«¿Pagaste el aceite de ayer?». Doña Paca interroga a Nina sobre las cuentas de la casa. La criada acaba de contarle un almuerzo espléndido, con arroz, pepitoria y calamares, que habría preparado para un sacerdote. El banquete es inventado; las deudas, no. Nina pide limosna para mantenerlas a las dos y necesita presentar el dinero como salario de un trabajo respetable. En unas páginas de Misericordia, Galdós reúne el hambre, la imaginación y la vergüenza. María Zambrano encontrará ahí materia suficiente para pensar una forma de vida y, desde ella, un país.
En La España de Galdós, Zambrano describe el pensamiento de Nina como un continuo echar cuentas y lo sitúa en los «infiernos de la cantidad». La expresión nace de algo reconocible: cuando falta dinero, cualquier gasto ocupa un lugar desmesurado. Los días y las horas tampoco son neutros. Cada jornada trae una necesidad que debe resolverse antes de que comience la siguiente. La filósofa atiende a esa experiencia del tiempo, tan distinta de la libertad con que lo imagina quien dispone de una reserva.
La comida de hoy no se convierte en la de mañana por haber costado mucho conseguirla. Hay trabajos cuyo resultado consiste en que la vida continúe, y precisamente por eso parecen no producir nada nuevo. Su éxito vuelve a dejarnos ante la misma tarea. La frase de Zambrano permite comprender ese desgaste sin convertirlo en una abstracción sobre la pobreza. Nina piensa porque necesita encontrar una salida antes de la próxima comida. El cálculo le es indispensable; su existencia, sin embargo, no queda explicada por las cuentas.
Zambrano había publicado «Misericordia» en septiembre de 1938, en el número XXI de Hora de España. En 1960, La España de Galdós reunió aquel ensayo con una nueva meditación sobre la novela. La advertencia, fechada en Roma el 25 de enero, precisa que el texto posterior no amplía el primero: vuelve a mirar su realidad de otro modo. La relación con Galdós atraviesa así la guerra y el exilio sin reducirse a un juicio literario fijado de una vez. Nina continúa planteando preguntas.
En el ensayo de 1938, Zambrano sitúa a Benigna y a Fortunata dentro de su interpretación del pueblo español. Busca en ellas las fuerzas que mantienen una continuidad por debajo de los acontecimientos. La novela permite atender a quienes alimentan, ayudan y hacen posible el día siguiente, aunque no ocupen el primer plano del relato histórico. Esa lectura pertenece a un momento preciso de su pensamiento: en plena guerra, pregunta por aquello que todavía puede mantener unidos a los seres humanos cuando las formas visibles de convivencia se están quebrando.
Nina obliga a cambiar la medida de la importancia. Las personas de su entorno pueden considerarla subordinada; el argumento muestra que dependen de ella. Su lugar en la jerarquía de la casa no coincide con su capacidad para sostenerla. Zambrano encuentra en esa discordancia algo más que una inversión sentimental entre ricos y pobres. Descubre una vida que actúa antes de que alguien le reconozca autoridad. Para pensar España, se detiene en una mujer cuya necesidad de seguir haciendo cosas impide que su pensamiento quede separado de sus actos.
Una discusión entre ama y criada concentra esa diferencia. Doña Paca reprocha a Nina la falta de decoro con que soporta las deudas y las humillaciones. Nina responde desde el cuerpo: tiene «boca y estómago natural». En el pasaje que Zambrano comenta, la protagonista apela a Dios para defender que debe vivir, no dejarse morir de hambre. La dignidad entendida como conservación de una apariencia tropieza con otra exigencia: mantener viva a la persona que esa apariencia dice proteger.
El carácter religioso del argumento importa. Nina entiende el mundo como creación y se sabe incluida en él con sus necesidades. Para ella, recibir ayuda y prestarla pertenecen a una misma circulación. La interpretación de Zambrano atiende a ese vínculo entre las criaturas: quien necesita de los demás no queda, por eso, incapacitado para dar. Almudena ayuda a Nina; Nina lo cuida. La misericordia deja de ser únicamente una acción que desciende desde quien tiene hacia quien carece. También mantiene relaciones entre quienes disponen de muy poco.
Ahí se reconoce una dificultad que la filosofía no resuelve solo definiendo virtudes. ¿Qué sabe Nina que su ama no sabe? No es una información ni una técnica transferible. Reconoce lo que una situación exige y consigue actuar sin esperar a que desaparezcan todas sus contradicciones. Puede comprender la fragilidad de doña Paca y advertir al mismo tiempo sus defectos. El alimento no queda condicionado a que su destinataria mejore primero. Ese saber se manifiesta en una relación continuada, con fatiga, impaciencia, afecto e invención.
Esta lectura ayuda a precisar el encuentro entre la novela y la razón poética. El adjetivo no convierte la filosofía en una escritura adornada. Nombra la búsqueda de un conocimiento capaz de atender a la vida concreta sin reducirla a aquello que ya cabe en un concepto. En Pensamiento y poesía en la vida española, de 1939, Zambrano acude a la literatura para examinar formas de conocimiento y de continuidad humana. En ese recorrido, Benigna adquiere una significación central como figura de la misericordia.
La novela aporta algo que una definición no puede sustituir: obliga a convivir durante un tiempo con las dificultades de sus criaturas. Sabemos qué significa ayudar; leyendo a Galdós advertimos lo que puede costar ayudar a doña Paca. La diferencia entre ambas cosas es parte del conocimiento que Zambrano busca. No necesita retirar los pormenores materiales para encontrar una verdad superior. El aceite, las deudas y las explicaciones de Nina son el lugar donde esa verdad debe poder reconocerse.
También la piedad, tal como la entiende Zambrano, rebasa el sentimiento de lástima. En «Para una historia de la Piedad» la define como «saber tratar con lo diferente, con lo que es radicalmente otro que nosotros». La importancia recae en el trato: no basta con tener una idea favorable de los demás. Hay que entrar en relación con alguien cuya existencia no se ajusta del todo a nuestras categorías. El concepto conserva una dimensión religiosa y metafísica; aplicado a Nina, permite examinar cómo se aproxima a quienes su entorno prefiere mantener lejos.
Almudena vuelve concreta esa prueba. Cuando Nina pretende llevarlo a la casa, doña Paca rechaza su presencia. La criada recuerda que sí se había socorrido a Frasquito Ponte y cuestiona que la caridad cambie según la apariencia de quien la necesita. Su respuesta compromete su propia posición: si Almudena no puede entrar, ella tampoco acepta quedarse en esas condiciones. La piedad se convierte en una decisión que cuesta algo. No es una tolerancia proclamada desde un lugar seguro, sino la negativa a separar su suerte de la de otro desamparado.
La figura conserva, además, las imperfecciones que Galdós le ha dado. Nina sisa, guarda dinero, inventa historias. El relato permite conocer el uso que hace de sus reservas y las circunstancias de sus engaños, pero no la convierte retrospectivamente en una criatura sin mezcla. Ahí está parte de su fuerza. La lectura filosófica corre el riesgo de volver impecable a quien admira; la novela devuelve a esa persona sus maniobras, sus recursos y su necesidad de arreglárselas. La misericordia no ha descendido sobre un ser colocado fuera de las dificultades comunes.
Don Romualdo, el sacerdote inventado para justificar las salidas de la criada, lleva el problema de la imaginación hasta el centro del argumento. Un sacerdote del mismo nombre aparece de verdad para anunciar una herencia. Galdós pone en contacto lo imaginado y lo sucedido sin borrar el desconcierto que provoca su coincidencia. Para Nina, inventar había sido una manera de mantener abierta la vida. Mientras doña Paca dependía de una explicación, ella tenía que producirla y conseguir, además, los recursos que esa explicación fingía proporcionar.
La diferencia entre esas dos actividades es decisiva. Contar una abundancia inexistente puede adormecer la necesidad o ayudar a soportarla; nunca sustituye por sí solo la obtención de comida. Nina vuelve de sus ficciones a la tarea. Su esperanza está comprometida con lo que todavía puede hacer. En ella, la imaginación no dispensa del trabajo ni exige que el mundo se vuelva satisfactorio antes de continuar viviendo. Se usa junto a otros recursos, en unas circunstancias que no permiten esperar a disponer de los mejores.
En la advertencia de 1960, Zambrano atribuye a Galdós la capacidad de rescatar a las «criaturas por nadie miradas». La expresión da al novelista una tarea precisa: conceder nombre e historia a quienes podrían desaparecer en una explicación general. Entre el ensayo de guerra y esta nueva meditación, la pregunta por la continuidad se concentra en la persona. ¿Puede alguien quedar reducido al daño recibido, al lugar que ha perdido o al papel que otros le asignan? Nina importa porque su existencia conserva posibilidades después de esas pérdidas.
La casa beneficiada por la herencia no se vuelve, por ello, más hospitalaria. Nina termina apartada de quienes dependían de su actividad. La prosperidad no corrige automáticamente la relación anterior; permite prescindir de alguien cuyo esfuerzo había hecho posible llegar hasta allí. La novela separa la mejora económica del reconocimiento moral. Esa separación impide que su desenlace se lea como el reparto convencional de una recompensa entre los buenos y un castigo entre los malos.
El término vencidos encuentra aquí un sentido concreto: personas que han perdido recursos, posición o reconocimiento y que podrían quedar enteramente definidas por esa pérdida. Zambrano busca una salida de esa reducción. Su fórmula «salvarse, salvándola», referida a la historia, excluye tanto desconocer lo ocurrido como abandonarlo. La persona debe poder seguir existiendo sin convertirse únicamente en repetición de su daño. Esta es una posibilidad que su lectura reconoce en Nina, no un deber de mansedumbre impuesto a cualquiera que haya sufrido.
El final vuelve a una conversación entre mujeres. Juliana llega atormentada por el temor de que sus hijos mueran y pide a Nina que le asegure que están sanos. La mujer excluida posee ahora una autoridad que el dinero de la casa no puede proporcionar. Benina no utiliza esa dependencia para exigir sumisión. La tranquiliza, rechaza el título de santa que Juliana le atribuye y termina diciéndole que no vuelva a pecar. El alivio convive con el reconocimiento de una responsabilidad.
La escena tampoco restituye a Nina su lugar. No recupera con unas palabras todo lo que había entregado. Su libertad aparece en la respuesta a una necesidad presente: puede ayudar sin fingir que nada ha ocurrido. Zambrano encuentra ahí una forma de no quedar cautiva de la desgracia, pero Galdós conserva el coste del camino. Para llegar a ese encuentro, Nina ha tenido hambre, ha trabajado, ha sido rechazada. La luz del desenlace no borra el aceite que hubo que pagar al principio.
Por eso esta lectura de Misericordia no conduce fuera de la realidad cotidiana, sino más adentro de ella. Una criada que hace cuentas resulta capaz de revelar los límites de una casa, la fragilidad de sus jerarquías y una manera de relacionarse que sobrevive a su expulsión. Zambrano necesitó a Galdós para pensar esa vida sin reducirla a un ejemplo. Nina alimenta antes de ser reconocida, comprende antes de ser escuchada y sigue existiendo después de que los demás crean haber decidido su destino. La filosofía llega hasta ella porque la novela no la había dejado desaparecer.
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Referencias
Pérez Galdós, Benito. Misericordia (1897).
Zambrano, María. «Misericordia», Hora de España, n.º XXI, septiembre de 1938, pp. 29–52.
Zambrano, María. Pensamiento y poesía en la vida española (1939).
Zambrano, María. La España de Galdós (1960).
Zambrano, María. «Para una historia de la Piedad».


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