A veces nos preguntamos si una integración cultural total es realmente posible. Queremos pensar que sí, que en el fondo todos somos iguales y nuestra condición humana está por encima de la cultura del azaroso lugar en donde nos ha tocado nacer. Pero la realidad nos deja la amarga sensación de enfrentarnos a un eterno dilema, imposible de resolver. La película Fjord lo pone de manifiesto y nos ofrece incómodas reflexiones, tan antiguas como actuales.
Para mostrar los fallos de un sistema orgulloso de su tolerancia, el filme utiliza estereotipos que rozan la caricatura: una sociedad noruega demasiado abierta se contrapone a una familia demasiado tradicional. A pesar de las evidentes exageraciones, la tensión creada funciona. La cadena de malentendidos empieza con la lengua. Los servicios sociales someten a los niños a un interrogatorio sugestivo en inglés, pues todavía no dominan el noruego, y acaban reconociendo que sus padres les han dado en alguna ocasión un cachete como castigo. Ahí empieza el drama judicial, ya que en Noruega, como en España, todo castigo corporal a menores, sea cual sea, es un delito. No es así en Rumanía, donde, como en tantos otros países, dar un cachete a un niño no está mal visto. La brecha cultural se abre aún más por el fervor religioso de la familia, que destaca en una sociedad mayoritariamente laica y la pone en el punto de mira de un pequeño pueblo. Algo que habría resultado anecdótico en el caso de una familia local, se convierte en una gran polémica que se ensaña con quien es diferente.
La película muestra el lado oscuro de una sociedad democrática abierta, que impone lo que piensa que es correcto, algo que recuerda más a los abusos de una dictadura. Y es que no estamos hablando de graves malos tratos, merecedores de una sanción estricta, sino de un caso leve que pone en entredicho ciertos principios. ¿Tenemos derecho a censurar la ideología de alguien sólo porque no estemos de acuerdo con ella? ¿Dónde queda la libertad de pensamiento y religión? Por eso la película es tan incómoda. Aunque no compartamos la ideología de la familia protagonista, el director consigue que nos pongamos de su lado y cuestionemos nuestros valores. En una entrevista en la radio pública francesa, Cristian Mungiu reconoció que quería mostrar cómo el actual auge de la extrema derecha y del odio a la inmigración podría tener su origen en políticas excesivamente progresistas. La polémica está servida y nos lleva a un debate farragoso con todo tipo de interpretaciones.
El caso es que la cinta, que se puede ver en las salas francesas y no llegará a las españolas hasta enero, me tocó la fibra sensible, pues vivo en Francia desde hace diecisiete años, mi mujer es rumana y logramos congeniar nuestras tres culturas (la francesa, la española y la rumana) con relativa facilidad, poniendo énfasis en las cosas que nos unen. Por eso sigo sin quitarme el amargo sabor de boca que me dejó Fjord. Porque, aunque en mi casa intente construir el mundo ideal en donde me gustaría vivir, me doy cuenta de que no existen reglas universales: lo que se aplica en mi caso no es válido para otros y sería un error imponerlo por la fuerza.
Todo esto me recuerda a un curioso guiño que no se me escapó, pues sabemos que en una película no existe el azar y cuanto aparece en cada fotograma tiene una razón de ser. En una escena de Fjord se puede distinguir fácilmente, en una pila de libros, un curioso ejemplar: 1984, del clarividente George Orwell. No pude evitar acordarme del Gran Hermano, que parece haberse infiltrado en la casa de la familia protagonista para censurar e imponer su visión de lo políticamente correcto. Pensé en cómo aquella novela se adelantó a nuestro tiempo. O tal vez no, pues no olvidemos que en 1948, cuando se escribió la novela, ya se conocían las nefastas consecuencias del comunismo ruso o del nazismo. Como dijo Umberto Eco en un lúcido prólogo, George Orwell, convencido socialista, quiso alertar del lado negativo de la imposición de toda ideología. Tal y como hace un único partido político, que controla el relato, modifica noticias a su antojo, crea una verdad a su medida y fomenta el odio hacia los extranjeros y hacia quienes piensan distinto para mantener a la población bajo control. El parecido con el tiempo en que vivimos es apabullante. Es inevitable preguntarnos por qué no hemos aprendido del pasado o de la advertencia de Orwell.
Aunque suene utópico, sólo nos queda escapar de la tiranía de la pantalla, de la manipulación de quienes fantasean con el poder, o ya lo tienen, y son capaces de cualquier cosa para conservarlo. Levantemos la cabeza, mirémonos a los ojos y aceptémonos con nuestras diferencias, conscientes de que necesitamos un mundo humanista y tolerante para vivir en paz y sin enfrentamientos.


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