El protagonista de esta novela tiene un oficio más que extraño: descriptor/vendedor de paisajes. Dedica su vida a buscar lugares en los que los escritores puedan ambientar sus novelas. Hasta que, un día, dos cuadros colgados en la pared le hacen dudar de su profesión.
En este making of Carolina-Laia Puigdevall explica cómo escribió Los días verdes, los ojos grises (FCE).
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En uno de los innumerables emails que nos hemos intercambiado en los últimos meses, mi editora, Marta Comensaña, me preguntaba que cómo se me había ocurrido la profesión del protagonista de la novela (descriptor de paisajes), sin saber que aunque la respuesta a esa cuestión es quizás la más complicada de dar, es también lo que otorga sentido a todo. Porque toda la historia parte de ese punto, y porque para explicarlo tendría que contar también que antes de que la novela se encontrase en estado embrionario, y antes incluso de pensar siquiera en la posibilidad de escribir ficción, yo ya llevaba mucho tiempo persiguiendo un concepto que me ha obsesionado siempre: la écfrasis.
Como historiadora del arte y más tarde durante mi especialización en estudios artísticos, literarios y de la cultura, nunca he dejado de pensar en la relación imagen-palabra, y una vez terminado mi periplo académico, recién mudada a Berlín en 2019, me planteé la opción de realizar una tesis sobre ello. “La écfrasis en Proust”, pensé. “¿Por qué no?”. Un tema tan inabarcable como difícil, partiendo de la base de que no sé francés. Tras descartarlo, la profesora de la UNED con la que estaba en contacto en ese momento me sugirió, muy acorde con mis intereses, centrarme en algo más concreto: “écfrasis / pintura / paisajes / jardines”. Y tenía sentido, pero siempre había que acotar más y más. De modo que pasé meses investigando por mi cuenta pero sin decidirme a empezar. Me sumergí en la teoría sobre la materia. En los textos de teóricos como Henry Markiewicz, Jean Laude, Wendy Steiner o Murray Krieger. Tomé infinidad de apuntes. Pero la vida me pasó por encima. La pandemia, el trabajo en Berlín, que cada vez demandaba más tiempo, el alemán, escribir mis artículos y textos como colaboradora… Todo esto, sucediendo a la vez, hizo que la idea de comenzar una tesis a distancia se fuera diluyendo cada vez más, hasta que finalmente la abandoné. Y fue entonces cuando, casi por inercia, comencé a escribir ficción y toda esa investigación de carácter académico derivó en un solo párrafo que presentaba a un personaje que se gana la vida como descriptor de paisajes. Un personaje que busca y habita lugares para narrárselos al milímetro a escritores bloqueados que no saben cómo continuar sus novelas, que recurre a veces a la pequeña trampa de la écfrasis pictórica, que vende los paisajes solo mediante palabras y que trabaja siempre a plein air.
Comencé a hilvanar una historia lentamente. Escribí de manera muy intermitente entre el 2021 y el 2024, de una forma tan esporádica y tan despreocupada que hay quien podría decir que aquello más que dedicación era procrastinación. Y aunque durante todo ese tiempo nunca abandoné la idea de terminar en algún momento, sabía que no lo hacía porque me faltaba algo, aunque no sabía qué. Entonces llegué al segundo concepto teórico que atraviesa la novela.
Fue a partir de algo tan habitual como el encargo de un artículo. Me pedían una pieza sobre las Vanguardias para el monográfico dedicado al movimiento que hacía la revista Jot Down y decidí decantarme por Dadá y su posterior influencia en el resto de -ismos. En cuanto empecé a documentarme para el que sería mi artículo (Dadá y el azar: Los espíritus flotantes del Cabaret Voltaire) di sin embargo con la clave que me faltaba y que hasta entonces no sabía que estaba buscando, y sentí que era un capricho del destino que fuera así, casualmente, como había encontrado el elemento que necesitaba para completar mi historia inacabada: el azar. Ese era el motor subyacente a todo lo que yo estaba contando.
“Dejadlo todo (…) lanzaos a los caminos”… Esa frase del manifiesto “Lâchez tout” de André Bretón me apeló de manera directa y desencadenó una fase de escritura frenética concentrada sobre todo en las noches y las madrugadas (aunque se extendió también a todos los ratos que podía robarle al resto de horas de la jornada) y que tuvo como resultado que terminara por fin, en unos pocos meses, la novela que llevaba gestando años. Los postulados dadaístas y surrealistas me habían traído la solución personificada en el protagonista como antihéroe que huye, que merodea sin rumbo, que descubre y describe el mundo a su alrededor de manera casi automática, fácil, dejándose llevar. Leyendo los manifiestos vanguardistas de principios de siglo descubrí que es así como se mueven y se encuentran los personajes de mi novela y que es así como me muevo yo tantas otras veces, tanto en la escritura como en la vida real.
Al fin y al cabo, ¿qué es escribir ficción sino expresar imágenes con palabras y abrazar lo fortuito?
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Autora: Carolina-Laia Puigdevall. Título: Los días verdes, los ojos grises. Editorial: FCE. Venta: Todos tus libros.


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