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Ellos escuchan

Nos han hecho prometer que no diríamos nada sobre la localización de este lugar. Han sido unas vacaciones improvisadas a las puertas de Samhain, el fin de las cosechas y el comienzo del invierno. Si bien, aún quedan meses para que el frío comience a mordisquear los huesos con su humedad y tengamos que desempolvar los abrigos, la brisa fresca que viene del Mediterráneo, especialmente aquí, nos pellizca las mejillas y acaricia nuestras nucas como amantes de ultratumba. Nos dicen que aquí no conocen el infierno y confiesan que nunca han visto la nieve ni han sentido la necesidad de cubrir sus brazos con prendas más gruesas que una delgada chaqueta de algodón. La temperatura del agua tampoco es muy baja. El primer chapuzón impresiona un poco, pero luego el cuerpo se acostumbra y esa masa cristalina se siente casi demasiado cálida. Incluso de noche. Aunque nos han recomendado que no lo hagamos. Sobre todo si hay luna, aunque sea (como es el caso) en fase de gibosa menguante.

Zoe se ha quedado con sus abuelos. Esta ha sido una escapada romántica. La primera desde que fuimos padres. Se siente extraño. Como si nos faltara un apéndice. Es algo a lo que debo acostumbrarme; tarde o temprano, el pajarillo abandonará el nido. Me lo digo a menudo. A pesar de nuestras discusiones diarias —todos sabemos lo complicada que es la preadolescencia— no imagino una rutina sin ella rondando por aquí, moviéndose por el mundo con más independencia de la que yo jamás me atreví a ostentar hasta bien pasada la veintena. Hemos hablado con ella hace un momento. Es temprano, pero estaba despierta. Mirando el móvil. Es algo que tendremos que advertir a mi madre: que no sea tan permisiva ni con ella ni con las perras. Es una discusión perdida de antemano y lo sabemos. «Pobrecita. Déjala. Si es muy buena», nos dirá. Igual que nos dice cuando le pedimos que no sobrealimente a Perla y Bella. En cierto modo, tiene razón. Si no malcría ella a sus nietos, quién lo va a hacer. Para eso están: para consentir como abuelas lo que no consintieron como madres.

"El mismo vecino que nos había explicado lo de los moluscos, hizo mutis por el foro y evadió nuestras preguntas cuando quisimos saber cómo era posible algo así"

Aquí aún está oscuro. Una fina hebra dorada comienza a estirarse sobre el horizonte marino. Es un azul demasiado claro. Los barcos proyectan sus sombras moribundas sobre el fondo y casi parece que estuviesen suspendidos en la nada. No hay algas ni rocas. Los peces, cuando termina de despuntar el alba, también parecen flotar por esa superficie cristalina, casi invisible. Es mágico. Por más que he observado la costa, no he encontrado rastro alguno de los moluscos. Uno de los aldeanos me ha dicho en su idioma (lo que he podido entender con ayuda del traductor del móvil) que se trata de quetodermos, animales vermiformes recubiertos de una superficie quitinosa, pero sin concha. Nos ha dicho que no hay nada que temer y ya se sabe que, cuando alguien te advierte de este modo, es cuando más prudente hay que ser.

Hace dos días, la fachada recibía el amanecer con su imponente blanco nuclear que parecía reflejar al mismo sol. Desde la playa, a unos quinientos metros, podíamos ver la casa destacando sobre la negrura de la noche en retirada. Como un satélite anclado en el terruño o emergiendo del abismo como una diosa. Ayer, los quetodermos habían tapizado por completo las paredes exteriores y absorbido por completo esa blancura. Estamos convencidos de que no llegaron aquí por sus propios medios, sino que fueron arrastrados por una inmensa ola, fue el mar el que deslizó su larga lengua y los depositó justo allí. El mismo vecino que nos había explicado lo de los moluscos, hizo mutis por el foro y evadió nuestras preguntas cuando quisimos saber cómo era posible algo así. Nos hizo callar con un dedo en los labios mientras miraba de reojo todos esos gusanos rígidos y retorcidos pegados a la pared. «Ellos escuchan», fue lo que dijo. O lo que entendimos.

"El alivio relaja nuestros hombros. Nos besamos y volvemos a respirar. Las maletas ya están listas sobre la cama"

Hoy hemos visto cómo el agua se deslizaba por debajo de la puerta y se colaba a través de las ventanas, elástica, ingrávida, viva, en un vaivén que semejaba una profunda respiración. Su espuma susurraba nombres que no éramos capaces de descifrar mientras lamía las paredes y el suelo del salón, la cocina y el cuarto en el que estábamos acurrucados. Fue Evan la primera en advertir aquella embestida suave y el crujir de las criaturas marinas acomodándose sobre la cal de las paredes, la madera de los muebles y la loza del suelo. Hemos tenido mucho cuidado al salir para no pisarlos. Nos echamos una toalla por encima para espantar el frío repentino que se nos metía dentro. Exhalamos un vaho denso y pesado que caía a nuestro pies y se deslizaba entre esas cosas como si también tuviera vida propia. El mar hace horas que se ha retirado, pero persiste el aroma a salitre, intenso y picante en el paladar y la nariz. No hemos conseguido desprendernos de la sensación de estar siendo observados hasta que hemos salido al porche y, aún así, los crujidos no dejan de susurrar a nuestras espaldas.

Mientras el sol se eleva, vemos que el camino de la playa hasta nuestra casa, está lleno de esas cosas y otras que no habíamos visto hasta ahora. Son pedacitos de naufragios, trozos de vasijas desgastadas, cubiertas por esos arabescos intrincados de coral, huesos de peces y de, tal vez, algunos mamíferos que se ahogaron en esas aguas. Son lisos, redondeados, suaves. Por algún motivo, me asustan menos que esos moluscos con forma de lamprea. Los acaricio y dejo volar mi imaginación hacia las vidas que una vez fueron. No vemos los ojos del aldeano, pero intuimos su mirada. Es oscura. Esconde algo. Un secreto que no esperaba tener que contar y que, por supuesto, no desvelará. Nos observa un rato con el ala ancha de su sombrero de paja haciendo sombra sobre su rostro. Alza la mano y la agita en el aire para hacerse notar. Correspondemos con una sonrisa tímida mientras apreciamos como el mar se retrotrae en un espasmo y todas las cosas que hay a nuestros pies, en las paredes, en la habitación, se agitan como un sonajero gigante y rebotan a nuestro alrededor y descienden y caen y se arrastran hasta desaparecer bajo las aguas cristalinas de aquel mar escondido en un lugar remoto del que, hemos prometido, no hablaremos. El alivio relaja nuestros hombros. Nos besamos y volvemos a respirar. Las maletas ya están listas sobre la cama. No tardaremos en tomar el avión de vuelta a casa y, cuando nos pregunten, obviaremos el escalofrío a medianoche y los ojos invisibles de esos cuerpos quitinosos pegados para siempre a las paredes de nuestras pesadillas.

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