Hay ciertas rutinas que nos conectan con lo que realmente somos y nos hacen sentir bien, aunque puedan parecer meros actos repetitivos y las subestimemos. En mi caso, cada vez que voy a España tengo la costumbre de comprar libros en mi lengua materna. Esos que cuesta encontrar en Francia. Viajo con una maleta medio vacía, que lleno con cuantos ejemplares puedo.
Antes de llenar la maleta, dejaba el resultado de mi cacería sobre una mesa, para que ella le echara un vistazo. Ella era una gran lectora, pero siempre de las mismas temáticas, y a veces viene bien refrescar las ideas, leer un poco de algo que, en un principio, no habría elegido por sí misma. Una vez, antes de cerrar la maleta, me di cuenta de que faltaba un libro. Se trataba de El puente donde habitan las mariposas: Biosofía de la respiración, de Nazareth Castellanos, una lúcida neurocientífica cuyas investigaciones demuestran cómo el funcionamiento del cerebro está íntimamente ligado a la respiración y al resto del organismo. Cómo a través de la respiración se puede transformar el cerebro, gracias a la plasticidad neuronal, y mejorar nuestra salud mental. Fue una recomendación del estupendo programa de radio Tras la tormenta, de RNE, cuyos pódcast sigo religiosamente.
Encontré el libro entre sus manos, mientras leía, absorta, junto a la ventana. Le expliqué que debía irme y que se lo prestaría cuando lo hubiera leído, pues llevaba mucho tiempo esperando poder leerlo. Entonces me dijo que estaba equivocado, que fue ella quien fue a buscarlo a la librería porque tenía muchas ganas de leerlo. Se acordaba perfectamente y me miró extrañada, como si me hubiera inventado aquella historia para llevarme el libro. Insistí una última vez antes de asumir la realidad. Le dije que acababa de acordarme, que ella tenía razón y ya cogería el libro en otra ocasión.
En mis siguientes visitas continué con mi habitual rutina, pero dejé de enseñarle el botín que me llevaba. Porque ella seguía teniendo el mismo libro entre las manos y quería terminarlo. Leía unas cuantas frases, subrayaba de vez en cuando, apuntaba algo y lo dejaba sobre la mesa. La misma mesa, frente a la televisión, donde come y cena. A medida que perdía destreza, a veces se le escapaba el contenido de un vaso sobre el libro y las páginas se arrugaban, como silenciosos testigos del paso del tiempo. Cuando hablábamos por teléfono, le preguntaba por el libro y ella decía que avanzaba lentamente, porque era tan bonito que debía pararse y reflexionar tras cada párrafo, para comprender e interiorizar lo que contenía. Cuando se angustiaba y su cabeza se convertía en un lugar hostil del que era imposible salir, le aconsejaba que cogiera el libro y leyera. Porque sabía que eso la calmaría.
En mi última visita, el libro ya no estaba sobre la mesa. Le pregunté si lo había terminado y me dijo que sí, pero cuando lo encontré, vi que las últimas páginas estaban intactas, a diferencia de las arrugadas y subrayadas hojas anteriores. Así fue como me di cuenta de que ella ya no era capaz de leer. La concentración que requiere la lectura suponía demasiado esfuerzo para su enfermo cerebro.
Ella es mi madre y tiene demencia, ese tornado que, una vez dentro de la cabeza, no para de girar, cada vez con más violencia, hasta que arrasa con todo. Durante un tiempo los libros, que tanto le habían acompañado durante toda su vida, le sirvieron de alivio. Me pareció curioso que el de Nazareth Castellanos, que indaga precisamente en el funcionamiento del cerebro, le sirviera para serenar ese órgano fundamental. El poético título, que tanto la reconfortaba cada vez que lo leía, hace referencia a la forma en que el genial Santiago Ramón y Cajal denominaba a las neuronas piramidales, “mariposas del alma”, sobrecogido por su belleza al microscopio.
No sé exactamente lo que retuvo de aquella lectura. Sólo sé que releía las frases que subrayaba, las sacaba de contexto y las interpretaba a su manera, añadiéndolas a ese tornado que mezclaba recuerdos antiguos, suposiciones, imágenes vistas en la televisión y hasta alucinaciones. Tal vez ayudaba a que las mariposas siguieran batiendo sus alas con fuerza. Ahora el tornado gira a tal velocidad que sólo crea angustia y desasosiego. Aunque la lectura ya no le sirva de consuelo, nos ayuda a quienes la acompañamos y sufrimos los estragos del tiempo. La rutina de entrar en una librería y tachar los títulos de una lista hecha con ilusión se convierte en un acto de supervivencia. En la mejor manera de crear un refugio sólido, capaz de protegernos lo suficiente para que el tornado no nos lleve por delante.


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