Se me ocurre pensar, no sin cierta fatiga ante el paisaje que uno contempla algunas mañanas al abrir los periódicos o al asomarse a esas ventanas ruidosas que ahora llamamos redes —y que a menudo no son más que vertederos de la impaciencia—, que el insulto en España ha sufrido una metamorfosis tan veloz como empobrecedora. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que llamar a alguien hijo de puta requería un pulso firme, una dosis de rabia genuina o, al menos, la plena conciencia de que se estaba cruzando una línea de sombra de la que no siempre era fácil regresar ileso. Era una bala de plata; hoy, sin embargo, es el ruido de fondo de nuestras calles, una moneda de cambio tan desgastada por el manoseo que ya apenas conserva el relieve de su acuñación original.
Nuestra literatura, de hecho, está plagada de esta lúdica pirotecnia verbal. Pienso en el implacable Quevedo, que elevó la injuria a la categoría de bellas artes, poblando sus poemas satíricos y su Buscón de infames de medio pelo cuyos linajes disolutos se cantaban en los corrales de comedias para el deleite de un mosquetero que aplaudía el ingenio de la afrenta, no la zafiedad. O pienso, dando un salto hacia el realismo decimonónico, en las páginas de Benito Pérez Galdós, donde el lenguaje de los barrios madrileños —ese hablar chispero y descarado de Fortunata y Jacinta— convertía el insulto vecinal en un compás musical, en una suerte de sainete cotidiano donde la palabra gruesa funcionaba como una válvula de escape de la miseria, pero conservando siempre una viveza, una verdad dramática que nacía del pueblo y no de un laboratorio. Es, en suma, el comodín de nuestra pereza verbal, una elasticidad tan normalizada que la propia jurisprudencia de nuestros tribunales ha terminado por dictaminar, con paciencia funcionarial, que su uso en riñas informales carece ya de toda finura injuriosa.
Lo verdaderamente asombroso, o quizá lo puramente cómico si uno conserva el estómago para la risa, es lo que ocurre cuando este término da el salto cualitativo desde el arroyo o la página impresa a las alfombras del Parlamento, ese lugar donde se supone que los ciudadanos delegamos la palabra para evitar, precisamente, tener que recurrir a las manos. Es aquí donde entran en escena esos personajes modernísimos y un tanto ridículos a los que ahora llamamos asesores de comunicación, o spin doctors, jóvenes de corbata estrecha o zapatillas de marca cuya principal habilidad no consiste en articular un pensamiento complejo ni en leer a los clásicos, sino en adivinar qué tipo de chabacanería obtendrá más rédito en la pantalla de un teléfono móvil.
Me los imagino perfectamente en sus despachos de moqueta y luz fluorescente, pálidos de cafeína, asistiendo al instante en que una mandataria autonómica es cazada por las cámaras murmurando el exabrupto sagrado desde la tribuna de invitados en mitad de un debate de investidura. En otros tiempos, el asesor tradicional habría palidecido ante la perspectiva de redactar una disculpa que salvase el decoro institucional; el asesor contemporáneo, en cambio, experimenta una epifanía.
Ride si sapis, decía Marcial en sus epigramas, y con ese lema gobernó el añorado Javier Marías su mítico y literario Reino de Redonda, recordándonos que la risa del que sabe es el último escudo frente a la solemnidad de los necios. Y hay que ser verdaderamente sabio, o poseer un cinismo formidable, para contemplar la pirueta posterior sin que se le salten a uno las lágrimas del estupor. El comité de estrategia, en lugar de invocar la clásica sordera de los micrófonos o el acaloramiento del debate, decide que la mejor defensa es la huida hacia la frutería. “Digamos que ha dicho que le gusta la fruta”, propone uno de estos muchachos, acaso iluminado por el recuerdo de un bodegón o por el precio de los aguacates. Y lo que comenzó como un insulto tabú se transmuta, por obra y gracia de la mercadotecnia electoral, en un eslogan de campaña. El exabrupto se embotella, se imprime en camisetas y se convierte en el hit coreado en las verbenas de los pueblos, donde los jóvenes, con un vaso de plástico en la mano, insultan al gobernante de turno al ritmo de la orquesta, convencidos de estar participando en una sutilísima subversión frutal cuando solo están repitiendo el estribillo que un graduado en Ciencias Políticas diseñó para ellos una tarde de martes para rentabilizar la crispación.
Los profesionales de la política han descubierto que la moderación es un negocio ruinoso en la actual economía del ruido. Un discurso preñado de subordinadas y matices es hoy un somnífero insoportable para unas audiencias educadas en el parpadeo de quince segundos. En cambio, el taco camuflado u omnipresente ofrece una rentabilidad inmediata. Actúan como un pegamento identitario: divide el mundo entre los nuestros, los que captan el chiste de la frutería, y los otros, esos solemnes aburridos que aún se escandalizan por las formas.
Siento una vaga melancolía al pensar que, al final, todo esto no es más que una inmensa devaluación del propio desprecio. Si todos somos hijos de puta a todas horas —por admiración, por saludo, por frustración climatológica o por diseño de un asesor de imagen—, el día en que verdaderamente topemos con un malvado genuino, con un canalla de los que merecen ser señalados con el dedo de la infamia, nos habremos quedado sin palabras para nombrarlo. Nos encogeremos de hombros, tal vez le ofreceremos una manzana de postre y seguiremos de largo, atrapados en este bucle de chabacanería risueña donde ya nadie sabe muy bien qué significan las palabras que se arrojan a la cara.


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