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El país de los ciclistas solitarios

El país de los ciclistas solitarios

Este libro es, al mismo tiempo y aun sin pretenderlo, un homenaje a la fabulosa historia de Zaragoza —y a sus celebridades, como Goya, Pignatelli, Ramón J. Sender, Ramón Acín, etc—, a la milenaria y profunda huella del agua en su identidad, y a su pertinaz empeño en ser una gran ciudad.

En este making of José Carlos Arnal narra cómo escribió Incrédulos y soñadores (Xordica).

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La literatura asociada al paseo tiene una larguísima tradición. No es nada sorprendente. Andar por el campo, por los bosques, por los parques o por el arcén de las carreteras poco transitadas es un hábito innato para inducir una productiva y sanadora introspección. Un grupo de investigadores canadienses realizó recientemente un metaanálisis sobre estudios científicos relacionados con esa actividad y concluyó que había base científica para sostener que caminar aumenta de forma considerable el pensamiento creativo y divergente.

En el origen de Incrédulos y soñadores está la idea de que pasear en bicicleta es una práctica igualmente enriquecedora, aunque se haya escrito algo menos sobre ella. No obstante, se trata nada más que de la intuición de algunos ciclistas solitarios que a menudo pasean por las orillas del Canal Imperial de Aragón, un entorno que, por la amplitud del camino y la ausencia de desniveles, se hace especialmente atractivo para quienes se hallan en el trance de pasar de la madurez al envejecimiento. Esos viejos ciclistas que transitan en soledad son la voz que recorre las páginas del libro.

"Desde el punto de vista narrativo se me planteó muy pronto la duda de cómo hilar un texto que no fuera una mera relación histórica o geográfica y que, además, aportara una visión algo distinta a otras"

En esa idea inicial se veía el recorrido del Canal como un espacio propicio para diversas evocaciones literarias e históricas. No en vano se trata de una de las grandes obras públicas llevadas a cabo por los ilustrados españoles del siglo XVIII y que da cabida a un patrimonio cultural y paisajístico extraordinario que ha seguido creciendo hasta nuestros días. Y podría merecer la pena contarlo justamente en un momento en que parecen estar en retirada en todo el mundo los valores de aquel Siglo de las Luces.

Pero tener un buen punto de partida no siempre garantiza un viaje satisfactorio. Una vez presentados en las primeras páginas los protagonistas que nos van a guiar durante todo el libro, el paisaje ordenado y previsible que recorren y las sombrías cavilaciones de quienes saben por su edad que han iniciado ya el descenso definitivo, se hacía necesario encontrar el lenguaje y el tiempo adecuados; habría que dejar salir la voz interior de los paseantes, esa voz vacilante que necesita silencio para poder ser escuchada, y que tendría que llevarnos a conocer las extraordinarias y a veces tristes historias, recurrentes y enmarañadas, que se encontrarán pedaleando.

Haría falta un lenguaje formal, pausado, en el que sea compatible la melancolía, la ansiedad y el asombro de los ciclistas con las grandes ambiciones y las no menos grandes derrotas de los personajes que se van a ir incorporando poco a poco al relato. Desde el punto de vista narrativo se me planteó muy pronto la duda de cómo hilar un texto que no fuera una mera relación histórica o geográfica —ya existen muchas obras publicadas con esa perspectiva— y que, además, aportara una visión algo distinta a otras.

"La intención era integrar tiempos distintos y lograr que personajes tan diversos como Goya, García Mercadal, Winthuysen, Sender, Laforet, Pignatelli o Jovellanos bailasen juntos"

Una parte de la respuesta la hallé en la personalidad de esa voz colectiva que iba a ser el hilo conductor. Esos ciclistas solitarios no van a contarnos las historias de forma académica, con lógica temporal e intención de totalidad, sino de forma parcial, aleatoria y atravesadas por las emociones que a ellos les mueven.

Otro reto era cómo dar con la percha argumental que permitiera introducir en el texto cada una de esas historias no como quien sigue un índice temático o una línea de tiempo, sino de la forma casual e imprevista en que surgen las ideas durante el paseo, intentando así no sucumbir a la fuerza abrumadora de la numerosa documentación consultada para preparar el libro.

De nuevo, la única solución posible era mantener el protagonismo de esa conversación consigo mismos que nuestros ciclistas mantienen a lo largo de todo el libro y sus hallazgos y ocurrencias inesperadas —una frase de un libro que leyeron hace tiempo, un nombre en un edificio que no es lo que parece— como instrumentos para una exposición fluida y coherente.

La intención era integrar bajo esa mirada tiempos distintos —desde el siglo XVIII hasta hoy— y lograr que personajes tan diversos como Goya, García Mercadal, Winthuysen, Sender, Laforet, Pignatelli o Jovellanos bailasen juntos en la memoria desvaída y asombrada de los ciclistas solitarios. ¿Lo conseguí?

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Autor: José Carlos Arnal. Título: Incrédulos y soñadores. Editorial: Xordica. Venta: Todos tus libros.

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