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La Época Victoriana en la literatura, de G. K. Chesterton

La Época Victoriana en la literatura, de G. K. Chesterton

Publicado en 1913 dentro de la serie de la «Home University Library of Modern Knowledge», este libro es un mordaz repaso del espíritu de las letras de la era victoriana. Un texto que, según explica el propio autor, está escrito desde la imparcialidad, el compromiso y la honestidad.

En Zenda reproducimos la Introducción de La Época Victoriana en la literatura (Barlin), de G. K. Chesterton.

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Introducción

Una gran parte de la mejor literatura puede catalogarse, de manera convincente, de dos maneras distintas. Por un lado, existe la que parece estar seccionando un pastel de pasas o un queso Gruyere: conforme el cuchillo va profundizando en su interior, va topándose con frutos o agujeros. Por otro lado, tenemos la literatura que parece estar tronchando un tronco en el sentido de la veta de la madera —si es que, sirviéndonos de la metáfora, consideramos que existe una veta—. En cualquier caso, ambas no podrán darse nunca a la vez. A lo largo del tiempo, los nombres nunca aparecen en el orden en que se nos presentan en los estudios sistemáticos sobre una tendencia literaria. La crítica que pretenda sistematizar el espíritu de una época deberá, de manera necesaria, moverse siempre adelante y atrás en el tiempo, del modo en que una rama se balancea incansable en un sentido y su fruto, a la vez, lo hace de manera irregular y libre en el otro, como si fuese el curso de un río indómito.

El orden cronológico es algo tan arbitrario como lo es el alfabético. Estudiar a Darwin, Dickens o Browning en el orden de sus fechas de nacimiento sería lo mismo que situar a Tácito, Tolstói y Tupper dentro de una coherencia, por el mero hecho de aparecer juntos en un diccionario biográfico. Enfocarlo de esta manera permitiría, tal vez, una mayor precisión y, además, satisfaría a todos esos críticos que sostienen que cada artista debe ser considerado como un creador autónomo, independientemente de la relación que haya existido con los demás dentro de su comunidad, o de las posibles cuestiones morales que compartan. Sin embargo, escribir con base en ese principio implicaría la dificultad, bien conocida por los políticos, de tener que defender públicamente una doctrina en la que sinceramente no creo. No es necesario detenernos aquí en el viejo debate sobre «el arte por el arte», o explicar por qué los artistas no pueden ser entendidos de manera individual sin hacer referencia a sus tradiciones y creencias. Bastará con decir que con otros credos distintos, esos artistas habrían sido, en cuestiones literarias, individuos radicalmente diferentes. Por supuesto, sus puntos de vista no son el mero resultado de su capacidad intelectual. O al menos no más de lo que pueda serlo la tinta contenida en una pluma. El poder del intelecto, sin cualidades o intenciones, sería una materia tan anodina como esa tinta: una simple rueda girando en el vacío. Si distinguimos las mentalidades, deberemos diferenciar también las distintas doctrinas y sentimientos morales de cada autor. La mera fascinación por las festividades democráticas o el duelo no convertiría a nadie en un escritor como Dickens. No obstante, sin esos intereses, Dickens jamás se habría convertido en un escritor como Dickens: es probable que ni tan siquiera en escritor. La convicción de que el catolicismo es la más coherente de las doctrinas nunca habría convertido a ningún otro en un escritor como Newman. Pero sin esa certeza, Newman jamás habría sido un escritor como Newman: tal vez no habría sido ni tan siquiera escritor. Resulta inútil para el esteta —o cualquier otro tipo de «anarquista»—, insistir en la individualidad del artista, más allá de su actitud hacia el talante propio de su época. Esta postura es lo único que tiene de personal, pues los hombres nunca son individuales: ni tan siquiera cuando están solos.

Llegados a este punto, solo me queda acometer la tarea más delicada y complicada que pueda existir: abordar el estudio de los grandes autores victorianos, no únicamente desde el punto de vista de la cronología y los nombres, sino a través de las diferentes escuelas y corrientes de pensamiento. Esta es una tarea para la que de entrada, y con total sinceridad, me siento un verdadero incompetente. No obstante, como ya sucediera con cada una de las aventuras literarias en las que me embarqué con anterioridad, esa sensación siempre me acompaña al principio. En realidad, tranquiliza el saber que estoy haciendo algo que no muchos serían capaces de hacer adecuadamente. El principal peligro de mi enfoque reside en la tendencia inevitable a trazar un panorama espiritual demasiado extenso, en detrimento de los personajes. Ruego indulgencia si dicha panorámica profundiza demasiado en los terrenos de la política o la ética en los que las grandes obras hallaron la atmósfera propicia para su florecimiento. Si considero al utilitarismo más importante que la libertad, o si hablo más del Movimiento de Oxford que de The Christian Year. Escribo desde la moderación característica de mi tiempo, porque soy hijo de la Época Victoriana y porque simpatizo con no pocas cosas propias de su espíritu. Prometo no considerar la religión más importante de lo que fue para John Keble, o la política más sagrada de lo que lo fue para Stuart Mill.

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Autor: G. K. Chesterton. Título: La Época Victoriana en la literatura. Traducción: Alberto Haller. Editorial: Barlin. Venta: Todos tus libros.

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