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Rosa Montero: “Lo normal es ser raro”

Rosa Montero: “Lo normal es ser raro”

Incluso el patito más feo se puede convertir en cisne, aunque sea uno muy punk. Clarita, la protagonista de la nueva novela de Rosa Montero, es una persona que un día decide actuar después de toda una vida soportando empujones, aguantando menosprecios y bajando la cabeza ante los abusones. Clarita somos todos los que hemos sido señalados por llevar gafas, ser gordos, tener orejas de soplillo o, simplemente, no querer ser como el resto. Benditos seamos los divergentes, que se pudran los normales. Un día en la vida de Clarita (Alfaguara) no es sólo un libro. Rosa Montero ha fabricado un artefacto literario que se lee de una sentada, a carcajada limpia, y con la emoción que sentíamos al leer las aventuras de los libros de la colección “Joyas literarias juveniles”, clavándonos las uñas en los muslos, deseosos de que la protagonista secundaria se convierta en la ganadora, aunque digan que no le toca.

Hablamos con Rosa Montero acerca de lo estupendo que es ser divergente, sobre la necesidad de hablar del acoso a los diferentes en el trabajo y de sus enormes ganas de vivir y de escribir.

*****

—Me declaro fan de Clarita. Quiero una camiseta suya.

—(Risas) Quiero hacer una camiseta en la que por un lado salga Clarita y por el otro la frase “La gente normal me da miedo”.

—Vamos con la novela. “Como siempre”. Esa frase que se repite varias veces al inicio de la novela suena terrible. La rutina como remedio para combatir la soledad.

"Las microhumillaciones en el mundo laboral son muy comunes y destrozan a mucha gente"

—Sí, pero no sólo la soledad, sino sobre todo el mal trato. Como Clarita hay un montón de personas, por desgracia, en nuestra sociedad, que no se adaptan al molde, al troquel social. Nos venden la engañifa de que la normalidad es lo más habitual, pero es mentira. La normalidad viene de una cosa normativa, de un marco que cambia con las sociedades, que cambia con las épocas y que nos obliga a adaptarnos a él, aunque nos tengamos que cortar las orejas para caber. Lo normal es ser raro. Todos nos esforzamos para que no se nos note nuestra divergencia. Y con razón, porque al niño divergente lo atizan ya desde el colegio. Clarita es una de esas personas a las que se les nota la divergencia; que ha sido acosada y objeto de burlas desde pequeña. Y esto ocurre también en el entorno laboral. Este es un gran elefante en la habitación, porque hablamos del acoso infantil —y deberíamos hacerlo más—, pero no lo hacemos del mobbing laboral, que existe y abunda muchísimo. Las microhumillaciones en el mundo laboral son muy comunes y destrozan a mucha gente. Ante esto, ¿qué hace la pobre Clarita? Como todo acosado, intenta que no se la vea y se refugia en una vida superpequeñita, muy rutinaria, porque además tiene un TOC. Evidentemente, esa es una vida pobrísima.

—Hay varias fases en ese maltrato, como comentas. Primero está la invisibilidad y luego la humillación. Como en una de las primeras escenas del libro: Clarita va a subir al ascensor y llega el director con su séquito, y el pelota de turno le dice que ella no puede subir con ellos. Hay un sistema de castas en muchos trabajos.

—El poder se regocija humillando a los “poseídos”, por así decirlo. El poder es una trama, especie de telaraña pegajosa en la que todos estamos atrapados en algún lugar de ella. Porque además el poder no es sólo el que se establece piramidalmente, el del presidente del gobierno con el resto de los ciudadanos o el presidente del banco en el caso de Clarita, sino que todos tenemos una relación de poder con los demás. Tú tienes una relación de poder con los amigos, con tus hijos, con tus padres, con tus compañeros de trabajo. Entonces hay que ser muy consciente de ello, y ser lo más flexible posible, para no quedar pillado en ninguno de los dos lados del poder; ambos son terribles, el de la víctima y el del verdugo.

—Aceptamos la humillación. Tanto la de los jefes como las de los compañeros de trabajo.

"El mal sucede porque los buenos dejan que suceda, porque los buenos no se oponen"

—Totalmente. La mayoría de los casos de mobbing son de compañeros de trabajo. Te lo digo porque yo lo he sufrido durante un año por parte de una compañera. Recuerdo que lloraba todas las noches. Esto es de lo más habitual. ¿Por qué sucede? Porque, de repente, coincides con una persona que es malvada, que es psicopática, que es narcisa y el resto de las personas no se oponen a ella. El mal sucede porque los buenos dejan que suceda, porque los buenos no se oponen.

—En el libro, Clarita se enfrenta a su último día de trabajo como un final. Sin embargo, esa jornada acaba siendo un principio. Aunque con retraso, la oruga se convierte en mariposa.

"Más que un pato que se convierte en cisne, Clarita es una rana que se transforma en un tiranosaurio"

—Totalmente. Y la vida que le queda sé que va a ser hermosa. Hay una transformación radical. Este libro es, en realidad, como un cuento, una novela corta. Yo quería que fuera muy sólida en su construcción: sucede en catorce horas y por esa razón es muy compacta. Mi intención era escribir un cuento para adultos, una nueva versión del patito feo, pero un poco punky. (Reímos) Más que un pato que se convierte en cisne, Clarita es una rana que se transforma en un tiranosaurio. Hay un momento dado en ese último día, en el que Clarita dice algo que a mí me produce mucha ternura: “Durante varias décadas pensé que la felicidad era la ausencia de sufrimiento y que eso bastaba”. Y cuando llega ese último día de trabajo, se da cuenta de que lo que le espera es una vida todavía más pequeña. Entonces sucede algo de lo que no podemos hablar —al final del libro, pido a mis lectores un favor: que no cuenten lo que sucede en la novela ni su desenlace, para no destripar el juego—, pero que es un acontecimiento muy muy sorprendente y que la pone en riesgo. Clarita recibe la última gota que colma el vaso de humillaciones y de repente se transforma en otra cosa. Hay una redención. Cuando escribes, lo haces en la más completa oscuridad. No sabes lo que estás haciendo, porque las novelas nacen del inconsciente, del mismo lugar de donde nacen los sueños. Sabes un poco lo que has hecho cuando empiezas a hablar de la novela con los periodistas y comienzas a reflexionar. Esa novela surgió para mí como un tiro. De repente apareció esta Clarita y me obligó a escribir sobre ella. Fue como una posesión. Pienso que esta novela ha salido así porque estaba, y estoy, muy angustiada con la vida que vivimos. Estamos en un momento del mundo oscurísimo, pero tan oscuro que me da miedo ver los telediarios por la noche, porque no duermo. Necesitaba decirme y demostrarme que hasta en el peor de los momentos, cuando parece que todo ha acabado, cuando parece que estás como un moco pegado al suelo, puedes volver a ponerte de pie, crear una vida digna y feliz y poner luz en las tinieblas.

—Al final de la novela nos vendes que hay esperanza.

—Eso me lo he vendido también a mí misma y me lo quiero creer. (Reímos) Fue un chute de energía y optimismo escribir este libro.

—La rebelión de Clarita tiene un punto “Bartleby”. En lugar de “prefería no hacerlo”, Clarita dice “prefería hacerlo”. Son dos formas de rebeldía.

"La humillación rompe la espina dorsal de la gente, no puede llegar a quebrar"

—Cierto. No se me había ocurrido pensar en Bartleby, pero tienes razón. Bartleby, el escribiente también es una novela de una venganza, en cierto sentido. La de Clarita es una venganza compasiva, digamos; es una venganza que se produce cuando ella de repente empieza a convertirse en otra cosa, cuando se da cuenta de que está naciendo una nueva Clarita. Ella piensa: “¿Y quién es esta nueva Clarita?”. Y decide ser buena persona. Eso me encanta. En vez de convertirse en una miserable —que podría hacerlo, porque la humillación es lo peor que le puedes hacer a un ser humano—, decide ser otra cosa. La humillación rompe la espina dorsal de la gente, no puede llegar a quebrar. Todos estos chavales en Estados Unidos que cogen un día un fusil y se dedican a matar a sus compañeros habían sido acosados en el colegio. Esto no es una justificación, porque hay muchísima otra gente que ha sido acosada en la infancia y que se convierte de mayor en gente maravillosa. Irene Vallejo, por ejemplo, ha dicho que fue acosada de niña y mira qué maravilla de mujer. No es una justificación, pero sí que es un dato muy importante de contexto para tener en cuenta: hasta qué punto la humillación, unida seguramente a otras condiciones, puede reventar completamente a un ser humano.

—Clarita no es una heroína, es una superviviente.

—Exacto, ella es una superviviente. Cuando acosas a alguien, esa persona lo interioriza. El acosado lo interioriza y se considera una mierda, peor que un gusano. Al final termina viéndose reflejado en ese desprecio de los ojos que le rodean y termina autodespreciándose. Y eso le pasa también a ella. Al tener que enfrentarse a esta aventura trepidante que le va a tocar vivir, Clarita empieza a reaccionar y cambia su percepción sobre sí misma: se siente una aventurera, una persona valiente y la protagonista del cuento. No es una heroína a lo grande. Clarita experimenta la pequeña heroicidad de vivir cada día, que ya es bastante.

—Esta novela es pura acción, pero sobre todo es un libro con mucho humor.

"El humor es una herramienta especialmente precisa para conocer la realidad"

—Hay mucho humor. También lo hay en prácticamente todas mis novelas, porque creo que el humor es una herramienta especialmente precisa para conocer la realidad. Aunque, efectivamente, este es mi libro más humorístico. Y te diré también que fue un libro complicado de escribir, porque transita por un desfiladero de construcción literaria muy estrecho. Camina entre contrarios: por un lado es una novela muy realista y por otro es una historia muy grotesca. Y no puedes caer a un lado o al otro. Es una novela que habla de cosas tremendas, como las que hemos comentado —la humillación, la forma en la que el poder machaca a los de abajo y la manera en la que la gente que no se adapta a la supuesta normalidad es maltratada—, y también es una obra con mucho humor. Y hay otra cosa que has mencionado: es una novela muy íntima, que habla de un trayecto emocional. Es una aventura existencial tremenda y al mismo tiempo tiene una acción trepidante. Se mueve en unas situaciones de contrarios, y eso hace que la novela sea complicadísima; tienes que ir justo por el medio, no te puedes ir a un lado o al otro. Si no lo hubiera hecho así, habría quedado desequilibrada, habría terminado siendo ridícula.

—La novela se lee casi como un guion cinematográfico. A partir de la mitad del libro se impone la dramaturgia. Es un texto muy teatral. Quizás ayude que se desarrolla en un espacio cerrado en un tiempo muy determinado.

—Todas mis novelas son muy visuales, porque son como los sueños que tengo por la noche. Miguel, ¿tú sueñas en color o en blanco y negro?

—Yo creo que en color. (Reímos)

—Es que hay un 30% de las personas que sueñan en blanco y negro. Yo sueño en color también. Además, tengo unos sueños hipertrepidantes por las noches. Entonces mis novelas salen de esos sueños que tengo con los ojos abiertos. Es un agujero abierto directo, un túnel de comunicación con ese inconsciente. Son todas muy visuales porque se me ocurren a partir de imágenes. Y en relación con lo que comentas, esta novela tiene esa forma de guion porque se desarrolla en sólo dos escenarios: la oficina principalmente, y en menor medida en la casa de Clarita. Si una productora quiere hacer algo con el libro, por lo pronto va a ser muy barato. (Risas) Ya hay gente interesada en hacer cine con ella.

—Cuando leía la novela no podía dejar de pensar en Carmen Machi como Clarita.

—No se me había ocurrido, pero ahora que lo dices, Carmen Machi sería maravillosa, perfecta. Me encanta esa idea.

—Por cierto, esta vez tu novela no nació de un “huevecillo”.

"Clarita me poseyó y fue todo el proceso una maldita fiebre. No sabía si Clarita y yo íbamos a poder salir del embrollo en el que nos estábamos metiendo"

—En realidad es un “huevecillo” de facto. Todos mis libros —llevo cuarenta y siete años publicando— han nacido de una imagen que, como bien sabes, la escribo a mano en un cuadernito. Luego me paso un año —y en ocasiones, como en Historia del Rey Transparente, varios años— desarrollando la novela. No es que escriba la novela a mano, sino que voy desarrollando los personajes, los contenidos, las historias, y al final de esa etapa ya tengo más o menos un guion, y sé que va a haber veintiséis capítulos… Cuando tengo todo eso, me siento a escribir. Puede que la escritura me lleve a otro sitio, y que esos veintiséis capítulos se conviertan en treinta y dos, pero ya sé adónde voy. En el caso de Un día en la vida de Clarita no ha sido así. Esta historia iba a ser parte de un libro francés que estaba compuesto de supuestos primeros capítulos falsos de varios escritores. Cuando me puse con mi capítulo, estaba en casa con fiebre, me encontraba mal. Escribí esas primeras líneas hasta que ella sale de casa, y cuando pongo ese punto y aparte, de repente dije: “Clarita es mía”. Empecé a escribir en tiempo real; no sabía hacia adónde iba, no tenía ni idea. Clarita me poseyó y fue todo el proceso una maldita fiebre. No sabía si Clarita y yo íbamos a poder salir del embrollo en el que nos estábamos metiendo. Me acostaba por las noches, después de haber dejado la novela a mitad, y pensaba: “¿Cómo hacemos?”. ¿Cómo nos las íbamos a apañar para salir del lío en el que nos estábamos metiendo? Eso fue muy fascinante y también muy agobiante; una verdadera aventura.

Clarita te ha hecho escritora brújula.

—Exacto. (Risas) Sí, Clarita me ha hecho escritora brújula por primera vez en mi vida.

—Terminamos. No te pregunto por tus próximos proyectos porque estoy convencido de que tienes muchos. Escribir es tu manera de vivir.

"Quiero morirme muy viva, y para mí vivir es escribir"

—Exacto. Y ojalá dure. Quiero morirme muy viva, y para mí vivir es escribir. Espero que me dure esta pasión, esta posesión de la escritura sobre mí. A veces pienso en mi gran maestra, que era Ursula K. Le Guin, a la que tuve el placer enorme de conocer en persona y terminar siendo amiga suya. Ursula era una tía con una capacidad creativa tan maravillosa, y a los ochenta años dejó de escribir; se murió con ochenta y siete. Y yo le decía: “Pero hombre, Úrsula, intenta ponerte a escribir”, y ella me dijo que no, que se había pasado la posesión. A mí me espanta que me pase eso. Así que espero que este juego siga siendo real y esté vivo para mí hasta el final.

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