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Lo que uno no tiene

Es común hablar de la voz del poeta. Si algo nos resulta fácil de entender en la poesía es que, en general, el poeta es quien habla. Más complicado es distinguir a quién le habla esa voz. ¿Quién es el sujeto escuchante de los poemas? ¿Quién es esa entidad a la que el yo lírico dirige el mensaje dentro del poema? Creo que todos los poetas tienen una lista íntima, secreta, de dos o tres personas para las que escriben el poema. Es una lista que puede variar en cada poema. A veces la componen un antiguo amor, otro poeta que le citó, su mentor. Otras veces una mujer deseada, la editora, el crítico de la última reseña. Otra su escritor favorito, su madre, la chica de aquella firma de libros, el librero del barrio. A veces son tres personas, dos, cuatro o una sola pero siempre. Siempre, siempre hay una lista.

En los casos de poemarios enmarcados en el amor romántico (y más cuando es desamor) parece claro que el oyente lírico es ella, pero seguro que en la lista hay alguien más, quizás los amigos que asistieron al romance, los hijos que no tuvieron o el propio autor en el pasado.

"La mayor parte de los poemas y de los poemarios de amor y de desamor están plagados de errores y de mentiras. Supongo que Emilio José Serrano nos dirá que no todos"

En este rango cae Monólogo con una difunta (La Fea Burguesía, 2026), en el que el poeta murciano Emilio José Serrano Loba ha construido en cinco actos poéticos un monólogo interior para dar el último adiós a un amor. Cinco actos plenos de versos en los que se pueden percibir de forma rotunda todas tonalidades en la voz de quién se despide, la ronquera del llanto mucosos, el grito del rencor, el balbuceo de la duda o el susurro de la mentira piadosa.

Y es que la mayor parte de los poemas y de los poemarios de amor y de desamor están plagados de errores y de mentiras. Supongo que Emilio José Serrano nos dirá que no todos, que él ha pretendido ser honrado, sincero, que el suyo no es uno de esos. O quizás no, tal vez está de acuerdo con esta aseveración.

En mentir soy virtuoso,
creando historias un juglar
y si lo deseo
hago magia con la realidad.

Me obstino
y desconozco las certezas
que me varean sin piedad

No acepto imposiciones
ni a razones someto
mi voluntad

Y aunque me empeño
con las costillas descarnadas
al sol y la sal,
nunca podré recuperar
lo que fuiste un día de verano
ante las costas de otro mar.

Por lo general, cuando un amor muere un círculo de poetas lo sobrevuela. Si al que se le muere el amor es al propio poeta, comienza un último baile, como aquel de Tom Petty danzando junto al cadáver de Kim Basinger en el videoclip de “Mary Jane’s Last Dance”. Si el amor que se muere es entre dos poetas, aquí la cosa se pone complicada de verdad.

A los poemas de amor romántico les ocurre lo mismo que a las canciones pop-rock. El autor suele escribir lo que ella quiere escuchar para seducirla, supongo. Claro que ella suele estar más por la labor de creerse lo que dice el cantante que el poeta. Pero eso no viene al caso. Lo que importa es: ¿quién no ha mentido alguna vez?

"Emilio José, con una poesía cargada de esa emoción en la que no el lector no sé pregunta ni por la métrica ni la técnica ni el por qué de algunas rimas, intenta dejar que aflore el odio"

Muchas despedidas están llenas de mentiras. Es probable que, cuando el autor de estos poemas y el sujeto escuchante al que van dirigidos se despidieron, se mintieran. Porque también las despedidas tienen unos códigos que hacen necesario mentir para no sentirse responsables del fracaso que supone que un amor se acabe (y más siendo poetas). Un relato para contarnos, explicarnos, justificarnos ante los demás, y unos poemas para reconocernos y contarnos a nosotros mismos. Porque lo peor del amor cuando se muere es eso: que se muere. Y mentimos y decimos “tú sabrás lo que haces”, o “ya te darás cuenta” o “yo voy a estar mejor sin ti”.

Después nos preguntaremos que estará haciendo ahora, si estará con otro y mejor, si fumarán juntos los mismos cigarros o beberán el mismo ron, si se dirán las mismas mentiras, verán crecer los mismos girasoles o, lo que es peor, si se reconciliarán de la misma manera.

Follar, borrachos,
separados los dos
no tiene sentido,
desde que tú
loca escritora mía
no conoces mi camino.

Así que Emilio José, con una poesía cargada de esa emoción en la que no el lector no sé pregunta ni por la métrica ni la técnica ni el por qué de algunas rimas, intenta dejar que aflore el odio. Declara la guerra para siempre. Esperando tal vez que la guerra dure lo miso que el amor cuando lo declaró para siempre. Declara difunta a su loca poeta. No olvidemos que este poemario está lleno de menitas y que quizás, cuando habla de ella como muerta en realidad le desea una nueva vida poética. Otra vida con poemas llenos de mentiras que ella escriba pensando en él.

Te propongo:
hagamos que brillas,
finjamos que siento,
creamos, tú y yo,
zonzos y estériles,
que a estos cuerpos les queda magia,
que el conejo no murió en la chistera.

Decía el Lacan que el amor es dar lo que uno no tiene a alguien que no lo quiere. Efectivamente, un monólogo con una difunta.

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Autor: Emilio José Serrano Loba. Título: Monólogo con una difunta. Editorial: La Fea Burguesía. Venta: Todos tus libros.

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