Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Martes, 27 de octubre de 1936: En la cárcel de Ventas
Venga, todos al patio. ¡He dicho que al patio!
Pronto, entre los milicianos se distinguió uno con pañuelo rojinegro al cuello. Desde el inicio de la guerra, muchos vigilantes de las cárceles eran anarquistas. Los anarcosindicalistas, antiguos reclusos, tenían interés en un lugar que conocían bien. Hoy aquel hombre cetrino, mal vestido con chaqueta raída y alpargatas, pero luciendo al cinto un pistolón, se encaró con los reos. La dureza de su tono contrastaba con los chascarrillos de la víspera. Los presos comprendieron el cambio. Alguno sintió un escalofrío. Había llegado noticia, por uno de los guardianes, de lo ocurrido en otras cárceles.
—Compañeros, tenéis una última oportunidad de abrazar la buena causa. Si decidís abandonar vuestras ideas y retiráis el apoyo a los franquistas y a los alemanes que nos bombardean; si renegáis públicamente y por radio, y juráis lealtad a la República, se os permitirá ir al frente a batiros por vuestras familias, y a defender la causa de los leales. ¿Qué decís? Que dé un paso al frente quien esté dispuesto…
Entre los presos había mucho militar. Oficiales sin insignias pero que seguían vistiendo, orgullosos, camisa y pantalón de uniforme. Civiles de clase acomodada que se distinguían, ya que no por la ropa, sucia y arrugada, por sus manos de dedos finos y piel delicada.
Entre los agrupados había dos intelectuales de la derecha, dos Ramiros, Maeztu y Ledesma. Ambos muy diferentes. Maeztu, de la generación del 98 y autor de Defensa de la hispanidad, de pensamiento tradicionalista, católico. Ledesma, funcionario de correos e ideólogo del fascismo español, fundador de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista ( JONS) que luego se fusionaría con la Falange Española de José Antonio.
Ni Maeztu, de profundas convicciones religiosas y gran entereza de carácter, ni el joven Ledesma, más lúgubre pero igual de idealista y visceral, hicieron el menor gesto. Ni ellos ni ninguno de los demás dio un paso al frente.
—¿No hay nadie que quiera redimirse de sus pecados? Lo imaginaba. Sois todos traidores al Gobierno legítimo y a vuestra patria. Enemigos de la clase obrera y de la República. Pronto os arrepentiréis, cabrones. ¡Llevadlos a todos de vuelta a sus celdas!
Los guardias se los llevaron a culatazos.


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