Ocurrió el año pasado, en pleno día de Nochebuena. Estaba tomando un café en una cafetería de Gijón para hacer tiempo hasta que me tocara el turno en la barbería cuando entró en mi móvil un mensaje de José María Pérez Álvarez, mi querido Chesi. Lo abrí en un rapto de jovialidad —siempre es grato recibir noticias de los amigos, y hacía varios meses que no las tenía suyas— que se impregnó de tristeza cuando accedí al texto y vi que quien lo escribía era su hija Beatriz y que me informaba en él del fallecimiento de su padre. Ella misma se ha encargado de enviarme hace unas semanas un librito publicado por la Diputación de Ourense en el que varias voces se unen para glosar la vida y la obra de quien fue, o es, uno de los escritores más interesantes que ha dado la literatura española en las últimas décadas. Colabora en la publicación Sergio Gaspar, que fue su editor en la extinta y recordada DVD Ediciones, y me hace gracia que tanto él como Gonzalo Hidalgo Bayal, quien también firma en esas páginas, reconozcan que no son capaces de recordar en qué momento entablaron contacto con Chesi. Tampoco yo estoy muy seguro de cómo empezamos a hablar, pero sí sé que el primer libro suyo que leí fue Nembrot, después de que el propio Sergio me recomendara que le echara el ojo —a decir verdad, casi me lo exigió, y a Sergio conviene hacerle caso en casi todo, pero principalmente en lo que atañe a aquello que se debe leer y lo que no— y que después vino La soledad de las vocales, que llegó a las librerías amparada por los galones del premio Bruguera, y que en adelante, y salvo despiste imperdonable por mi parte, no dejé pasar nada de lo que fue dando a imprenta.
También recuerdo que nos conocimos en Ourense, la ciudad donde vivía, allá por 2016. Fui a la ciudad porque mi amigo Fran Gayo, que también nos abandonó antes de tiempo, se estrenaba aquel año como director del festival de cine y un puñado de compadres quisimos ir a arroparlo en su debut. Me cité con Chesi a las puertas de mi hotel y me llevó a tomar un café a la terraza del Latino, uno de esos establecimientos señeros que logran sobrevivir para recordar que hubo un tiempo en el que los centros de las ciudades no estaban invadidos por franquicias. Creo que no tardamos ni cinco minutos en constatar que congeniábamos. Nos unían unas cuantas querencias y también alguna que otra fobia. Compartíamos la devoción incondicional por Álvaro Cunqueiro y una afición no siempre confesable a merodear por cementerios —fue él quien me recomendó encarecidamente que visitara el de San Francisco, y lo hice a la mañana siguiente—, y también esa sorna norteña que no siempre se entiende en la meseta, pero que resulta una herramienta imprescindible si uno pretende reconocer a sus iguales.
José María, o Pérez Álvarez, o Chesi, era un escritor descomunal que nunca llegó a tener el número de lectores que merecía su talento. No lo quisieron las grandes editoriales ni obtuvieron sus publicaciones demasiado eco en los periódicos. Y sin embargo, cada uno de sus libros constituía una lección magistral de lo que se entiende o se debería entender por literatura. He mencionado los dos principales —es decir, los que obtuvieron cierta resonancia—, pero podría detenerme en la fruición con que leí Examen final, en lo mucho que disfruté sus Predicciones catastróficas, en el embelesamiento agradecido con que fui entrando en las historias de Los años borrosos en una noche de verano, a la sombra de un convento. Era la suya una forma de narrar tan morosa como exacta y se anudaban en sus párrafos la brutalidad y la ternura, el humor y la rabia, lo grotesco y lo sublime. Una propuesta radical, en el sentido de que no se permitía la tentación de caer en concesiones, que supo apreciar Juan Goytisolo y le granjeó el aprecio de unos cuantos adeptos que, dispersos aquí y allá, íbamos tomando el pulso a sus novelas.
Nos vimos una vez más —también en Ourense, al año siguiente—, en la que tuvo la gentileza de presentar una de mis novelas. No estoy seguro de que volviésemos a coincidir, aunque sí fuimos manteniendo conversaciones frecuentes a lo largo del tiempo, unas veces por correo, otras por teléfono y muy a menudo a través de mensajes cruzados en una red social durante una época en la que ambos la frecuentamos bastante. Leerlo era un gozo, pero charlar con él no lo era menos, porque tenía una conservación tan locuaz como inagotable. Bendecido con el don de la generosidad, que no es otra cosa que el sumatorio de la inteligencia y la bondad —no hay más que ver la elegancia y el donaire con que solventó cierto asunto que tuvo con Bryce Echenique—, estaba siempre dispuesto a escuchar a los amigos y, lo que tiene más mérito, a leer lo que mejor o peor íbamos sacando a la calle. Dice Alfonso Armada que cuando Chesi posaba para las fotos se le plantaba en la cara la sombra del niño que había sido. Ahora que tengo una imagen suya a mano mientras escribo estas líneas, puedo comprobar que es cierto que hay algo infantil en su media sonrisa, en la timidez que parece asomar en su mirada tras las gafas, en el cuidado con el que sujeta entre sus brazos un libro inmenso cuyo título no alcanzo a discernir. Quizá él no fuese, en el fondo, ni más ni menos que un niño que jugaba a escribir, y todos sabemos que para los niños los juegos son la cosa más seria que hay en el mundo. Las espléndidas narraciones que dejó a sus espaldas así lo atestiguan. Ojalá encuentren cauces para seguir volando y voces que las sigan defendiendo. Su autor lo merece. La literatura también.


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