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La culpa

[Imagen: Inés Valencia]

LOS TRECE ESCALONES, LXXIV: LA CULPA

A simple vista, no era más que una postal. Una de tantas, de las docenas y docenas que Ramón me había ido enviando los últimos cuarenta años. Ojalá pudiera decir que las conservo todas, pero no es cierto. Dos de las cajas se perdieron en la mudanza —la tercera— de San Bartolomé a Pandiella. Curiosamente, la guitarra se esfumó con ellas. Eso me dolió menos. Al fin y al cabo, llevaba —llevo— sin tocar desde noviembre de 1962.

El caso es que la postal parecía una más. Una playa paradisíaca, aguas de un turquesa imposible, una puesta de sol de puro fuego, dos palmeras lánguidas, como pilladas en plena siesta. “República Dominicana”. Siempre he odiado un poco a Ramón por sus constantes viajes. Yo, como casi cualquier mujer nacida con la mitad del siglo veinte, elegí casarme y tener hijos. Una decisión bastante estúpida. Alfredo se largó con su secretaria —porque ni una idea original tuvo el pobre en toda su existencia— y me dejó rumiando rencores, en compañía de los hijos que nunca llegaron. No importa. Me acomodé a una soledad plácida de libros, silencios y paseos. Pero divago una vez más…

La postal, decía, era tan típica de Ramón como el texto que la acompañaba. “Saludos, gorda, espero que todo bien. Yo aquí, en esta vida miserable, jajaja, ya ves, y tú qué tal”, etc. La firma, con el corazoncito ridículo, como un premio de consolación. Y, entonces —así, como que no quiere la cosa—, la frase final, ahí suelta, bajo el familiar garabato de la rúbrica. “Cecilia quiere contarlo”.

Cecilia era la tercera pata del banco. Cecilia era la dulzura hecha ser, la criatura mitológica, la niña cantarina. Una especie de hada del bosque. Ramón, por supuesto, era el príncipe: aguerrido, osado, dispuesto, capaz… y el único varón de nuestros veranos soporíferos y nuestros escasos puentes. Yo siempre he sido la hermanastra envidiosa. Hosca, malencarada, retorcida, si quieres. No es que tuviera maldad. Solo era una niña respondona y sin encanto. Era lista, sí, no fingiré que no me daba cuenta. Pero eso no contaba demasiado si te faltaba todo lo demás. Y a mí, lo que no me faltaba, me sobraba. Me sobraba altura, me faltaba belleza, me sobraba impertinencia, me faltaba modestia… Era como una corneja grande y huesuda, el plumaje siempre revuelto y unas gafas horrendas. Un pajarraco. Todo lo contrario a Cecilia. Ramón estaba loco por ella y yo estaba celosa hasta lo indecible. No porque Ramón me interesara en realidad, sino porque dudaba ya entonces —cielos, con doce años— que alguien me mirara así alguna vez.

No sería honesta si no lo admitiera: mi intención aquella víspera de Difuntos era aterrorizar a Cecilia. Demostrarle a Ramón que yo era la atrevida, la intrépida, la fuerte. Virginia solo fue un… ¿cómo lo dicen ahora? Un daño colateral.

Era muy anciana, o eso nos parecía a nosotros —luego descubrimos que tenía 71 años, lo cual, hoy por hoy, te aseguro que no me parece tanto—, y, además, era la bruja oficial del pueblo. Una loca de los gatos, una cabrona borracha que chillaba a los críos desde su patio destartalado, no se trataba con nadie y no iba nunca a misa. Sobre aquella infeliz circulaban toda clase de historias: enredos con decentes hombres casados, criaturas abandonadas en la inclusa, un par de abortos clandestinos… Tenía una hija a la que nadie veía hacía décadas.

Molestar a la pobre vieja era uno de los pocos entretenimientos a los que se podía aspirar en San Lázaro. No había nada parecido al dichoso Halloween entonces, pero sí que se ponían velas y faroles en las ventanas. A los chiquillos nos dejaban pintarnos la cara con corcho quemado y correr por ahí soltando alaridos de almas en pena. Resultaba bastante penoso, sí, porque éramos solo tres. Las hermanas de Ramón ya estaban casadas, con niños pequeños. Cecilia tenía primos, pero en La Cañada. Yo era hija única.

La idea fue mía, quiero que esto quede bien claro. Fui yo la que propuse todo el plan de asustar a Virginia. No quiero entrar en detalles. No necesitas conocer la historia. Baste con decir que muy poca gente en el mundo puede afirmar con contundencia el momento exacto en el que terminó su infancia. Para Ramón, Cecilia y yo, fue el 31 de octubre de 1962, a las diez y veinte de la noche. Juramos, por supuesto, que jamás mencionaríamos aquello. Y lo cumplimos. Hasta el 29 de diciembre de 2004, cuando recibí la postal de Ramón. “Cecilia quiere contarlo”. No lo soltó como si tal cosa. Lo soltó porque siempre hemos sabido los dos que, ella es la frágil. Lo soltó —y esto es algo que debes entender, igual que yo lo entendí a la perfección en cuanto leí la frase— porque tenía muy claro que yo era la única que podía solucionar el problema.

No soy tonta, comprendo la motivación de nuestra amiga. Ya te he dicho que es especial, una persona llena de ternura, bondadosa en esencia. Además, se muere de cáncer. Y eso es lo que le está pesando como una losa, claro. Me lo admite sin rodeos cuando la visito esa misma tarde, cuando por fin la cansina de su hija y el aún más cansino de su yerno se deciden a aprovechar mi visita —pues no faltaba más, claro, id tranquilos— para hacer algunos recados. Y la dejan sola conmigo. Porque soy enfermera hace treinta y cinco años.

Cecilia es un cadáver ojeroso y pelón, cubierto por piel cenicienta y sepultado en un sillón orejero bajo una manta de lana. Me asombra que, incluso así, siga siendo guapa.

—Sí, vamos, un delirio para la vista —bromea, entre toses y sorbos de tisana

No es falsa modestia. Realmente ella nunca ha sabido lo bella que es.

—Me ha escrito Ramón —espeto, sin más, tratando de llevar mentalmente la cuenta de los minutos—. Dice que estás pensando en confesar.

Sus ojos verdes, enormes, no parpadean. Se clavan en los míos con una determinación que jamás le había conocido. Tengo un escalofrío al entender que nada la hará cambiar de idea.

—Te vas a reír, Marisa, pero es que tengo miedo a terminar en el infierno.

“No seas estúpida, por favor”, pienso. No lo digo.

—Ceci, qué absurdo —replico, en tono dulce—. A ver, ¿desde cuándo eres creyente?

—No lo soy…

—Y, además, éramos unos niños —continúo—. Pasó hace cuarenta años…

—Cuarenta y dos…

—… fue un accidente lamentable, prometimos que nunca diríamos nada…

—Yo no puedo morirme con esto dentro, Marisa.

—Hicimos una promesa —insisto, como si escupirnos en las manos tuviera algún tipo de valor sagrado—. Una promesa, Ceci.

—No seas ridícula —me ruega. Sonríe, con los ojos llenos de lágrimas—. Matamos a una mujer. A una anciana indefensa.

—Estaba allí, por si se te había olvidado —puntualizo, inclinándome hacia ella—. Fuimos a gastarle una broma y la muy hija de puta casi le mete un hachazo a Ramón. Estaba loca perdida, Ceci. Y además se cayó por la escalera.

—No se cayó…

—Intentó darnos con el hacha, nos persiguió por la leñera y tropezó en la escalera…

—La tiraste, Marisa…

—… partiéndose el cuello al caer.

—¡Marisa, la tiraste! —aúlla Cecilia, temblando. Ya no sonríe, aunque lo intenta, y su boca se estremece ante el esfuerzo de la mueca—. ¡Lo vi! La empujaste por las escaleras.

Le sujeto las manos. Están heladas, blandas, extrañas. Me causan repulsión, pero no las suelto. La miro, con cariño.

—Pues, si es verdad que fui yo, no deberías sentirse culpable, Ceci —razono—. Nadie te va a condenar al infierno por algo que no hiciste.

—Pero no dije nada…

—Ninguno dijimos nada —le recuerdo—. No hubo investigación siquiera, dieron por hecho que se había tropezado con un escalón, o con alguno de sus trescientos gatos. No le importó ni a su hija, Cecilia. Pasó en San Lázaro media hora, firmó unos papeles y se fue sin mirar atrás. Si ni ella la quería, cómo de bruja debía ser.

No le doy tregua. La cargo con nuevas culpas, con la vergüenza de su cobardía de años y de su deslealtad de ahora. Menciono a Ramón un ciento de veces. Cecilia llora, gime, se tapa la cara con las manos, pero no cede. Ni un ápice.

—Sigo allí, Marisa —dice de pronto, muy bajito, como si temiera ser oída—. Pasan los días, pasan semanas, meses y años, pero yo sigo allí, a oscuras en aquella leñera…

Y, entonces, me puede la lástima. La pobre Cecilia, todo este tiempo enloquecida por el miedo. Por la maldita broma que yo ideé. Para asustarla a ella, no a la vieja chiflada de San Lázaro. Va a contarlo. No sé si a su hija, si a un cura, si a la policía. En realidad, da igual. El crimen prescribió hace mucho, a quién demonios le puede importar ya. Pero es una cuestión de principios. Los de Cecilia, que no puede callar más. Los míos, que no puedo tolerar su sufrimiento. Le ofrezco una tisana, la suya se ha quedado fría. Voy a la cocina para preparársela. Apenas tardo unos minutos, pero, cuando vuelvo a la salita, está dormida. Arrullada en paz, aliviada, seguramente. La contemplo un momento, llena de afecto. Qué hermoso ser ha sido siempre. Contengo un suspiro, rompo el cristal y vierto la ampolla en la taza.

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