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El conflicto no es abuso, de Sarah Schulman

El conflicto no es abuso, de Sarah Schulman

Este libro analiza cuestiones contemporáneas e históricas relacionadas con las diferencias personales, raciales y geopolíticas como instrumentos de escalada hacia la injusticia, la exclusión y el castigo, ya sea que los objetos de la deshumanización sean otras personas de nuestras familias o comunidades, personas con VIH, afroamericanos o palestinos.

En Zenda reproducimos el arranque de El conflicto no es abuso (Capitán Swing), de Sarah Schulman.

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Introducción

Un manifiesto de la reparación

«No todo lo que se enfrenta se puede cambiar;
pero nada puede ser cambiado hasta que no se enfrenta».

James Baldwin

Mientras comenzaba este libro, durante el verano de 2014, la comunidad humana atestiguó, con agotamiento y frustración, la repetición sistemática de la crueldad injustificada. Vimos policías blancos en Ferguson (Misuri) y Staten Island (Nueva York) asesinar a dos hombres negros desarmados, Michael Brown y Eric Garner. Vimos a un jugador profesional de fútbol americano rico y poderoso, Ray Rice, golpear en un ascensor a su esposa, Janay, hasta dejarla inconsciente. Vimos al Gobierno israelí asesinar en masa a más de dos mil civiles palestinos en Gaza. De inmediato resultó evidente que los métodos que hemos desarrollado colectivamente hasta la fecha para comprender este tipo de acciones a fin de evitarlas no son adecuados.

Como novelista, para crear personajes que tengan credibilidad aplico el principio de que las personas hacen las cosas por determinadas razones, incluso si no son conscientes de esas razones o si no pueden aceptar que sus acciones tienen una motivación, en lugar de ser neutrales y objetivas. Al aplicar este principio al análisis de los sucesos citados, tengo que preguntarme qué creen los policías blancos, el jugador de fútbol rico y el Estado-nación militarizado que está ocurriendo para que puedan producirse y justificarse sus brutales acciones. Como atestiguan el vídeo y los relatos de los testigos, ni Michael Brown ni Eric Garner hicieron nada que justificara la forma en que fueron tratados por la policía. Eric Garner vendía cigarrillos sueltos y Michael Brown caminaba por la calle. Ambos intentaron ofrecer a la policía alternativas a la crueldad. Eric Garner informó a los agentes de las consecuencias de sus acciones sobre él, cuando les dijo once veces, mientras lo estrangulaban ilegalmente: «No puedo respirar». Michael Brown levantó las manos en señal de rendición y dijo: «No disparen». Pero algo ocurrió dentro de las mentes, los impulsos y las identidades grupales de los policías blancos para que interpretaran ese no acontecimiento original, combinado con comunicaciones fácticas y pacificadoras, como una especie de amenaza o ataque. En otras palabras, estos policías observaron la nada misma, la completa ausencia de amenaza, y vieron un peligro lo suficientemente grave como para justificar el asesinato. No pasó nada, pero esta gente con poder vio una agresión.

Sabemos, por las imágenes de las cámaras de seguridad tomadas en el vestíbulo de un casino y en un ascensor, que el corredor de los Baltimore Ravens, Ray Rice, y su esposa estaban discutiendo. Por mucho que no nos gusten las peleas con nuestras parejas y deseemos que no sucedan, el desacuerdo con la persona a la que amamos es una parte común de la experiencia humana. Es imposible vivir sin que ocurra alguna vez. El desacuerdo íntimo es, como dicen, parte de la vida. Sin embargo, Ray Rice experimentó ese conflicto normal y cotidiano que se da en toda relación, familia y hogar del mundo como algo tan abrumadoramente insoportable y amenazante que golpeó a su esposa hasta dejarla inconsciente, arrastró su cuerpo exánime por los tobillos fuera del ascensor y la dejó tirada en un pasillo. Observó un conflicto común y cotidiano, y respondió con extrema crueldad. Observó la expresión corriente, incluso banal, de la diferencia y vio en ella una amenaza.

El Gobierno israelí mantiene asediada la Franja de Gaza palestina desde 2005. Esto ha convertido la vida cotidiana de sus habitantes en algo insoportable. Hacia finales de la primavera del año 2014, el Gobierno de Benjamin Netanyahu intensificó la presión sobre los palestinos, que ya llevaban tiempo sufriendo, y algunas facciones dentro de Gaza respondieron con cohetes de tan mala calidad que apenas tuvieron un impacto simbólico. El Gobierno israelí reaccionó a su vez a esta respuesta con más de dos días de bombardeos aéreos e invasiones terrestres que causaron muertes masivas y la destrucción a gran escala de su infraestructura cultural y psicológica. Los habitantes de Gaza estaban reaccionando a un estado de injusticia que habían creado los israelíes: estaban resistiendo. Se negaban a aceptar un trato insoportable e injustificable. Los israelíes experimentaron esta resistencia al trato injusto en curso como un ataque.

Brown y Garner no hicieron absolutamente nada más que ser negros. Janay Rice expresó un conflicto común y corriente. Los habitantes de Gaza opusieron resistencia a un trato insoportable. En todos estos casos, la policía, el esposo y la nación sobredimensionaron el daño. Tomaron la nada, el conflicto común y la resistencia, y tergiversaron estas posturas razonables de diferencia como violencia. Desde la intimidad de una relación entre dos personas hasta la aplastante realidad de la ocupación, pasando por el poder de la policía, estos actores desplegaron una interpretación distorsionada en la que comportamientos justificables se entendieron como agresiones. De este modo, reaccionaron de forma desproporcionada a un nivel que produjo tragedia, dolor y división. Es ese momento de reacción desproporcionada el que quiero examinar en este libro. Mi tesis es que en muchos niveles de la interacción humana existe la posibilidad de confundir la incomodidad con la amenaza, de identificar la ansiedad interna como un peligro exterior y, a su vez, de escalar en lugar de resolver. Mostraré cómo esta dinámica, ya sea entre dos individuos, entre grupos de personas, entre Gobiernos y civiles o entre naciones, es una oportunidad fundamental para la tragedia o la paz. El conocimiento consciente de estos mecanismos políticos y emocionales nos brinda la posibilidad de enfrentarnos a nosotros mismos, de lograr el reconocimiento y la comprensión para evitar una escalada hacia un dolor innecesario.

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Autora: Sarah Schulman. Título: El conflicto no es abuso. Traducción: Nicolas Cuello y Diego del Valle Ríos. Editorial: Capitán Swing. Venta: Todos tus libros.

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