Tenía dieciocho años cuando encontré en la vieja librería Cervantes de Salamanca un ejemplar de La literatura, el volumen en el que Alfaguara había reunido algunas de las obras más importantes de Gonzalo Suárez. Tenía noticia de la persona, pero desconocía su obra, y algo debí de ver en aquel libro, porque me lo llevé al colegio mayor y empecé a leerlo esa misma noche. Recuerdo el deslumbramiento que me produjeron Trece veces trece, Rocabruno bate a Ditirambo y Gorila en Hollywood, pero también De cuerpo presente y Los once y uno. Había allí un escritor que parecía no reconocer ninguna de las convenciones sobre las que se asentaba la literatura, alguien que se había propuesto dinamitar las fronteras de los géneros y que, por si fuera poco, encontraba en aquella demolición una fuente inagotable de placer. Sus libros eran artefactos extraños, divertidos, desconcertantes, en los que lo insólito se daba siempre dentro de la cotidianidad.
Me convertí en un lector devoto. Poco a poco fui haciéndome con todos sus libros, rastreando librerías de viejo, persiguiendo títulos descatalogados, tratando de completar una biblioteca que no se parecía a ninguna otra. También aquel año me hice socio de la Filmoteca de Castilla y León, y allí fui constatando que el escritor al que tanto admiraba era, además, un cineasta extraordinario. No había ninguna contradicción entre ambas facetas, porque Gonzalo Suárez escribía como rodaba y rodaba como escribía. Es decir, que practicaba de dos maneras distintas una misma subversión. Sus películas tenían algo de novelas que hubieran decidido emanciparse de las palabras, y sus libros parecían contener imágenes que se resistían a permanecer inmóviles sobre el papel. He escrito varias veces acerca de mi fascinación incondicional por Aoom, una rara avis del cine español que nunca llegó a las salas comerciales y que más de medio siglo después de su rodaje conserva intacta su frescura, pero sería injusto obviar El detective y la muerte y Mi nombre es Sombra, dos películas que me parecen prodigiosas por su capacidad para levantar mundos regidos por sus propias leyes. Tampoco cabe referirse a su cine sin detenerse en Epílogo, ese portentoso ejercicio sobre la creación y sus espejismos, o en Remando al viento, donde la historia de Mary Shelley y sus compañeros de Villa Diodati se convierte en una indagación sobre los monstruos que engendra la imaginación y sobre la posibilidad de que terminen escapando del control de sus inventores. A Suárez le interesaban esos territorios fronterizos en los que la realidad empieza a perder consistencia y la ficción adquiere una inquietante apariencia de verdad. Nunca se conformó con contar lo que había sucedido. Prefería explorar lo que podría haber pasado, o incluso lo que acaso estuviera ocurriendo sin que nadie se percatara todavía.
En el fondo, toda su obra puede leerse como una prolongada declaración de independencia. Suárez nunca aceptó que la literatura tuviera que parecerse a lo que se esperaba de ella, ni que el cine debiera someterse a las exigencias de la verosimilitud. Sus relatos desbarataban los mecanismos de la narración convencional, sus personajes podían rebelarse contra sus autores y sus películas avanzaban a menudo por caminos que se iban inventando a cada paso. Había en todo ello una osadía formidable, pero también una inteligencia que impedía confundir la libertad con el capricho. No improvisaba porque careciera de rumbo, sino porque sabía que el arte empieza a resultar verdaderamente interesante cuando se atreve a extraviarse. Y, sobre todo, porque conservaba una cualidad que muchos creadores pierden demasiado pronto y que no es otra que la capacidad de divertirse.
Esa misma libertad presidía su relación con la memoria. Antes de convertirse en uno de nuestros escritores y cineastas más singulares había sido Martín Girard, el periodista deportivo que revolucionó el modo de contar el fútbol y cuyas crónicas enhebró muchos años después en La suela de mis zapatos. También allí se reconocía al narrador que sabía encontrar una historia donde los demás apenas distinguían un resultado. Y en El hombre que soñaba demasiado, sus maravillosas memorias deformadas, lo vivido se mezclaba con lo imaginado hasta volver irrelevante cualquier intento de establecer una separación entre ambas cosas. Eso es, en realidad, la vida; un relato que vamos construyendo con nuestros recuerdos, nuestros deseos y las mentiras que nos contamos para seguir adelante. Suárez comprendía que la imaginación no es necesariamente lo contrario de la verdad, porque a veces constituye el único camino que permite acercarse a ella.
Con los años tuve la fortuna de conocerlo y de tratarlo en varias ocasiones. Conversar con él era siempre un lujo. Tenía una inteligencia vivísima y un sentido del humor que podía resultar demoledor. Contaba el mundo como si acabara de descubrirlo. No había en él nada de la solemnidad que suele acompañar a quienes han acumulado tantos reconocimientos, quizá porque nunca terminó de tomarse demasiado en serio las jerarquías que otros se empeñaban en establecer. Seguía siendo, en cierto modo, aquel muchacho dispuesto a formular sus propias normas, aunque para entonces llevara más de medio siglo demostrando que no necesitaba las de nadie.
Se ha muerto con noventa y dos años, aunque se mantenía insultantemente joven. Teníamos pendiente una comida en Madrid con Adolfo García Ortega que habíamos ido aplazando por unas razones u otras, con esa despreocupación con la que solemos administrar un tiempo que creemos inagotable, y que ya no podremos celebrar. Tendremos siempre a mano sus libros y sus películas, que aguardarán a quienes todavía no hayan tenido la suerte de descubrirlos. Tal vez algún muchacho de dieciocho años encuentre un día un ejemplar de La literatura en una librería de viejo y experimente el mismo deslumbramiento que yo sentí hace casi treinta años. Quizá comprenda entonces que hay autores que nos enseñan a leer y otros, mucho más escasos, que nos enseñan a imaginar. Gonzalo Suárez pertenecía a estos últimos, y acaso por eso su muerte tiene algo de paradoja: se ha ido un hombre que dedicó toda su vida a demostrar que lo imposible también podía suceder.


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