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Devolver la voz

Tuve la fortuna de asistir hace unos días a un pase restringido de La voz quebrada, la película que Manuel Menchón estrenará en octubre y que se proyectó la semana pasada en el Festival de San Sebastián. Salí de la pequeña sala de Lavapiés en la que nos la proyectaron con esa sensación cada vez más rara, pero siempre gozosa, que dejan las obras que no terminan cuando desfilan por la pantalla los títulos de crédito, sino que se quedan dentro de uno y lo obligan a rumiar durante horas, quizá a lo largo de varios días. No es fácil levantar una película a base de documentos, ni mucho menos lograr que esos documentos respiren. Menchón lo había conseguido en Palabras para un fin del mundo, su extraordinaria indagación en torno a los últimos meses de Unamuno, y vuelve a hacerlo aquí con un virtuosismo visual que por momentos hace que el espectador se abstraiga de la complejidad de su empeño, el de construir una narración cinematográfica sin traicionar nunca la naturaleza de los materiales que la sostienen y obrando el milagro de que las cartas, las fotografías, los cuadernos, las filmaciones, los expedientes y las voces dejen de ser pruebas depositadas sobre una mesa de disección para cobrar vida propia.

"Sospecho que de eso trata, en el fondo, La voz quebrada; de devolver la vida a alguien que lleva demasiado tiempo convertido en icono"

Sospecho que de eso trata, en el fondo, La voz quebrada; de devolver la vida a alguien que lleva demasiado tiempo convertido en icono. Con Federico García Lorca se han llevado a cabo dos maniobras aparentemente contradictorias que, sin embargo, conducen al mismo punto. Por una parte se lo ha elevado a la categoría de mito, hasta el punto de hacer de su figura algo incorpóreo. Por otra, se lo ha infantilizado: el poeta de la luna, de los dibujos, de los gitanos; una especie de criatura genial y desvalida que habría atravesado la España de los años treinta sin enterarse demasiado de cuanto sucedía a su alrededor. Ambas operaciones terminan por desactivar a la persona. Manuel Menchón hace exactamente lo contrario. Nos devuelve a Federico y, literalmente, nos lo devuelve en movimiento. Hay un instante especialmente conmovedor en el que vemos a Lorca interpretando a la Sombra en el auto sacramental de La vida es sueño, en una de las funciones que representó con La Barraca por los pueblos de España. Duele contemplar esas imágenes cuando uno conoce todo lo que vendrá después y sabe, en consecuencia, que mientras Federico juega a ser penumbra se está cerniendo sobre él una oscuridad mucho más terrible, la de sus últimos días, la de un país a punto de quebrarse, la de quienes pocos años después irán a capturarlo. La filmación la recuperó Menchón del interior de una lata de betún y con ella da uno de los primeros pasos en la consecución de esa meta a la que me he referido y que cualquiera, a estas alturas, podría haber considerado un imposible, la de obligarnos a que dejemos de reparar en García Lorca y nos fijemos principalmente en Federico.

"Lorca fue asesinado por los franquistas en el verano de 1936, y su asesinato tuvo una dimensión política y represiva"

También en el Federico político, porque ―conviene recordarlo precisamente ahora que cierto revisionismo pretende convertir hechos contrastados e históricos en una neblina donde se solapan conceptos y se confunden responsabilidades― Lorca simpatizó con la República, estuvo vinculado a socialistas egregios como Fernando de los Ríos y manifestó públicamente sus posiciones contrarias al fascismo. Nunca fue amigo de José Antonio Primo de Rivera, como sostienen algunas voces ignorantes o malvadas, y exhibió su adhesión al Frente Popular. Un informe de la Jefatura Superior de Policía de Granada, fechado en 1965, reconocía que había sido detenido y «pasado por las armas» a causa de su triple condición de masón, socialista y homosexual. En relación con el primer término de la tríada, el mismo documento advertía de su pertenencia a la logia Alhambra con el nombre simbólico de Homero. La voz quebrada aporta nueva documentación ―quizá no del todo concluyente, pero sí bastante ilustrativa― acerca de ese vínculo. No hace falta adjetivar los hechos porque los hechos hablan solos. Lorca fue asesinado por los franquistas en el verano de 1936, y su asesinato tuvo una dimensión política y represiva que establecen los documentos oficiales de aquel tiempo. Discutir su obra implica un debate legítimo. Interpretar su pensamiento, también. Pero el borrado de las circunstancias de su muerte obedece a intereses innombrables que no están muy alejados de los de aquellos que apretaron el gatillo.

Hay además en la película una asociación especialmente poderosa entre dos hitos históricos, porque Granada aparece como escenario de dos pérdidas separadas entre sí por varios siglos. La conquista de 1492, con la desaparición paulatina de un ecosistema cultural, en un proceso que culminaría con la expulsión de los moriscos, dialoga con el éxodo que siguió a la victoria franquista. Lorca lamentó todo lo que se había perdido con aquella primera amputación, y de no haber sido acribillado en Víznar es más que probable que él mismo formara parte de ese extenso séquito de escritores, científicos, profesores, médicos o maestros que tuvieron que poner tierra de por medio para salvar el pellejo. Menchón no fuerza el paralelismo, simplemente deja que resuene para que sea el espectador quien concluya que una nación puede conquistar un territorio empobreciéndose, y también ganar una guerra que termina por despojarla del futuro.

"Pero el verdadero corazón de La voz quebrada lleva el nombre de Juan Ramírez de Lucas, el último amor de Lorca"

Pero el verdadero corazón de La voz quebrada lleva el nombre de Juan Ramírez de Lucas, el último amor de Lorca. Era muy joven y Federico lo llamaba «el rubio de Albacete». Ambos planearon un viaje a México que les permitiera llevar allí una vida en común que aquí tenían que esconder, pero no llegaron a consumarlo. Lorca se fue a Granada y poco después se sublevaron los militares de Marruecos. Luego a Federico lo mataron y Juan se quedó viviendo, lo que paradójicamente supuso para él una forma de condena. Su mirada vertebra la película, porque Ramírez de Lucas guardó durante toda su vida cuadernos, recuerdos, dibujos y cartas, también un poema inédito que Lorca le había dedicado. En sus memorias escribió que su dolor había sido exclusivamente suyo, sin posibilidad de consuelo ante aquella «densa maraña de prejuicios y tabús» que pesaba sobre la sociedad española. Hay algo devastador en su historia porque nos hace ensanchar el significado de la palabra víctima. A Lorca lo mataron, pero a Ramírez de Lucas le dejaron una vida entera para lamentar su pérdida. Fue también víctima de una dictadura que además de perseguir cuerpos e ideas imponía silencios, y su condena tuvo una perversidad añadida, porque ni siquiera podía presentarse ante los demás como alguien que había perdido al hombre que amaba. Esa pena negra atravesó su biografía durante más de setenta años.

Todo este material podía haber engendrado una película solemne, enfática, incluso discursiva, pero Menchón sabe evitar cada una de esas trampas. Confía en los documentos, en las imágenes y en el montaje; investiga con el rigor de un historiador y cuenta con el pulso de un cineasta. Posee, además, una virtud que no es demasiado frecuente. Me refiero a la valentía que ya demostró en su pesquisa unamuniana y que vuelve a exhibir ahora. Valentía para inmiscuirse en territorios donde aún quedan ciertos intereses empeñados en administrar el pasado. Valentía para llamar a las cosas por su nombre. Valentía para entender que la memoria no consiste en sustituir una propaganda por otra, sino en buscar pruebas, confrontarlas y dejar que hablen. A eso se dedica La voz quebrada, y por eso al verla descubrimos que la voz que se quebró no fue únicamente la de Lorca; fue también la de Juan, la de los exiliados; la de quienes tuvieron que esconder quiénes eran, callarse qué pensaban, omitir los nombres de las personas a las que amaban. Y por todas esas personas Manuel Menchón hace algo mucho más valioso que inscribir sus nombres en una placa o erigirles un monumento. Les devuelve su voz.

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