Cumplo años antes del verano. Coincide con el Día Mundial del Medioambiente. Para este último, Éric me regaló Cosechadora universal, de John Darnielle. Lo había pillado en Libros Traperos. No sé si me lo dijo o lo deduje yo por el marcapáginas que traía consigo. Sea como sea, el libro me ha cogido de las muñecas y ha tirado de mí hacia el pasado. Ha sido mi Delorean. He vuelto a aquella época de Blockbuster en decadencia. La segunda de entonces. El pirateo estaba en todo su apogeo y los deuvedés estaban de capa caída. Supongo que mis jefes de entonces intentaban exprimir al máximo esos últimos coletazos y encargaban a la distribuidora títulos de veinte en veinte que terminaban perennes en las estanterías o en la caja de ofertas de segunda mano. Eran buenos malos tiempos. Imagino que, como en todas las épocas, había un equilibrio entre lo soportable y lo odioso.
No quería ponerme nostálgico. Pero es que el libro de Éric me lleva una y otra vez a esa época, la del Galaxia en la Circular. En Cosechadora universal, Jeremy, uno de los trabajadores de un Video Hut de un pequeño pueblo de Iowa, empieza a encontrar fragmentos alterados en las películas del videoclub. Alguien ha grabado «cosas» encima. Como una suerte de mensaje críptico con el que se obsesiona y que quiere descifrar. Al principio con cierta apatía e indiferencia. O eso nos quiere hacer creer. Porque no le importa, pero sí lo suficiente como para alterar su rutina y la de aquellos con los que comparte su tiempo de ocio y trabajo. No es el único obsesionado con ello.
Darnielle recrea muy bien la rutina de videoclub; da la impresión de que hubiera trabajado de veras en uno. Yo me he visto en sus páginas: recogiendo las cajas de las cintas del buzón de las devoluciones, corriendo de un lado a otro del mostrador en las horas de mayor afluencia y buscando qué hacer en las horas muertas, llamando a los infractores para recordarles que llevaban días de retraso o tenían una multa sin pagar que les había bloqueado la ficha, recolocando las carátulas en los estantes… Allí también pasaban cosas. Muchas de ellas las registraba Antonio José en una suerte de libreta que acabó desapareciendo. Algunas de esas cosas eran los mensajes ocultos en las carátulas. No lo supimos hasta casi el final. Antes de que yo lo dejara a finales de 2006.
Antonio llegó a ser encargado poco después de marcharme. Cuando yo lo conocí era uno más. Un tipo de ojazos cristalinos al que le gustaba flirtear y quedarse contigo. Era un crack. Con carisma y un don para el trato con el público. «Se los llevaba de calle». Era un tío majo, con cultura y con un humor negro con el que yo me llevaba la mar de bien. Es de las personas que más echo de menos de aquella época. Lo vi por última vez el día de mi boda. Un gran tipo Antonio. Él fue el que empezó a ver que había algo raro entre aquellos dos. Bueno, dos fueron al principio. Al final, cuando los descubrimos, ya eran cerca de una veintena.
Solían dejar notas ocultas en las carátulas azules de los discos que los clientes se llevaban a casa. Las originales siempre se quedaban en el casillero de cajas vacías tras el mostrador o en las estanterías. Todas tenían su código de barras lateral. Era fácil identificarlas si sabías lo que buscabas. Además del número, estaba el título. Antonio se dio cuenta de que destruían las notas una vez se gastaba el mensaje o llegaba al último de los miembros. En algunas carátulas, además del papelito doblado, dejaban cartas. De todo tipo: del Tarot, de la baraja española, de póker, de Magic y Pokémon. Igual podías encontrarte con El Ahorcado o La Muerte que con el As de Oros o el Rey de Picas. Antonio se encontró una vez a Pikachu. Los mensajes no eran fáciles de descifrar. Por eso, cuando empezamos a descubrir las cartas y las notas, no las sustraíamos, sino que las dejábamos dentro para poder rastrear los movimientos de los implicados. Atando cabos, dedujimos que las notas utilizaban un lenguaje secreto inventado en el que el orden de las vocales y las consonantes desvelaban unas coordenadas ocultas a plena vista. La carta servía como pase de entrada al sitio, que además, como pudimos comprobar, era itinerante y variaba para cada ocasión; la nota indicaba dónde. La hora era siempre la misma: a medianoche.
Lo que no vimos entonces fue la marca. Dependiendo de la esquina en la que se encontrara en el papelito y la carta, el invitado corría una suerte u otra. Juez o verdugo. Cazador o presa. Algo así. Nunca llegamos a desvelarlo del todo. Sí que, como decía antes, averiguamos que llegaron a ser unos veinte en una suerte de secta que nos pilló in fraganti y decidió cambiar sus rutinas de contacto antes de que saltara la liebre. No supimos quiénes eran a pesar de que teníamos fichados a todos los que sacaban esos títulos. Al principio sospechábamos de todo el mundo. Incluso creíamos que había alguien infiltrado entre nosotros. Fuimos estrechando el cerco para ponerle nombre y cara a los dos primeros. Los demás entraban dentro de un saco de sospechosos de entre treinta y cuarenta. Ninguno claro. Hasta que dejaron de venir.
El punto de inflexión fue inicio y final de esta historia. Cuando averiguamos el lugar y la hora, enviamos a uno de los nuestros. Jose estaba al tanto de la operación y se apuntaba a todo. Salió un par de horas antes. Recuerdo que le cambié el turno aquel sábado para que pudiera acudir a la cita. Al día siguiente le tocaba por la tarde. No acudió al trabajo ese domingo. Ni el lunes. El jueves, la jefa de entonces nos comunicó que lo iba a echar. Dos semanas después, le dio de baja en la Seguridad Social. Nunca nos cogió el teléfono a ninguno. Oímos que lo habían visto esa noche cerca del Tontódromo y también por la zona de la Merced. Había quienes lo habían visto algún que otro sábado después. Luego oímos que lo habían atrapado. Cuando preguntábamos quién lo había hecho, se encogían de hombros y eludían el tema. Nunca devolvió las llamadas ni regresó al videoclub. Los papelitos y las cartas dejaron de viajar en las carátulas del Galaxia y ya nunca más se supo de esos dos ni de todos los demás. Supimos quienes eran cuando su ausencia los delató. A eso me ha recordado el libro que me regaló Éric por mi cumpleaños. Y no. No tiene nada que ver. Y, al mismo tiempo, tiene que ver todo.


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