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Andrés Trapiello o el escribir de lo que la vida trae consigo

Andrés Trapiello o el escribir de lo que la vida trae consigo

Foto de portada: Almudena Jiménez

Continúa sin desmayo Andrés Trapiello su afán en el canto y recuento de los días, de la minucia de las horas, del tiempo (el tiempo también pinta, decía Goya) en su vigésimo quinta entrega, De todo tiene, que ya es, tanto por oficio como por gozo.

Fiel a la cita machadiana “a dónde el camino irá”, nos sigue llevando sin prisa, por el puro gusto, por veredas extremeñas, por el Rastro madrileño —más el de la calle Mira el Sol que el de Ribera de Curtidores— o por la ya lánguida y olvidadiza Cuesta de Moyano. Qué buen recuerdo le rinde allí a Alfonso Riudavets y a Conchita, también librera de la misma acera, a ese estar y no estar juntos, cómo relata esa constante queja cariñosa mutua. Da fe Trapiello del carácter —vaya si lo tenía— de Riudavets, sus pacas de libros atadas con cordel, abarquillados, polvorientos, su criterio rápido al comprar o no atadijos de libros que le llevaban, los precios para el paseante fijados al instante y a voleo (por cierto, a aquel hombre le debe encontrar de chiripa el dosier “Delitos contra la Seguridad del Estado” sobre los autores del asesinato de dos falangistas en 1945 en la madrileña calle Ávila y que fue el germen de su La noche de los Cuatro Caminos).

"Qué bien se escribe cuando no se quiere escribir bien, decía Umbral y sostiene Landero"

¿Que Trapiello da cuenta de todos los Machado que en el mundo ha habido? Bienvenido sea. Son nueve páginas donde uno al fin discierne quién es quién en la familia y algunos avatares que vienen a poner en claro para un despistado, como metáfora y realidad, lo que ocurrió hace noventa años. Con la excusa de la llegada a Sevilla desde Chile de dos hijas de José, el hermano pequeño de Antonio, Trapiello tira del hilo hasta deshacer la madeja de tantos, con descanso en Manuel y sus avatares en Burgos el día del Alzamiento, adonde fue por el cumpleaños de la hermana monja de su mujer, vaya casualidad.

Echemos la vista atrás, al primer párrafo de la primera entrega de este Salón de pasos perdidos que tituló en 1990 El gato encerrado. Como si fuera ayer: “Esta mañana tenía el Rastro esa grandeza de los días de invierno. Apenas había amanecido y ya estaban desplegándose los primeros puestos. Todas las cosas que iban extendiendo sobre la acera parecían oxidadas, chatarras, latón viejo; hasta los libros tenían algo de escombros”. Mismo estilo, o no estilo, que es el mejor estilo. Sin pretensión alguna, que es como más lejos se va, o más place. Qué bien se escribe cuando no se quiere escribir bien, decía Umbral y sostiene Landero. En ese mismo prólogo y en la página siguiente, Trapiello desliza: “Me gustan poco los diarios que parecen el Gotha”. Lo ha cumplido. Y también que se levanta todos los domingos —debe fallar alguno, pocos— a las siete y media observando esta máxima: “Buscar libros hay que hacerlo en ayunas, como los verdugos”.

"Trapiello suele desempolvar del olvido algunas en desuso o muy poco leídas o desechadas que se leen con gusto, como mainel, rabúos, cendal, aviar, la página de respeto, portañuela"

Para escribir tanto —que no digo mucho, como si se lo afeara— y durante tantos años unos diarios hay que llevarse bien con uno mismo y ser de buen conformar, que si bien no parece fácil tampoco es complicado si se hace sin prisa, un poco al desgaire, fijando pero no remachando, un rastro sin ánimo de hacer vereda, que ya el tiempo dirá. Y ese parece el quehacer de este hombre sereno y firme a la vez. “Nada como salir de casa: los diarios se escriben solos”, confiesa en De todo tiene. Hay, supone uno, que dejarse llevar, como Trapiello hace, por el crotorar de las cigüeñas, estar presto a oír la conversación del vecino, traer a colación una cita o anécdota que se leyó en su día, aderezar el párrafo con ocurrencias en minúscula y hallar gozo en las palabras, en su significado y hasta en su sonido.

Trapiello suele desempolvar del olvido algunas en desuso o muy poco leídas o desechadas que se leen con gusto, como mainel, rabúos, cendal, aviar, la página de respeto, portañuela, topiaria, astil, pescuezo, sartal; y otras no recogidas por la RAE pero que quizá deberían, como cazcaleo. O personajes como Ramón Carnicer y Sánchez Mazas (“de este escritor sorprende siempre ese gran estilo hecho de no tener estilo, la naturalidad y la erudición. Más elegante que Baroja, pero no menos natural que él”). O variopintos comentarios que salpimentan la tarde como “Lo más triste de la vida de un escritor es oírle defenderse, tanto o más que verle alabarse”, “Hay quienes hasta cuando elogian son ofensivos”, “Cuando dicen de ti que escribes mucho es porque no pueden decir nada peor”, “Los que me conocen saben quién soy, y no les importa. Y los que no me conocen, ¿qué me importan a mí?” (éste de una noble).

"Tampoco le agrandan las esculturas de Chillida y no digamos la obra de Weiwei, un matón del arte. No se libra ni Picasso"

No le duelen prendas ni esconde sus gustos artísticos. Si en un momento sostiene “En arte lo principal es lo que parece, más que lo que es”, antes ha metido el dedo en el ojo de Rafael Moneo por el Kursaal de San Sebastián (no tanto por otras construcciones del arquitecto), tampoco le agrandan las esculturas de Chillida y no digamos la obra de Weiwei, “un matón del arte”. No se libra ni Picasso. Sí se detiene en Les rêveurs, un enorme lienzo del impresionista Henri Martin en el que varios hombres con barba, abrigo y sombrero caminan sin prisa en una blanda tarde festiva junto al Garona a su paso por Toulouse: “Un pintor de provincias pintando la provincia”.

En este tomo cabe todo, el detalle y la broma, la descripción minuciosa, el arte del regateo en el Rastro de un supuesto Sancha y la frase que llega calzada (“el aire de Madrid mata a un hombre y no apaga el candil”) o la pericia con que unos hombres en una mañana gélida y de niebla van prendiendo una pequeña hoguera al pie de un olivo, sin olvidar las jugadas de las erratas, tan afortunadas algunas (“páginas escondidas / escogidas / encogidas”). También hay hueco para la sugerencia: “Olía a tierra mojada (y es una lástima que la palabra que designa ese olor maravilloso, “petricor”, tenga nombre de unas píldoras para cardíacos; habría que hacer un concurso para encontrar una apropiada, de vieja o nueva planta)”. Esto bien lo pudo escribir en El gato encerrado, porque los temas, sin ser los mismos, lo son; un poco como las Variaciones Goldberg o como esos derviches que parece que bailen a un mismo son, con un ritmo parejo, semejante, pero si nos fijamos resulta que no.

"Todo le vale, todo lo rebaña, desde un exlibris con las palabras “Puedo esperar” (magnífico) a la circunstancia de alguien conocido"

Todo le vale, todo lo rebaña, desde un exlibris con las palabras “Puedo esperar” (magnífico) a la circunstancia de alguien conocido (Tomás Segovia y de paso anécdotas de Ramón Gaya o Álvaro Pombo en un mitin reducido en la madrileña plaza de Ópera) o cualquiera de a pie, fiel a la frase de su respetado Galdós en Fortunata y Jacinta que aparece en todos los títulos del Salón: “por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”. Así, uno va anotando lecturas que contagian, como volver a Los cuadernos de Malte Laurids Brigge de Rilke, adentrarse en los diarios de Moreno Villa, los recuerdos de Hernández Girbal o el Libro de las horas de Vicente Risco. Un hallar sin buscar, al modo de Picasso. O una forma de estar en el mundo: “Con nuestra amiga de cuerpo presente no lo habríamos hecho [hablar de cosas íntimas], ni cerca de su marido o de sus hijas, amigos nuestros también. Por respeto. Aunque era un modo de seguir junto a ella, hablando de lo que la vida trae consigo”.

La gracia, es un decir, consiste es no saber qué aparecerá a vuelta de página, ni tan siquiera el tema ni menos su extensión, que una idea puede caber en una línea o necesita varias.

Por casualidad leí días atrás en un ABC de 1994 las últimas entradas del diario de Virginia Woolf. El 8 de marzo [se ahogó el 28 de ese mes] de 1941 anotó: “No: no voy a hacer introspección alguna. Me repito la frase de Henry James: Observar incansablemente”. Esto lo suscribe Trapiello. Observar, mirar, contemplar; y si se tercia, escribirlo.

Y todo para qué o por qué. “La literatura”, apunta Trapiello en esta última entrega, “no sé si salva, pero a mí me va ayudando a pasar el tiempo”. Sea.

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