nada de eso. La quemas y se acabó la huella», me dijo, regresando al tema. Por supuesto, eso no lo hacía nadie. O casi nadie. Y a él le venía genial que no lo hicieran. Gracias a eso habían podido avanzar en esa realidad virtual de memoria familiar. Habían conseguido que los fallecidos se manifestaran con tanta precisión que parecían reales. Como si se hubieran encarnado en un entorno digital y siguieran su vida donde la dejaron. No recuerdo bien si era José Ovejero quién reflexionaba sobre la transferencia de una vida carnal a una intangible y virtual. O puede que lo hiciera F. G. Haghenbeck o cualquier otro. Poco importa ahora. Lo que más me preocupa es lo último que me ha dicho Ji Houan antes de que lo llamaran por teléfono y se despidiera moviendo los labios en silencio mientras activaba el pinganillo de su oreja. «Ahora imagina que ese mundo virtual desaparece y que se fusiona con la realidad, que dotamos de vida carnal a esos hombres espejo. ¿No suena increíble?».

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