Javier Serena (Pamplona, 1982) publica su cuarta novela, Papeles de verano, cuyo tiempo narrativo se centra en los meses de julio y agosto de 2006. El nombre de pila, la edad cuando ocurren los hechos y la ciudad de procedencia del protagonista, que ahora se encuentra en Madrid, coinciden con los del autor. Resulta, por tanto, plausible que esté ficcionalizando un pasaje biográfico.
Javier ha viajado a Praga para iniciar su incipiente vocación de novelista, que es su proyecto personal más deseado; sin embargo, una vez de regreso a España, no puede superar un atasco creativo, lo que lo convierte en objeto de algunas burlas. Comparte piso con unos extraños compañeros muy molestos con los que es imposible entablar una relación cordial. En cuanto a su familia, está ausente: Javier no se atreve a volver a su ciudad natal y asumir su derrota. Acrecienta su soledad que su grupo de amigos más cercano se disgrega, interesado cada uno en su propio camino. Los dos meses de verano los pasa ocupado por un trabajo indeseado en una oscura oficina cuyo objetivos no son muy precisos y que no le ofrece el menor aliciente, incluso se vuelve temible: «sorprendí una imagen que me deprimió: a la mujer relegada al pasillo aplicada a su juego de Tetris […]. Fue tan grande mi temor a parecerme a ella por el contagio de su cercanía, que enseguida reaccioné». En un tiempo tan incierto como vacío de emociones, inicia una relación con una joven caprichosa que lo utiliza descaradamente para una suerte de juegos eróticos con los que celar a un voyeur que la vigila: «para ella mis visitas le permitían situarse al borde de algunos riesgos con los que trataba de encontrar alguna diversión aquel verano». Una joven que cancela las citas inopinadamente y siempre tiene algo mejor que hacer para no verse con él.
Javier Serena nos ofrece una panorámica del desconcierto y la dureza de los veinticuatro años, tiempo en que el periodo de la formación ha pasado y las decisiones no terminan de resultar satisfactorias; de sus amigos y él mismo, declara: «no teníamos un ajuste fácil con la realidad»; son unas vidas que luchan contra «la soledad o el desamparo» y sufren «encogimientos de tristeza», dada la precariedad afectiva, laboral y la incertidumbre vital en esa «primera frontera de la vida».
En ese contexto común, Fran, un artista plástico, que ha perdido trágicamente a su amor, se desliza por una pendiente de dolor que alerta a Javier y a Federico, quienes procuran ayudarlo. Sin embargo, donde esperaríamos conversaciones sinceras entre ellos en que se desvelaran los sentimientos ocultos y las causas últimas de ese padecimiento, y donde se tomaran iniciativas para afrontarlo, en lugar de todo ello, encontramos dilaciones, falta de compromiso, incomunicación. «Vino a Madrid […] solo para compartir unos días con quienes entonces éramos sus confidentes más cercanos. // En esta ocasión, exigió dormir en mi casa, sin que yo pudiera excusarme de nuevo»; «pero su voz resultó tan intimidante, que a mí me invadió un agobio inmediato, y guardé un silencio pasmado»; «ni Federico ni yo supimos decir nada ante el aviso, y su amenaza [de Fran de suicidarse] flotó en el aire unos segundos, el tiempo que alguno de los dos tardó en sortear la incomodidad del silencio comentando las curiosidades del mobiliario». En definitiva, faltas de intervención en el problema de su amigo, ya que solo existe una prioridad: «mi dificultad para asimilarme a ningún otro itinerario que no fuese estrictamente el mío».
Lola López Mondéjar, psicoanalista y escritora, autora de una dupla de ensayos excelentes: Invulnerables e invertebrados: Mutaciones antropológicas del sujeto contemporáneo (2022) y Sin relato: Atrofia de la capacidad narrativa y crisis de la subjetividad (2024, Premio Anagrama de ensayo) dan cuenta de una generación de jóvenes a los que trata en su gabinete donde se muestra la desorientación vital, la incapacidad de narrar su propia historia, la frialdad en las relaciones, el uso del otro para la satisfacción de uno mismo, el miedo al compromiso, las dificultades para la comunicación y la ausencia de una vida interior. Un inteligente recurso empleado por Javier Serena en su novela, para mostrar la distancia real existente aun entre los cercanos, es la sustitución de diálogos por meras frases en estilo directo que el interlocutor en cada caso nunca recoge. Creo que buena parte del interés de esta obra, poseedora de un lenguaje muy depurado y una construcción cuidadosa, reside en su elocuente capacidad para representarnos este paisaje humano, tan real, tejido de desinterés, de egoísmo apenas disimulado, de cansancio, de desorientación, miedos, intenciones frustradas y pasiones frías.
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Autor: Javier Serena. Título: Papeles de un verano. Editorial: Almadía. Venta: Todos tus libros.


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