Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 29 de octubre de 1936: El Colegio de España en París
Qué alegría encontrarle aquí, en París. ¿Cómo está usted, don Pío?
—Mucho tiempo sin vernos. Es lamentable tener que encontrarnos en este Colegio de España, en medio de tantos exiliados, en circunstancias deplorables…
—No lo sabe usted bien. Veo que usted no se aloja aquí. ¿Está de paso?
—Vengo a saludar a un viejo amigo, don Pío. ¿Le apetece que demos un paseo juntos a orillas del Sena, o prefiere que nos sentemos en un café?
—Prefiero pasear. Echo de menos las caminatas que solíamos dar en tiempos en el Madrid de principios de siglo. Mucho ha cambiado el mundo. Pero tengo curiosidad, Azorín, ¿dónde se aloja usted?
—He llegado con mi mujer, Julia. Estamos provisionalmente instalados en el Hotel Terminus. Junto a la estación de Orsay.
—Buen sitio. ¿Se puede saber cuál ha sido su periplo?
—No tan accidentado como el suyo, por lo que me dicen sus compañeros de residencia, pero tampoco afirmaré que agradable. Tuve la suerte de que nuestro común conocido, el librero Noguelores, intercediera ante el ministro de Estado, Álvarez del Vayo…
—Curiosa recomendación.
—Álvarez del Vayo se acordaba de la vez que, en el año 34, nos manifestamos Unamuno, Valle y yo, salvando de la pena de muerte a veinte presos de Oviedo. En febrero, yo había expresado mi adhesión al manifiesto de la Unión Universal por la Paz promovido entre otros por él. Eso, y una cierta benevolencia del Gobierno hacia los intelectuales, ha permitido mi salida…
—¿Y por dónde ha llegado usted?
—Partí de Madrid para Valencia. De allí cogí otro tren hasta Barcelona.
—¿No le pusieron problemas en la frontera?
—Alguno. Me detuvieron militantes de la FAI, pero yo llevaba ciertas cartas que conservaba de Blasco Ibáñez. Al verlas, me dejaron seguir. Me desearon buen viaje. Pobre Blasco. Diez años bajo tierra, pero la taumaturgia que practicaba en su juventud, prolongada desde la ultratumba, me ha salvado la vida. Tras pernoctar en Toulouse, puse rumbo a París. Me acompañó en el viaje el doctor Teófilo Hernando, supongo que lo conoce.
—¿Cómo es que ha escogido Francia y no algún país suramericano?
—Por lo mismo que usted, querido Pío. Admiro este país. Me he formado con clásicos franceses. Ambos sabemos que París es de los raros sitios donde las cosas concuerdan con el espíritu. Todo contribuye: clima, topografía, la feracidad de los campos, la luz suave, la nebulosidad, este gris dulce que me es tan agradable, el río apacible, la arquitectura racional. Hay aquí un equilibrio entre sensibilidad e inteligencia, entre lo popular y selecto, que no puede sino complacerme, como también usted. Yo sé que usted ha venido a París a menudo. En mi caso han pasado doce años desde mi última estancia. No negaré que no eche de menos la luz del mediterráneo y el bullicio madrileño. Pero puestos a escoger una prisión, París es la mejor… Le veo más sombrío de lo habitual, don Pío…
—¿No se ha enterado de la que montaron Unamuno con Millán-Astray en octubre?
—Algo oí, sí.
—Desde entonces está recluido en su casa. Dicen que no sobrado de salud.
—Todo lo que está ocurriendo es desagradable, don Pío.
—¡Ay los del 98, Azorín, qué mal estamos quedando! ¿Sabe? Tengo la impresión de que hemos vivido y escrito demasiado. Estorbamos. Incluso en el Colegio de España, donde debo compartir residencia con mucho español. Los hay que se confabulan para que me quiten la pensión. Piensan que no soy lo suficientemente republicano.
—Yo por eso he evitado el lugar.
—Yo también lo haría, Azorín, si tuviera los medios. Mis colaboraciones en la prensa americana, la del sur, por el momento, apenas me permiten sobrevivir mal que bien.


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