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Todo saldrá bien

Esta mañana me he levantado con cierto malestar. Me duele todo el cuerpo y, apenas doy dos pasos, me tengo que apoyar en cualquier sitio para recuperar el aliento. Hay una serpiente corriéndome por las tripas, me las aprieta con rabia y luego se desliza hasta mi garganta para anudarla una y otra vez, convirtiendo cada espasmo en náusea. Llevo así demasiado tiempo, pero no he querido darle importancia hasta ahora. Y, tal vez, ahora sea demasiado tarde para encarar el problema.

Me ha costado llegar hasta el escritorio. Lo he hecho a trompicones, dejándome (literalmente) la piel por las esquinas, adherida a las paredes y a cada mueble en el que me he ido dejando caer para sostenerme. Lo más penoso de todo ha sido bajar las escaleras en semipenumbra, con todas esas historias enlatadas a un lado, riéndose de mí y de mi infortunio. Aunque dudo mucho que esto tenga que ver con el azar, sino más bien con todo ese conjunto de malas decisiones que acabé tomando en un momento u otro. No solo eso. La suerte está sobrevalorada. Nos quieren hacer creer que existe. Del mismo modo que nos quieren convencer de que tenemos algún control sobre nuestras vidas.

"Al llegar a mi sitio, me faltaba medio riñón y algunos dientes. Cosa de la hipoteca y el interés variable"

Al llegar a mi sitio, me faltaba medio riñón y algunos dientes. Cosa de la hipoteca y el interés variable. Hace unas semanas también perdí dos dedos del pie izquierdo cuando fui a llenar el depósito de gasolina. Poco a poco me voy desprendiendo de mí contra mi voluntad merced a la mierdaflacción que nos arremete como un toro furioso contra el burladero. Aún conservo los ojos, las manos y parte de mis órganos internos, pero cada vez se me hace más difícil sobrevivir. Me falta el aire con un solo pulmón y el corazón menguado me complica las relaciones. Puedo ver a esas cucarachas sonriendo a través de la aplicación del banco, afilándose las patitas serradas y preparándose para un festín con cada nueva arremetida a la tarjeta de crédito. «Compra, compra, compra», susurran como un mantra. El malestar se debe a esa inoperancia forzosa a la que el sistema nos somete mientras hay quienes no sufren ni la picadura de un mosquito.

Carnitas es un tipo que conocí el año pasado, cuando comenzaron a llegar del otro lado de donde sea. Si alguien tiene órganos de sobra con los que traficar es él. No necesita a nadie para hacer negocio. Él mismo es capaz de reconstruirse una y otra vez, de multiplicar sus estómagos, sus corazones o sus pulmones. Hace virguerías con el resto de miembros, los que son más visibles a nuestros ojos. Es como una impresora 3D de carne, hueso y cartílago. Y lo hace a la perfección. Ya conozco a algunos que han acudido a él para saldar alguna ineludible deuda. Tarde o temprano, todos acabaremos sucumbiendo al préstamo de Carnitas. Si no queremos acabar en el lodo, convertidos en amebas, no nos queda otra. El pago parece superfluo. Unos minutos del final o, quizá, unas pocas horas robadas al presente. Puede que la absorción de algunos recuerdos escrupulosamente seleccionados. Y, todo ese suculento banquete de tiempo y experiencias, aderezado con una pizca de sueños, esperanzas e ilusiones. Carnitas es hábil en su oficio. No solo en el de crear, sino también en el de camuflar la descreación selectiva. Rellena los huecos con ruido blanco en la vigilia y pesadillas dantescas durante la noche. Solo él es capaz de que levantemos las persianas que nos aíslan del mundo cada mañana y lo hagamos con una sonrisa.

No es el único reparador de carencias. Hay otros métodos para sobrevivir. Antes incluso de conocer a Carnitas, ya había visto a esos otros. De ellos hablaré más adelante. Aún tengo que sacar conclusiones al respecto. Todavía no tengo muy claro cuánto de ellos sigue siendo humano y cuánto ha conquistado ya la máquina. Es un estado de confusión que me somete cada vez que me encuentro con algún antiguo conocido. Lo de Carnitas no tiene nada que ver. Es diferente. Lo suyo está catalogado como BIO. O eso dice él. Es una buena estrategia de venta. «Todo natural, sin conservantes ni colorantes», dice mientras escupe un puñado de dientes sobre la palma de su mano y se los guarda en la bolsita de cuero que lleva al cinto. «Siempre trabajando para y por el prójimo». Le gusta verse como un donante universal. Un dador de libertad. Aquellos dientes eran un encargo. Puede que yo también empiece por ahí. Por lo más barato. Sus precios son más competitivos que los de mi dentista, al que, dicho sea de paso, hace tiempo que no visito. A Carnitas le encanta bromear sobre eso. «Seguro que tu dentista se encuentra entre mis mejores clientes». Dice que son quienes más encargos le hacen de estraperlo, «en negro». Es entonces cuando sugiere que no hay nadie mejor ni más fiable que él. Sin embargo, dudo que haya más multiplicadores de órganos por aquí. Único dentro de su multiplicidad. Qué ironía, ¿no?

"Mañana es lunes. Las cucarachas estarán aguardando mi llegada. No temo hacerles esperar"

Me acaricio la tripa hinchada. El malestar sigue ahí, rascando sus uñas desde dentro. Recito mentalmente. Un ibuprofeno. Un paracetamol. La pastilla para la ansiedad. El antidepresivo. El protector estomacal. Nada surte efecto. El ácido de mi estómago mermado me quema la garganta. Si estropeo mis cuerdas vocales, no podré sacar nada por ellas en la subasta cuando llegue la próxima factura de la luz o revisen el contador del agua. Puede que no tenga ni para pagar el humo de los seguros ni las cuotas de las aplicaciones. Lo mío no es un caso único. Está a la orden del día. El dinero se derrite en las cuentas. Los hay en situaciones peores. No es ningún consuelo. Yo no sé si llegaré al mes que viene caminando o a rastras. El perfil de pirata con parche en el ojo y pata de palo se ha extendido demasiado por las calles. A nadie le hace gracia ya la canción de Sabina. Solo los pueblos pequeños, los más perdidos de nuestra geografía, mantienen intactos a sus vecinos. Es allí donde están emigrando la mayoría, resignados, dolidos por la creciente voracidad de los titiriteros. Los más valientes han montado sus tenderetes en Sol, pero los buitres son voraces. Es en las grandes ciudades donde los bocados son más suculentos. Donde la masificación les permite arrancar centenares de miembros de una sola dentellada. No. No merece la pena hincar el diente allí donde viven cuatro gatos.

Me he arrastrado hasta el baño para escupir un cuajarón de sangre. Ha aparecido el símbolo del euro sobre la superficie carmesí. Aún estoy de rodillas cuando suena el móvil. Una alerta. Otra más. No me atrevo a levantarme. Sé lo que significa. Conozco las consecuencias. Cierro los ojos y respiro. El reloj vibra sobre la muñeca reclamando mi atención. No lo puedo obviar y miro. «¡Saldo insuficiente!». Si llorar o gritar fuese una opción, ahora mismo estaría haciendo ambas cosas. Mañana es lunes. Las cucarachas estarán aguardando mi llegada. No temo hacerles esperar. Haré una parada. En la esquina trasera del Café Moi. Es allí donde Carnitas ha improvisado su chiringuito. Iré por detrás. No quiero que Lola ni Faruk me vean. Llevo tiempo sin poder tomarme un café fuera de casa. Respiro hondo y me relajo. Todo saldrá bien. Ya sabía que los sueños tenían un precio antes de empezar. Ya es hora de que me deshaga de ellos. Soltar lastre para poder seguir viviendo. Es mero instinto de supervivencia.

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