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Eso no estaba en mi libro de la Revolución Francesa, de Ernest Bendriss

Eso no estaba en mi libro de la Revolución Francesa, de Ernest Bendriss

¿Sabías que la toma de la Bastilla fue, en realidad, un extraordinario golpe de propaganda? ¿Que el matrimonio de Luis XVI y María Antonieta pudo haber cambiado el rumbo de Europa? ¿Que la Revolución francesa no nació con la intención de abolir la monarquía? ¿O que las mujeres, relegadas durante mucho tiempo por los manuales escolares, también desempeñaron un papel decisivo en la Revolución?

A continuación reproducimos un fragmento del libro Eso no estaba en mi libro de la Revolución Francesa (Almuzara), de Ernest Bendriss.

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AVISO A NAVEGANTES

La Revolución francesa constituye, en esencia, la creación de un «hombre nuevo», mediante una transformación ideológica fundamentada en principios de índole abstracta alejados de las realidades concretas. Uno de los logros más relevantes de este proceso fue el desarrollo de una nueva semántica, establecida gracias a estrategias que combinaron métodos coercitivos con una amplia difusión. En 1789, el término «regeneración» alcanzó gran notoriedad y aceptación general, influyendo incluso en el monarca, quien lo utilizó en su discurso dirigido a los representantes de los tres estamentos reunidos en Versalles. El ideal revolucionario buscaba construir una Francia transformada, con el propósito central de establecer un orden cimentado en principios científicos, considerados fundamentales para garantizar un reino de felicidad puramente material e inmanente. Este anhelo de perfección, guiado por la ciencia y la razón, marcó el carácter maniqueo que distinguió a la Revolución desde el inicio. La regeneración del país implicaba dejar atrás siglos de historia para dar forma a un modelo completamente nuevo, donde el Estado asumiera un control absoluto sobre todos los aspectos de la vida individual. Para concretar esa transformación, era esencial reformar el lenguaje, adaptándolo para ejercer una influencia más profunda en las mentes. Sin duda, esta renovación semántica representó uno de los mayores logros impulsados por la Revolución.En coherencia con sus ideales, conceptos como patria, nación y pueblo fueron redefinidos bajo el prisma de la nueva perspectiva ideológica. Para los revolucionarios, el concepto de patria dejó de estar vinculado a narrativas históricas, territorios geográficos o comunidades heredadas, transformándose en la idea de una colectividad ciudadana fundamentada en principios universales. Ya no era percibida como un legado ancestral, sino como una construcción republicana abierta al mundo. En este contexto, la noción de patria se alineaba plenamente con la República, haciendo que los términos patriota y republicano resultaran equivalentes. Dentro de este marco conceptual, palabras como patria, constitución, libertad, pacto social y revolución eran vistas como intercambiables, reflejando una misma esencia. Este enfoque otorgó a la lucha revolucionaria un fuerte carácter ideológico y una perspectiva absoluta. Los enemigos dejaron de ser exclusivamente otras naciones,¡ convirtiéndose en cualquiera que rechazara la Constitución, se opusiera a la Revolución o cuestionara la felicidad abstracta y el fervor promovidos por los revolucionarios.

Por otro lado, el patriota era definido como aquel que adoptaba los principios revolucionarios, independientemente de su origen o trayectoria personal. En esta reinterpretación semántica, el término pueblo dejó de aludir exclusivamente a la población francesa y pasó a referirse a los seguidores de la Revolución. Esta ambigüedad entre el pueblo real y el pueblo ideal alcanzó su máxima expresión durante el período del Terror, cuando las principales víctimas fueron personas humildes ajenas al discurso abstracto revolucionario. La Revolución francesa no puede entenderse como un mero proyecto reformista; fue más bien una aspiración radical por transformar profundamente la sociedad, fuertemente influida por los ideales ilustrados. Las asambleas revolucionarias reflejaron claramente su compromiso con la filosofía de «tabla rasa», impulsando un cambio absoluto que buscaba no solo modificar lo ya existente, sino también fundar un nuevo paradigma conceptual y estructural acorde con su visión del mundo. Este enfoque llevó, por ejemplo, a reemplazar las referencias espaciotemporales tradicionales vinculadas a la monarquía con un nuevo modelo republicano simbolizado por una nueva toponimia (ciudades, localidades, plazas, calles, etc.) y un calendario renovado. Además, eliminar a los opositores fue considerado indispensable para la regeneración social que se pretendía. El proceso de radicalización comenzó con la eliminación de los enemigos declarados de la Revolución, particularmente los realistas, y terminó dejando incluso a los mismos revolucionarios como víctimas, incluidos aquellos considerados moderados o menos comprometidos, pues siempre se señalaba a alguien como más «puro». Es relevante mencionar que el ambiente de terror se gestó desde el 14 de julio de 1789, mucho antes de la caída de la monarquía. Por otro lado, la Revolución se encuentra asociada a varios mitos, entre ellos la presunta oposición ideológica entre girondinos y montañeses. Dicha confrontación era más una lucha personal que política. Otro mito recurrente es que la Revolución marcó el inicio de la democracia en Francia. Mucha gente percibe que el movimiento revolucionario de 1789 dio lugar a un Estado democrático. Esta perspectiva merece ser reevaluada, ya que, en realidad, los revolucionarios instauraron un sistema representativo censitario que estaba lejos de ser democrático. Es importante subrayar que las mujeres y aquellos que no cumplían ciertos criterios económicos relacionados con renta o propiedad quedaron excluidos del derecho al voto. Como demostró el historiador François Furet, la Revolución francesa, con toda su complejidad intrínseca, debe entenderse fundamentalmente como una revolución ideológica.

Se trató de un desorden político total cuyo objetivo era destruir el orden social y jurídico existente para sustituirlo por otro basado en una ideología considerada científicamente irrefutable. Entre los años 1789 y 1793, esta última fecha comúnmente asociada con la radicalización de la Revolución, no se observó una diferencia fundamental, sino más bien un simple cambio en la magnitud de los acontecimientos. En efecto, 1793 fue, en muchos sentidos, un desenlace inevitable de lo que había comenzado en 1789. A diferencia de la Revolución Gloriosa británica de 1688, la Revolución francesa no se enfocó en restablecer libertades tradicionales vinculadas con la monarquía. Los revolucionarios perseguían una meta diferente: la creación del ciudadano como una nueva entidad, liberándolo por completo de cualquier vestigio de un pasado que despreciaban. La formación de este «nuevo Adán» se convirtió en un elemento esencial dentro de la perspectiva política de los jacobinos. Este proceso de metamorfosis del ser humano habría sido inconcebible sin el materialismo antropológico impulsado por los enciclopedistas. Se concebía al ser humano como una máquina que respondía a estímulos del exterior, lo que conllevaba la creencia de que su entorno podía influir en él y, por ende, modificar su naturaleza a través de cambios en su percepción. Para Robespierre, el objetivo del gobierno revolucionario era evidente: «fundar la República». Esto significaba edificar una sociedad compuesta por ciudadanos republicanos virtuosos, totalmente entregados a los ideales de la Patria, la Democracia, la República y la Igualdad. Esta dedicación, incluso, debía llegar al sacrificio de sus bienes, sus afectos y su propia persona. La Patria revolucionaria pretendía instituirse como una nueva religión, como lo evidencian términos como «regeneración» y el concepto del «hombre nuevo». Pronto, los líderes de la Revolución adoptaron una terminología religiosa para exaltar estos ideales, levantando «altares» dedicados a la Patria en torno a los cuales tenían lugar las celebraciones revolucionarias. En cuanto a los discursos contrarrevolucionarios, Robespierre no vacilaba en emplear el término «blasfemia».

Incluso la denominación de «Montaña», usada para referirse a la izquierda en la Asamblea, portaba ciertas connotaciones religiosas; no en vano, se llegó a hablar ocasionalmente de la «Santa Montaña». Para transformar al ser humano, los jacobinos recurrieron en primer lugar a la ley, cuyo alcance de acción no conocía límites, interviniendo incluso en cuestiones metafísicas. Esto queda evidenciado en el artículo primero del decreto del 7 de mayo de 1794, que establecía el reconocimiento oficial por parte de la República de la existencia del Ser Supremo y la inmortalidad del alma. A través de la legislación, también modificaron aspectos fundamentales como la partición de herencias, buscando desmantelar rápidamente grandes patrimonios. En el ámbito educativo, los jacobinos desarrollaron un plan cuyo principal objetivo era la formación de ciudadanos republicanos. Incluso se llegó a proponer la separación de los niños, desde los cinco años, del entorno familiar para entregarlos al cuidado y enseñanza del Estado.

Robespierre defendió esta idea el 29 de julio de 1793, argumentando que garantizar la educación de los jóvenes en los principios republicanos e igualitarios debía considerarse tanto un deber paterno como un imperativo ciudadano. Para quienes rechazaran esta medida, se sugirió una sanción económica como la duplicación de sus impuestos directos. El diputado de la Convención, Antoine Thibaudeau, resumía esta perspectiva al señalar que los niños debían ser considerados propiedad del Estado, siendo los padres meros custodios temporales. En su propósito de transformar completamente el orden social, instauraron un nuevo calendario que simbolizaba la sustitución de las referencias religiosas por la exaltación de la naturaleza. Además, crearon una religión cívica fundamentada en el respeto al contrato social y las leyes, buscando canalizar el fervor religioso hacia el servicio a la nación. Para reforzar esta transformación colectiva, organizaron festividades cívicas con elaborados espectáculos artísticos destinados a impactar emocionalmente a los individuos y modificar su mentalidad sin que tuvieran plena conciencia de ello. Por último, en su lucha contra los opositores a la Revolución, aplicaron una política de terror amparada en la legalidad. Robespierre expresó claramente este enfoque el 8 de mayo de 1793, durante una discusión sobre la sublevación en la Vendée, indicando que las leyes ofrecían todas las herramientas necesarias para eliminar legalmente a los enemigos de la Revolución. Desde ese momento, la política del Terror, que perpetuaba el clima de miedo instaurado en Francia desde que las primeras cabezas fueron expuestas en picas el 14 de julio de 1789, se percibe menos como una reacción de supervivencia frente a las amenazas hacia la República de 1793 y más como un instrumento de regeneración social que prefiguraba los regímenes totalitarios del siglo XX. Un ejemplo claro fue la política de exterminio implementada en la Vendée por la Convención el 1 de octubre de 1793. Y el eco de la Revolución francesa siguió resonando a lo largo del siglo XIX, antes de convertirse en una poderosa fuente de inspiración para Lenin y sus secuaces bolcheviques.

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Autor: Ernest Bendriss. Título: Eso no estaba en mi libro de la Revolución Francesa. Editorial: Almuzara. Venta: Todostuslibros.

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