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Bienvenido a Madrid, Woody Allen

Hay dos géneros de cuño menos nuevo de lo que parece, que estimo sobremanera: el falso documental y el metraje encontrado. A menudo se confunden, puesto que se solapan con frecuencia. Esa mixtura que se da entre ellos tiene uno de sus ejemplos meridianos en la magnífica El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999), una maravilla del cine barato que también alcanzó la cumbre del folk horror y de la pantalla de terror contemporánea, sin más adjetivos. Es un falso documental porque Heather Donahue, Joshua Leonard y Michael Williams estaban haciendo uno —un trabajo en la ficción auténtico, cine sobre la realidad— cuando se adentraron en un bosque de Maryland en busca de testimonios sobre una leyenda local y nunca más se volvió a saber de ellos.

Transcurrido un año desde la última vez que se les vio, se encontraron por azar las filmaciones, o grabaciones por mejor decir, ya que se trata de vídeos. Un metraje, en apariencia sin edición alguna, un proyecto que constituye la película.

Otro magnífico ejemplo de esta pantalla —que de nueva ya le queda poco, pues frisa los treinta años— es la española Rec (Jaume Balaguero y Paco Plaza, 2007), sobradamente conocida por todos los aficionados al cine de terror y de zombis, e infinitamente mejor que la media de estas producciones.

"El debut de Allen fue un acercamiento a la experiencia de un ladrón que carece de talentos para el crimen. Documental ficticio y parodia de Bonnie & Clyde"

El falso documental o mockumentary (documental paródico) en su denominación original, es más antiguo. Se remonta, como poco, a un mediometraje que el inglés Peter Watkins realizó en 1966: El juego de la guerra. Cuarenta y seis minutos le bastaban a este gran cineasta para fantasear sobre cómo una hipotética invasión china de Vietnam del Sur desencadena un conflicto mundial: la Unión Soviética amenaza con invadir Berlín Occidental, y esto lleva a un ataque nuclear sobre el Reino Unido, especialmente en el condado de Kent. La fantasía de Watkins se centra en las consecuencias devastadoras de la derrota de las divisiones de la OTAN por parte de las fuerzas comunistas y el temido ataque nuclear: el caos, las evacuaciones masivas, el colapso social y las luchas por la supervivencia.

Con todo, la imaginación de Watkins alude a una certeza, que pesa sobre cualquiera que tenga dos dedos de frente, desde que algunos políticos, más abominables y perversos que el resto de sus pares, tienen la posibilidad de desatar en segundos el holocausto nuclear: la inutilidad de los planes de emergencia frente a la devastación.

Menos grave, aunque igualmente brillante, es Zelig, el falso documental de Woody Allen fechado en 1983. El realizador neoyorquino ya había cultivado el género en Toma el dinero y corre (1969), su primera cinta en solitario. Sí señor, el debut de Allen fue un acercamiento a la experiencia de un ladrón que carece de talentos para el crimen. Documental ficticio y parodia de Bonnie & Clyde (1967), fue la aventura cínica de Arthur Penn que triunfó en la cartelera que vio declinar el Código Hays, por el que había venido autocensurándose Hollywood desde mediados de los años 30. Pródiga en gags visuales, algunos eran tan cinematográficos que entroncaban con el slapstick. Recuérdese aquel del pequeño Virgil: quiere unirse a una banda de jóvenes malhechores, pero tiene que tocar el violonchelo, lo que le impide correr en las huidas, cargando en la carrera con el instrumento. Y aquel otro, de Virgil ya metido a atracador. Pero es un malote tan inepto que los empleados de la sucursal bancaria no le entienden la letra de la nota autógrafa en la que les advierte de que tiene una pistola dispuesta para el atraco. Y, ya reo, el de la pistola tallada en jabón, con la que pretende amedrentar a quien se interponga en su fuga. Cuando empieza a llover, el arma se derrite como el alma culpable se serena.

"Zelig era una prodigiosa mixtura entre las filmaciones originales y el material ficticio que dio lugar a una farsa en la que, entre otras luminarias del siglo XX, participaron escritores de la talla de Susan Sontag y Saul Bellow"

A mí me gustaba el Woody Allen de los falsos documentales, mucho más que el de las primeras comedietas con Diane Keaton —El dormilón (1973), La última noche de Boris Grushenko (1975)…—. Sueños de seductor (1972) era de Herbert Ross, y Annie Hall (1977), una de las películas fundamentales de mi generación, es una comedia sentimental que hizo época, un punto y aparte en muchos aspectos. Pero Zelig, esa visión lúcida y lúdica —incluso jocosa más que lúdica— de la Era del Jazz, los felices años veinte, me pareció una genialidad sin paliativos. Las filmaciones verdaderas de aquellos días del charlestón y el fox-trot se suceden a las ficticias en un carrusel de imágenes del que tomó buena nota el bueno de Robert Zemeckis para su Forrest Gump (1994). Así, mientras Zelig (Allen) adquiere el aspecto de Al Capone en uno de los speakeasies en los que se saciaban los bebedores de espirituosos en tiempos de la Ley Seca, y luego en uno de los músicos afroamericanos que animaban aquellos cotarros, nos eran dados unos planos del verdadero Scott Fizgerald. El cronista de aquel tiempo aparece escribiendo a mano, en el porche de una fastuosa residencia de Long Island, que bien podría ser la mansión del West Egg de Jay Gatsby.

Ya digo, Zelig era una prodigiosa mixtura entre las filmaciones originales y el material ficticio que dio lugar a una farsa en la que, entre otras luminarias del siglo XX, participaron escritores de la talla de Susan Sontag y Saul Bellow o el psicoanalista austriaco Bruno Bettelheim. Y así, como ciertos historiadores se prestan a escribir los capítulos de ciertas historias al dictado de los gobiernos de turno, los que participaban en el juego de Allen con sus propios nombres y apellidos nos hablan, como se habla en los documentales de una eminencia pretérita, de Leonard Zelig: un tipo capaz de mimetizarse hasta el punto de que su fisonomía cambia, imitando a las personas que lo rodean. Es como si se fundiera con el entorno por completo para caer bien al paisanaje que lo puebla. Todo un don para los políticos más miserables y una fuente inagotable de recursos para un buen humorista.

"Procuro ser cinéfilo hasta en la médula de mis huesos, pero ese cromatismo impostado del blanco y negro en Manhattan me enerva. Lo que me conmovió en aquel filme fue ese amor a la isla que le da título"

En Zelig incluso justifiqué el blanco y negro, que en otras producciones puede llegar a parecerme una apelación al sentimentalismo cinéfilo tan cargante como aquellas gasas que David Hamilton, el fotógrafo de ninfas que acabó denunciado por algunas de sus antiguas modelos por haber abusado de ellas cuando eran menores, las retrataba en la Costa Azul, en cintas como Bilitis (1977), Laura, las sombras de un verano (1979) o Tiernas primas (1980). Las películas eran en blanco y negro cuando se rodaban en emulsiones pancromáticas como el Double-X —que no el Plus X ni el Tri-x, más aptas para la fotografía fija— porque eran las más versátiles y económicas. Pero hacerlo ya a finales de los años 70, como fue el caso de Allen a partir de Manhattan (1979), es tan espurio como quitar el color a una fotografía digital. De hecho, Gordon Willis, el primer operador de Allen en aquella ocasión, trabajó con Eastmancolor o cualquier otra emulsión en color y, tras su revelado, las copias se positivaron en blanco y negro.

Procuro ser cinéfilo hasta en la médula de mis huesos, pero ese cromatismo impostado del blanco y negro en Manhattan me enerva. Lo que me conmovió en aquel filme fue ese amor a la isla que le da título. Esa pasión por su Nueva York de la que hace gala. Los ruralistas, como lo fueron Pol Pot y sus jemeres rojos, que acusaron de pequeñoburgueses a todos los vecinos de Phnom Penh, con lo que el comunismo agrario prácticamente hizo tabla rasa de la capital, siendo difícil dilucidar cuántos, de los dos 2,2 millones de vidas que en apenas cuatro años se llevó por delante el genocidio de los jemeres rojos, fueron condenados por ser de ciudad o tener gafas.

"A la espera de que la política vuelva a alcanzar su fin último, la exacerbación de su dialéctica, seguiré escribiendo sobre cine. Hoy, me cabe el honor de hacerlo sobre Woody Allen, que rueda en mi ciudad su última película"

De momento, los ruralistas autóctonos no han llegado a tanto. En gran medida, su animadversión a la ciudad, Madrid especialmente, se debe a su fracaso personal en ellas o a la distancia que les separa de los grandes centros neurálgicos. Pero la ciudad —nunca me he de cansar de repetirlo— es el mayor invento de la humanidad. Entre otras cosas, porque en ellas han tenido lugar la mayoría del resto de las invenciones del ser humano. No conozco Nueva York ni tengo el más mínimo interés en conocerlo. En el cine lo visito a menudo. Sé de sus cinco distritos y que Manhattan es una isla, rodeada por los ríos Hudson, East River y Harlem. Pero como soy de Madrid y mi ciudad es la mejor del mundo, no me hace ninguna falta ir a ningún sitio. A no ser que lleguen a materializarse las amenazas sobre el amado Foro que el pasado jueves escuchamos a los nuevos indignados que campan en sus calles. Quieren incendiarla hasta en su “último trozo” (sic), gritaban algunos. Y los neoestalinistas que les representan en el parlamento capitalino —quienes deberían lavarse la boca antes de hablar de Madrid y claman por su destrucción por el simple hecho de que es la capital de España— aseguraban que van a acabar con la paz en nuestras calles.

Total, que a la espera de que vuelvan a poner el cartel con la efigie del camarada Stalin y el resto de los cabecillas de la dictadura de los miserables, en los arcos de la Puerta de Alcalá, y a montar las checas de tortura en las casas del pueblo socialistas —donde se da tanto y se tiene tan poco—, sin olvidar la del Círculo de Bellas Artes. En fin, que a la espera de que la política vuelva a alcanzar su fin último, la exacerbación de su dialéctica, seguiré escribiendo sobre cine. Hoy, me cabe el honor de hacerlo sobre Woody Allen, que rueda en mi ciudad su última película.

Debo reconocer que, antes de saberle en Madrid, durante muchos años, negué a Woody Allen. Le seguí con avidez en la cartelera de finales de los 70 y principios de los 80. Ya entonces descubrí su innegable heterodoxia —un auténtico discípulo de Groucho Marx—, en la que se fue a ratificar cuando prefirió seguir tocando el clarinete antes que ir a recoger el Oscar, la preciada estatuilla por la que suspiran directores profesionales de películas —no necesariamente cineastas, esos autores a los que tanto admiro— del mundo entero.

"Uno de mis mentores fue un guionista que detestaba las realizaciones del neoyorquino y, de alguna manera, yo juré ignorar, cuando no desdeñar su filmografía"

Pero a medida que fui avanzando en mi entrega cinéfila —cuando le descubrí solo era un espectador muy aplicado—, aquel chiste de Groucho, que Allen cuenta en el arranque de Annie Hall —“No me gustaría formar parte de un club que me aceptase como miembro”— y aquel otro del final: “Doctor: mi hermano está loco, se cree una gallina”, va y dice un tipo. A lo que él médico responde: “Pues que lo encierren”. “Sí, pero necesito los huevos”, concluye Alvy (Allen) pensando en lo maravilloso que había sido conocer a esa “chica estupenda” llamada Annie. Todo un jalón en la educación sentimental de mi cohorte demográfica.

Sin embargo, a mí aquellos chistes empezaron a resultarme más propios del monologuista de un bar, como, en efecto, lo fue Allen, que de una pantalla cinematográfica. Uno de mis mentores fue un guionista que detestaba las realizaciones del neoyorquino y, de alguna manera, yo juré ignorar, cuando no desdeñar su filmografía: un tipo exorcizando sus complejos frente al tomavistas —cita a Freud incluida—, eso era lo que el cineasta neoyorquino llegó a parecerme.

Después, como en un falso documental, hicieron de Woody Allen uno de sus favoritos quienes escuchaban a los estalinistas de la Nueva Trova Cubana. Seguramente ignoraban que Bananas (1971) —que cuenta con Nati Abascal entre sus protagonistas— es toda una parodia de las revoluciones sudamericanas y de esas repúblicas bananeras que nacen de ellas. Yo, que procuro que no me guste lo que agrada a cuantos quieren hacer de España otra república bananera —y casi siempre lo consigo— me alejé aún más de un cineasta urbano y cinéfilo como lo son pocos.

"Que un vecino de Nueva York diga eso del amado Foro me ha conmovido, ha despejado todas mis dudas respecto a los chistes de Annie Hall"

Con razón o sin ella, sobre Woody Allen también pesa cierta fama de sátiro. Aunque a raíz de las acusaciones de las que fue objeto por parte de Mia Farrow de haber abusado de su hija Dylan cuando era una niña se abrieron varias investigaciones, nunca llegó a probarse nada ni la fiscalía presentó jamás cargo alguno. Ello no fue óbice para que, en 2017, con el auge del movimiento MeToo, se estigmatizase al realizador de Manhattan hasta el punto de que, desde entonces, no haya vuelto a rodar en Hollywood. De poco sirvió que Mariel Hemingway, cuyo papel en Manhattan —Tracy, una chica de 17 años que sale con Isaac Davis, un guionista televisivo de 42— dio tanto que hablar en su momento, declarase en repetidas ocasiones que, cuando acababa el rodaje, Allen siempre se portó con ella respetuosamente.

Cuando Hollywood —Amazon Studios más concretamente— partió con él en febrero de 2019, quedaron cuarenta y cinco películas dirigidas por Allen. Algunas de ellas destacan entre las mejores del cine estadounidense de su tiempo. Por ejemplo, Acordes y desacuerdos (1999), el tercero de sus falsos documentales.

Impelido a rodar en Europa, a España volvió en 2020, tras haber filmado aquí, en la Ciudad Condal, Vicky Cristina Barcelona en 2008. Si ahora regresase a la capital catalana, la del “antisemitismo rampante” —que dice la prensa—, donde se ataca a los judíos al salir de la sinagoga, se profanan sus tumbas y un juzgado ha tenido que intervenir para que se les permita instalarse a las empresas israelitas, seguro que tendría problemas con los pacifistas.

"Bienvenido a mi ciudad, Woody Allen. Es lo mejor del mundo y seguro que tu mirada la engrandece, porque tú sabes de grandes urbes y buen cine"

En Madrid, que ha definido como una ciudad “preciosa y elegante, siempre llena de gente y de ruido” ha encontrado el resto de los encantos de las grandes urbes, pero con el casticismo capitalino. En realidad, el veterano cineasta solo ha molestado a los de la España vaciada, que le han dedicado hilos injuriosos en Facebook.

Que un vecino de Nueva York diga eso del amado Foro me ha conmovido, ha despejado todas mis dudas respecto a los chistes de Annie Hall. Si yo hablase con él, de urbanita a urbanita, de cinéfilo a cinéfilo, amén de agradecerle los cumplidos, recordaría ese episodio de Vittorio de Sica de Boccaccio 70 (1962), filme colectivo. Lleva por título La Rifa, y en sus escasas secuencias Sophia Loren, su protagonista, incorpora a Zoe, una feriante napolitana a la que le ronda un tío al que se le ocurre no citar debidamente a la ciudad de la mujer. “Tú, desgraciado. Cuando hables de Nápoles, te descubres y te levantas”, le espeta Zoe.

Yo, si pudiera, me dirigiría en términos semejantes a varios de quienes gobiernan la nación e injurian y ofenden su capital por motivos aún más espurios que los de la España vaciada y el sempiterno ruralismo. Bienvenido a mi ciudad, Woody Allen. Es lo mejor del mundo y seguro que tu mirada la engrandece porque tú sabes de grandes urbes y buen cine.

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Roberto Arizpe Larenas
13 horas hace

Tiene aciertos y caidas, Vicky Cristina Barcelona es una porqueria.

Else Verwoerd
Else Verwoerd
3 horas hace

Sí, «una porquería». Esa debe de ser la razón por la que el 74 % de los cinéfilos de IMDb le dan a esta película una puntuación de entre 7 y 10.