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Si Dumas levantara la cabeza

Si Dumas levantara la cabeza

Hay momentos de lucidez en los que todo encaja. Las piezas del rompecabezas de la vida parecen llamarse las unas a las otras, todo fluye y tiene sentido. La sensación puede durar unos instantes, días o incluso meses. Nos preguntamos entonces si la esquiva realidad nos ha ofrecido una tregua o si es nuestra mirada sobre ella la que ha cambiado para dar un sentido a lo que antes no lo tenía.

Algo así experimenté el año pasado, en los frenéticos meses que precedieron el final de mi tesis doctoral. Cómo construir un secreto: Influencia de la literatura de Dumas en la arquitectura es el título de la disertación que ha ocupado buena parte de mi tiempo en los últimos cinco años y que me ha alejado de este humilde blog, que ahora retomo, en un mes de septiembre, cuando se reemprenden tantas cosas. Quien le interese el tema encontrará por aquí unos cuantos artículos que escribí mientras investigaba sobre la manera en que Alejandro Dumas sacaba partido de una disciplina que, a su vez, había aprendido de su particular forma de ver el espacio (Arquitectura y literatura (I); Arquitectura y literatura (II): El Castillo de If; Arquitectura y literatura (III): Una tesis doctoral; Arquitectura y literatura (IV): El palacete de los Villefort; El Castillo de Montecristo. La celebración de la vida de Alejandro Dumas; En casa de Montecristo, radiografía de una venganza; Montecristo y su casa en Auteuil).

"En lo que a mi investigación respecta, el estupendo palacete de Montecristo que muestra el filme contrasta con la casa que describe Dumas, pero lo salvan numerosos guiños al espacio dumasiano"

Al mismo tiempo que cerraba mi tesis, veía cómo el universo conspiraba en mi favor, cual Paulo Coelho, y asistía a un curioso auge del universo dumasiano, que cobraba más importancia que nunca. En Francia se lanzaron a rehabilitar al creador de héroes fundamentales de su literatura. En el cine aparecieron nuevas adaptaciones de Los tres mosqueteros, con dos partes, D’Artagnan y Milady, que pasaron con más pena que gloria, seamos sinceros. Si bien la adaptación de la historia original era necesaria para el formato cinematográfico, como ya se había hecho en muchas ocasiones, uno se pregunta si era necesario trastocar de tal modo unos personajes tan queridos como Athos y Porthos. Sin hablar de la difícilmente digerible segunda parte, Milady, en la que cualquier parecido con el texto de Dumas es pura coincidencia. Como si la forma actual de consumir ficción fuera la excusa suficiente para justificar cualquier despropósito.

Mejor suerte corrió la última adaptación del El conde de Montecristo. Aunque muchas tramas son alteradas, como es inevitable con tan inmensa novela, se puede decir que la película es fiel al espíritu del texto y se deja ver con placer. Tenemos que perdonar que hayan introducido nuevos personajes y cambiado el final (eso duele un poco más). En lo que a mi investigación respecta, el estupendo palacete de Montecristo que muestra el filme contrasta con la casa que describe Dumas, pero lo salvan numerosos guiños al espacio dumasiano: un conjunto mecanizado al servicio de quien lo ocupa, como el cambiante decorado de una obra de teatro, lleno de elementos móviles e ingeniosos mecanismos.

"Los pódcast recurrían a viejos audios y mucha hemeroteca, acusando los defectos de este tipo de producciones, hechas a medida del frenético ritmo del tiempo actual"

En el terreno de la novela, el año pasado nos regaló un curioso descubrimiento, que ganó el premio Renaudot 2025: Je voulais vivre. Con este osado libro, Adélaïde de Clermont-Tonnerre rehabilita la figura de Milady de Winter, la femme fatale por excelencia, retratando su vida desde su infancia hasta su muerte, para mostrar que su maldad no era innata, sino el resultado de la manera en que la sociedad patriarcal la había tratado. Consecuencia de sus desventuras, su carácter indomable se transformó en la insaciable sed de venganza que todos conocemos. La autora afronta con soltura el reto de continuar la historia de una las malvadas más emblemáticas de la literatura y rellenar las elipsis que deja Dumas, eso sí, a través de una visión propia de la sociedad en que vivimos. Todavía no se ha editado en España y quien quiera leerla tendrá que hacerlo en francés, pero ahí queda la idea para alguna editorial con perspectiva.

Cambiando de formato, la radio pública francesa dedicó a Dumas todo un verano en 2025. Con la serie de podcast Un été avec Alexandre Dumas recurrían, además, a un formato propio del folletín. Cinco minutos al día que, a la hora del desayuno y de lunes a viernes, desmenuzaban la intensa y poco conocida biografía del escritor. El contenido lo debemos al académico francés Jean-Christophe Rufin y ha sido llevado al papel gracias al libro homónimo Un été avec Alexandre Dumas. Los pódcast recurrían a viejos audios y mucha hemeroteca, acusando los defectos de este tipo de producciones, hechas a medida del frenético ritmo del tiempo actual. Y es que un formato tan corto obligaba a pasar de puntillas por muchos asuntos, ofreciendo un punto de vista parcial y, a veces, poco fiel a la realidad.

"A veces me pregunto qué pensaría Dumas de todo esto. De lo mucho que ha dado que hablar su inmensa e intemporal obra, que seguirá dando lugar a nuevas interpretaciones y traspasando épocas con envidiable buena forma"

Como empujado por la necesidad de aportar algo a esta revalorización colectiva de la figura de Dumas, incluso el diario Le Monde se hizo eco con una publicación especial, dentro de su colección de números llamados hors-série, une vie, une œuvre. Bajo el título Alexandre Dumas, de la plume à l’épée, la publicación se acerca al autor francés a través de una selección de sus textos, pero también desde el punto de vista de firmas célebres, como Théophile Gauthier, Victor Hugo, Robert Louis Stevenson o Umberto Eco. Este último relata su fracasado intento de hacer una traducción “consensada” de El conde de Montecristo al italiano, lo que le llevó a reconocer que se trataba de “una de las novelas más apasionantes jamás escritas”, a pesar de sus defectos formales.

Incluso a España llegó esa nostalgia dumasiana. El año pasado vimos cómo nuestro querido capitán Alatriste coincidía con los mismísimos mosqueteros en Misión en París, dándonos la oportunidad de volver a ver en acción a los célebres espadachines, en los ya míticos escenarios de París y La Rochela. Incluso tuvimos el placer de leer una curiosa conversación entre Alejandro Dumas y el capitán Alatriste, recogida en la reedición de Los tres mosqueteros de Zenda-Edhasa.

A veces me pregunto qué pensaría Dumas de todo esto. De lo mucho que ha dado que hablar su inmensa e intemporal obra, que seguirá dando lugar a nuevas interpretaciones y traspasando épocas con envidiable buena forma. Qué diría si levantara la cabeza. Seguro que se divertiría, haciendo gala de su carácter despreocupado, al ver que las piezas del rompecabezas que un día creó se han ido recomponiéndose, encontrando nuevas posiciones y, para su sorpresa, encajando de nuevo. Si todavía tuviera su magnífico château de Monte-Cristo, nos invitaría a todos a una gran cena. Aunque no pudiera asumir los costes, se endeudaría para ello, como ya hizo en otras ocasiones. Se pasaría entre las mesas para comentar cómo hemos interpretado su obra. Alzaríamos nuestras copas en su honor, chocándolas para celebrar que el torrente de vida y creatividad que le atravesó durante su existencia sigue fluyendo, con más fuerza que nunca. Y nos observaría, satisfecho, pensando en cómo su obra seguirá dando de qué hablar en el futuro. Salud.

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