Las ambiciones, contradicciones y fragilidades de Andrea Sperelli ocupan el centro de El placer, la primera gran novela de Gabriele D’Annunzio. Aristócrata de antiguo linaje, culto y refinado, Andrea encarna el ideal del esteta decadente, convencido de que la vida debe ser modelada como una obra de arte.
En Zenda publicamos las primeras páginas de El placer (Caleidoscopio), de Gabriele D’Annunzio.
***
I
El año moría, muy dulcemente. El sol de San Silvestre derramaba no sé qué tibieza velada, suavísima, áurea, casi primaveral, en el cielo de Roma. Todas las calles eran populosas como en los domingos de mayo. Por la Piazza Barberini, por la Piazza di Spagna una multitud de carruajes pasaba en fila cortando el paso; y desde las dos plazas el ruido confuso y continuo, subiendo por la Trinità de’ Monti, por la via Sistina, llegaba hasta las estancias del Palazzo Zuccari, atenuado.
Andrea Sperelli esperaba en sus habitaciones a una amante. Todas las cosas circunstantes revelaban un especial esmero amoroso. El tronco de enebro ardía en la chimenea y la mesita de té estaba preparada, con tazas y salvillas de mayólica de Castel Durante ornadas con historias mitológicas de Luzio Dolci, antiguas formas de inimitable gracia, donde bajo las figuras estaban escritos en caracteres cursivos de barniz negro unos hexámetros de Ovidio. La luz entraba suavizada por las cortinas de brocatel rojo con granadas de hilo de plata. Como el sol de la tarde hería los cristales, la trama florida de las cortinas de blonda se dibujaba en la alfombra.
El reloj de la Trinità de’ Monti dio las tres y media. Faltaba media hora. Andrea Sperelli se levantó del diván donde se había tendido y fue a abrir una de las ventanas; después, dio unos pasos por la habitación; después, abrió un libro, leyó unas líneas, lo cerró; luego, buscó alrededor algo, con mirada dubitativa. El ansia de la espera le punzaba con tal agudeza que tenía que moverse, que hacer algo, que distraer la pena interior con un acto material. Se inclinó hacia la chimenea, cogió las tenazas para avivar el fuego, puso en la hacina ardiente otro trozo de enebro. La hacina se agitó; los carbones chispeantes rodaron hasta la placa de metal que protegía a la alfombra; la llama se dividió en multitud de lengüecillas azulencas que desaparecían y reaparecían; los tizones humearon.
Entonces surgió en el espíritu del expectante un recuerdo. Justo ante aquella chimenea a Elena le había gustado remolonear, antes de vestirse, tras un rato de intimidad. Dominaba ella el arte de acumular mucha leña encima de los morillos. Cogía las tenazas pesadas con las dos manos y volvía un poco hacia atrás la cabeza para evitar las pavesas. Su cuerpo encima de la alfombra, en el acto un poco fatigoso, por el movimiento de los músculos y por el ondear de las sombras, parecía sonreír en todas sus articulaciones, en todos los pliegues, en todos los huecos, rociado de una palidez de ámbar que evocaba a la Dánae del Correggio. Y tenía en efecto las extremidades un poco correggiescas, las manos y los pies pequeños y flexibles, casi diríase arbóreos como en las estatuas de Dafne en el mismísimo principio de la metamorfosis fabulada.
Apenas había realizado la operación, la leña se encendía y despedía un súbito resplandor. En la estancia, aquella cálida luz rojiza y el helado crepúsculo que entraba por los cristales luchaban un rato. El olor del enebro quemado aturdía apenas la cabeza. Elena parecía presa de una especie de locura infantil al ver la llamarada. Tenía la costumbre, un poco cruel, de deshojar en la alfombra todas las flores de los vasos al final de cada cita amorosa. Cuando volvía a la habitación, después de haberse vestido, al ponerse los guantes o cerrar un broche, sonreía en medio de aquella devastación; y nada igualaba a la gracia del gesto que repetía siempre al levantarse un poco las faldas y adelantar primero un pie y luego el otro para que el amante agachado atase los cordones de los zapatos todavía sueltos.
El sitio no había cambiado casi nada. De todas las cosas que Elena había mirado o tocado surgían multitud de recuerdos y las imágenes del tiempo lejano revivían en tropel. Después de casi dos años, Elena estaba a punto de volver a atravesar aquel umbral. Dentro de media hora, seguro, habría llegado, se habría sentado en aquella poltrona, quitándose el velo de la cara, un poco jadeante, como antes; y habría hablado. Todas las cosas habrían vuelto a oír su voz, quizá también su risa, después de dos años.
El día de la gran despedida fue el veinticinco de marzo de mil ochocientos ochenta y cinco, fuera de la Porta Pia, en un coche. La fecha se había impreso, imborrable, en la memoria de Andrea. Ahora, mientras esperaba, podía evocar todos los acontecimientos de aquel día, con una lucidez infalible. La visión del paisaje nomentano se le abría ahora delante bajo una luz ideal, como uno de esos paisajes soñados en los que las cosas parecen ser visibles desde lejos merced a una irradiación que se prolonga desde sus formas.
El coche cerrado avanzaba con un ruido uniforme, al trote: los muros de las antiguas villas patricias pasaban ante las ventanillas, blancuzcos, casi oscilantes, con un movimiento continuo y suave. De trecho en trecho aparecía una gran cancela de hierro, a través de la cual se veía un sendero flanqueado de altos bojes, o un claustro de verdor habitado por estatuas latinas, o un largo pórtico vegetal donde aquí y allá unos rayos de sol reían pálidamente.
Elena callaba, envuelta en el amplio abrigo de nutria, con un velo en la cara, con las manos tapadas por la gamuza. Él aspiraba con delicia el sutil aroma de heliotropo que exhalaba el abrigo de pieles preciosas mientras sentía contra su brazo la forma del brazo de ella. Los dos se creían lejos de los demás, solos; pero de repente pasaba el coche negro de un prelado, o un pastor a caballo, o un grupo de clérigos violáceos, o un rebaño de ganado.
A medio kilómetro del puente dijo ella:
—Vamos a bajarnos.
En el campo, la luz fría y clara parecía un agua de manantial; y, como los árboles ondeaban al viento, parecía, gracias a una ilusión visual, que su ondear se comunicase a todas las cosas.
Ella dijo, apretándose contra él y vacilando en el terreno áspero:
—Me voy esta tarde. Esta es la última vez…
Luego, se calló; luego volvió a hablar, a intervalos, de la necesidad de su partida, de la necesidad de la separación, con un acento lleno de tristeza. El viento furioso le arrebataba las palabras de los labios. Ella continuaba. Él la interrumpió, cogiéndole la mano y buscando con los dedos entre los botones la carne de la muñeca:
—¡Basta ya! ¡Basta ya!
Avanzaban luchando contra las ráfagas acosadoras. Y él, junto a la mujer, en aquella soledad alta y grave, sintió de repente como si le entrase en el alma el orgullo de una vida más libre, una superabundancia de fuerza.
—¡No te vayas! ¡No te vayas! Todavía te quiero, siempre…
Le desnudó la muñeca e insinuó los dedos en la manga, atormentándole la piel con un movimiento inquieto en el que se manifestaba el deseo de mayores goces.
Ella le dirigió una de aquellas miradas que le embriagaban como copas de vino. El puente estaba cerca, rojizo, bajo la iluminación del sol. El río parecía inmóvil y metálico en toda la longitud de su sinuosidad. Los juncos se combaban en la orilla, y las aguas chocaban leves contra unas pértigas clavadas en la greda tal vez para sostener los sedales.
Entonces empezó él a atizarla con los recuerdos.
[…]
—————————————
Autor: Gabriele D’Annunzio. Título: El placer. Traducción: Ángel Crespo. Editorial: Caleidoscopio. Venta: Todos tus libros.


Zenda es un territorio de libros y amigos, al que te puedes sumar transitando por la web y con tus comentarios aquí o en el foro. Para participar en esta sección de comentarios es preciso estar registrado. Normas: