Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 29 de agosto de 2026: Llega el embajador de la URSS
A la una del mediodía, la gente se congregaba en la plaza de Oriente. Mientras la comitiva entraba en palacio, la guardia republicana, con uniforme completo, gorra militar y guantes blancos, interpretó el Himno de Riego y la Internacional. Cipriano Rivas Cherif escribió después que era de una solemnidad melancólica. Los dos himnos fueron escuchados por el gentío al tiempo que el embajador salía del automóvil oficial, justo cuando se espantó el caballo que montaba uno de los guardias de su escolta, que a poco estuvo de tirarlo a tierra y de pisotear a los curiosos.
Poco antes el introductor de embajadores, López Lago, acompañado de la escolta presidencial, había recogido al diplomático ruso en el hotel Alfonso, donde se alojaba y donde en el balcón principal ondeaba una enorme bandera soviética. A su puerta hacían guardia las milicias, y un creciente público lo siguió entre aplausos y vítores a lo largo de su recorrido por Gran Vía, plaza de España, Bailén.
Nada más entrar en palacio, en el salón de Columnas esperaban dos secretarios del Gabinete diplomático. Ambos acompañaron a Rosenberg hasta el salón Gasparini, donde aguardaban el presidente de la República y su séquito, todos de gala. Era la primera vez que la URSS tenía representación oficial en España y la ceremonia fue bastante más cordial que el protocolo diplomático habitual de una entrega de credenciales. Azaña, tras saludar al embajador, hizo personalmente las presentaciones de los miembros de su séquito.
—Embajador, le presento al ministro de Estado don Alejandro Barcia, al jefe de mi Cuarto Militar, general Masquelet, y a mi jefe de prensa. Permítame presentarle también a mi cuñado, el señor Rivas Cherif, dramaturgo y futuro representante de la República española en Ginebra…
Rosenberg —americana, sombrero gris, corbata a rayas— presentó a los suyos. Con ellos iba el periodista del Pravda, Mijaíl Koltsov. Las conversaciones se desarrollaron en francés, idioma que Azaña dominaba perfectamente.
—Monsieur Koltsov, tengo ya el gusto de conocerle. Me entrevistó hace cinco años, y ha vuelto a hacerlo recientemente. Encantado de encontrarle de nuevo…
Koltsov sonrió halagado. Su fama de hombre de confianza de Stalin le precedía. Poco a poco se habían instalado todos en las posiciones previstas para la ceremonia. Por fin, el embajador soviético leyó su discurso:
—Monsieur le president. Tengo el honor de entregaros las cartas credenciales por las cuales el Comité Ejecutivo Central de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas me nombra embajador extraordinario y plenipotenciario. Al acreditarme cerca de vuestra excelencia, que encarna la voluntad libremente expresada del pueblo español de vivir dentro de la dignidad de sus instituciones democráticas, el Gobierno de la Unión Soviética desea que se establezca entre nuestros dos países una perfecta cordialidad. Debemos trabajar por el afianzamiento de la paz entre naciones y consolidar las bases de una colaboración pacífica entre nuestros pueblos. Sé perfectamente que el Gobierno de la República no impone a otros su propia concepción política y social, actitud que corresponde a la de mi Gobierno, y deseo vivamente que, para el ejercicio de mi misión, me sea concedida la confianza de vuestra excelencia…


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