Nueve kilómetros cuadrados, dos nombres y siglos de historia: así es la isla más oriental de Grecia.
La enorme fragata se dispone a abandonar la bahía; el ferri que viene de Rodas está a punto de llegar y en el pequeño puerto apenas hay espacio para las dos embarcaciones. Durante unos minutos, la vida de Mandraki, el único núcleo habitado de la isla de Kastellorizo, se centra en las maniobras de los dos buques.
Una frontera en el Mediterráneo
La ubicación geográfica de Kastellorizo, en medio de las rutas marítimas del Mediterráneo oriental, la convirtió en un lugar de tránsito de comerciantes, ejércitos y civilizaciones. Los primeros asentamientos se remontan al Neolítico; después llegarían minoicos, micénicos, fenicios, griegos, romanos, bizantinos y cruzados. Algunos pueblos se asentarían en la isla, otros simplemente estarían de paso, como los licios, que excavaron una tumba en una colina, único vestigio en Kastellorizo de este pueblo de Asia Menor. La isla incluso llegó a ser el territorio más remoto de la Corona de Aragón.
Más tarde, Kastellorizo quedaría integrada en los dominios de las potencias que se disputaron el control de este rincón estratégico del Mediterráneo. En el siglo XX, la isla pasó a ser el territorio más oriental de Grecia. En 1943 los nazis la bombardearon y redujeron a cenizas decenas de viviendas, obligando a buena parte de la población a partir al exilio, hacia Rodas, Atenas y Australia. En Kastellorizo quedaron quienes no pudieron marcharse, obligados a reconstruir la isla con apenas recursos. Hoy es una de las denominadas islas militarizadas de Grecia, donde viven cerca de medio millar de personas, incluidos los militares destinados en esta pequeña isla fronteriza.
La proximidad con Turquía no es para los habitantes de la isla una circunstancia geográfica y política sin más, sino una parte inseparable de su identidad. Como en casi todos los territorios de frontera, el movimiento de población es constante; en el caso de Kastellorizo, se produce en las dos direcciones. En el transbordador que conecta el puerto turco de Kaş con el de Kastellorizo llegan turcos que quieren pasar unas horas en la isla y disfrutar de su oferta gastronómica y de ocio; en sentido contrario, los isleños cruzan a Kaş para hacer compras.
En Kastellorizo las banderas griegas están por todas partes y son una forma de hacer visible la soberanía griega en un territorio situado a pocos kilómetros de la costa turca.
La mujer que defendió una frontera
Precisamente una bandera fue el arma con la que una mujer defendió durante décadas una frontera. En 1923, Despina Ajladioti se instaló en el islote de Ro, a unas pocas millas de distancia de Kastellorizo. Allí, lejos de los grandes frentes de la guerra, Ajladioti —más conocida como la Dama de Ro— comenzó una resistencia silenciosa: cuando en 1929 los turcos izaron su bandera en la isla, confeccionó una bandera griega con una sábana blanca y unos retales azules. Durante cuarenta años, hasta su fallecimiento en 1982, cada mañana la izaba en un mástil de más de cuatro metros de altura para los barcos que navegaban frente a la isla pudieran verla, y la arriaba al caer la noche. La Dama de Ro está enterrada en su isla, bajo el mástil.
El escultor al otro lado
Recorriendo la orilla occidental de la bahía, un muro, una puerta y una bandera de la Unión Europea parecen marcar el final del núcleo habitado de Kastellorizo. Sin embargo, un estrecho sendero se adentra unos metros más allá y conduce hasta un antiguo almacén de carburantes donde el escultor Aléxandros Zyguris tiene su taller.
Cuando Zyguris llegó a la isla, en 1979, reparó los muros del viejo almacén, llenos de impactos de bala porque los militares griegos lo usaron durante años como diana; limpió el interior y lo convirtió en su taller. Desde hace casi medio siglo, el escultor pasa allí ocho meses al año, dedicado por completo a sus esculturas. Durante el día, trabaja en el interior del inmueble, que no tiene ni agua corriente ni electricidad. Cuando cae la noche, duerme en una pequeña tienda de campaña, rodeado de la naturaleza y de las esculturas que ha tallado en las rocas calizas que rodean el taller.
Recuerda que, cuando llegó a la isla, los vecinos trataban de sobrevivir entre las ruinas de la guerra. Eran, según cuenta, «gente humilde, pero con principios», que trataba de reconstruir con sus propias manos algunas de las viviendas abandonadas. Zyguris rara vez se adentra en el pueblo. Con los isleños mantiene, dice, una relación «ni fría ni caliente». En los 47 años que lleva viviendo en Kastellorizo, asegura que han sido muy pocas las veces que se han acercado hasta su taller. Paradójicamente, su fama ha traspasado las fronteras de la isla y sus esculturas se han convertido en uno de los principales atractivos de Kastellorizo; cada año llegan hasta allí decenas de turistas de todo el mundo. El escultor los recibe descalzo, en camisa y vaqueros y les muestra sus esculturas, conversa con ellos y, de vez en cuando, encuentra algún comprador.
El artista sitúa su distanciamiento con los isleños tras del rodaje de la película Mediterráneo, de Gabriele Salvatores. Estrenada en 1991, la cinta cuenta la historia de ocho soldados italianos enviados durante la Segunda Guerra Mundial a custodiar una pequeña isla griega de importancia estratégica. Poco a poco, los soldados dejan de comportarse como ocupantes y comienzan a formar parte de la vida de la comunidad. Cuando la película ganó el Oscar a la mejor película extranjera, comenzó también una transformación que cambiaría para siempre la relación de Kastellorizo con el exterior: la película convirtió la isla en un destino turístico. Primero llegaron numerosos turistas italianos, seguidos de los griegos que habían emigrado a Australia durante la Segunda Guerra Mundial y que, al reconocer en la pantalla las casas que habían dejado atrás, regresaron a la isla. Para Zyguris, sin embargo, el éxito de la película tuvo otra consecuencia: Kastellorizo dejó de ser, a sus ojos, la isla que había conocido en 1979, aquella «donde la gente vivía de otra manera», con otros principios y sin la presión de convertir cada rincón en un recurso económico.
El mar no entiende de fronteras
Las fronteras tampoco existen para las criaturas que habitan las aguas cristalinas de este rincón del Mediterráneo. El calentamiento del mar y la llegada de especies a través del canal de Suez han convertido estas costas en un territorio sin fronteras para la vida marina. Decenas de especies llegadas de otros mares han colonizado las aguas de Kastellorizo. Entre ellas están el pez globo plateado y el pez león, que despliega sus largas aletas durante la noche en las aguas donde amarra la fragata. Un isleño me explica que, hasta hace unos años, algunas de estas especies apenas se encontraban en aguas superficiales y que ahora han ido ganando terreno y profundidad, desplazando a salmonetes, escorpinas y otros peces de roca.
Las fronteras también se han difuminado entre los animales y los humanos: en el puerto, una decena de tortugas Caretta caretta recorre las aguas frente a las tabernas en busca de los restos de pescado que les arrojan turistas y taberneros. Frente a la taberna Alexandra, cinco tortugas y una gaviota a la que los isleños conocen como Marcos esperan pacientemente, casi inmóviles, hasta que algún comensal se apiada y lanza al agua un trozo de pescado.
También nosotros atravesamos las fronteras del territorio de los animales. En la costa noroeste de Kastellorizo se abre la Gruta Azul, una cavidad a la que solo se puede acceder cuando el mar está en calma. Para atravesar la entrada, que tiene apenas un metro de altura, hay que tumbarse boca arriba sobre la barca y esperar a que el patrón dé un acelerón que permita deslizarse bajo la roca. Al otro lado se abre una cámara natural de unos 35 metros de altura y 75 de longitud. A primera hora de la mañana, cuando el sol todavía está bajo sobre el horizonte, la luz se cuela por la diminuta abertura de la entrada y tiñe el interior de un azul eléctrico. En las pequeñas cavidades de sus paredes encuentran refugio las hembras de foca monje y sus crías.
Más allá de las fronteras
Desde hace una década el cine ha vuelto a convertir Kastellorizo en un puente entre culturas. Al caer la noche, tres pantallas repartidas en distintos rincones de Mandraki acogen el Beyond Borders, festival internacional de cine documental que abre en Kastellorizo una ventana al mundo. Las proyecciones abordan conflictos, migraciones, transformaciones sociales y, por supuesto, fronteras.
Una de esas noches, bajo la luz de la luna llena, se proyecta Yrupé, de la española Candela Sotos, la historia de un hombre que cruzó fronteras en busca de una planta desconocida. Otra noche, todas las butacas están llenas durante la proyección de Los viajeros, del director camerunés David Bingong, que narra en primera persona su viaje hasta conseguir entrar en Ceuta desde Castillejos.
Mientras las imágenes iluminan la noche de la isla, pienso que Kastellorizo no es un confín, sino un punto de encuentro. Durante siglos, por aquí han pasado pueblos, ejércitos y viajeros; el mar ha separado territorios, pero también los ha conectado. Quizá por eso las fronteras parecen aquí menos nítidas, como si el horizonte marino las desdibujara. Y quizá por eso también un festival llamado Beyond Borders haya encontrado en esta isla su lugar natural: porque, por unas noches, el cine hace que lugares distantes se acerquen y que las fronteras, sin desaparecer, dejen de parecer infranqueables.





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