Un salón que nació sin querer darse mucha importancia es hoy el salón en construcción más importante de la literatura española. Nada que no se sepa desde hace mucho, pero estos días toca recordarlo con énfasis porque llega a librerías la vigesimoquinta entrega de los diarios de Andrés Trapiello (AT), que lleva por título uno que también valdría para todo el proyecto —De todo tiene— y que de todo tiene, para empezar y no parar. El primero daba cuenta de 1987 y éste último hace lo propio con 2011. Un tomo por año. 25 tomos para un Salón de pasos perdidos (Spp) al que ya no podemos calificar de ochomil de las letras patrias porque la metáfora montañera se nos ha quedado insuficiente. ¿Diez mil páginas? ¿Quince mil? ¡Qué más da! Más importante que hacer cumbre tan cerca de las nubes está lo grato que resulta subir y subir y ver las vistas mientras se sube. ¿Que aún no has empezado la ascensión? No caeré en el tópico de envidiar tu virginidad. Estos libros me acompañan desde el siglo pasado y seguirán haciéndolo y no solo porque estén previstas nuevas entregas. Respondiendo al anuncio del titular, aquí van 25 razones para disfrutar de esta cordillera en formación y ponerse desde ya a descubrirla aprovechando la novedad recién salida de imprenta. Todo ello sin necesidad de botas con crampones, piolets, cuerdas o mosquetones. Tampoco hace falta un sherpa, aunque, no lo negaré, a mí me hace ilusión serlo por un día.
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1.- Las cubiertas. Y las contracubiertas que explican qué es eso de un salón de pasos perdidos. Y las solapas también. Como los mejores editores, Trapiello no da puntada sin hilo. Ni la da ahora con sus hijos y su mujer al frente de Ediciones del Arrabal, ni antes, en los veintidós primeros, con los responsables de Pre-Textos, Manuel Borrás, Silvia Pratdesaba y Manuel Ramírez. Cada ilustración, o mejor dicho cada fragmento de cada ilustración, tiene su aquel; imposible citarlos todos, pero los hay de Vittore Carpaccio, Domenico Ghirlandaio, Arturo Tosi, Gutiérrez Solana o Darío de Regoyos. Hay pinturas, dibujos, collages, viñetas, fotografías… A este lector, por lo que sea, se le quedaron grabados los billetes capicúa de tranvía y autobús de la primera mitad del siglo pasado (Sólo hechos) y la radiografía —en stendhaliano rojo y negro— del pie del autor de cuando en el verano de 2004 se rompió el tobillo por tres partes (Miseria y compañía). Si memorable resultó la fotografía de Rafael Trapiello para Éramos otros, a la vista está que otro tanto podemos decir de la que protagoniza De todo tiene.
2.- Los títulos. Cada uno tiene su historia, su origen e influencias. No todos los anunciados en volúmenes previos llegan a cuajar, así que, si lees en el último tomo la relación de títulos en preparación y alguno te seduce especialmente, mejor no darlo por hecho. AT les concede la mayor importancia, y eso supone seguir dándole vueltas a su idoneidad hasta el último momento. Los hay realmente evocadores. En mi caso, es fijarme en el lomo de Troppo vero y acordarme, claro, de uno de los mejores retratos que pintó Velázquez. O fijarme en el de Quasi una fantasia y desear ponerme alguna sonata de Beethoven. Por su carácter futbolero —la verdad es que nos habría chirriado menos bola de partido— diremos que fue toda una sorpresa el de Seré duda.
3.- Los prólogos. Hay gente que se salta los prólogos si no son del autor. Los hay que no los consumen sean éstos de quien sean. Y no lo hacen ni antes ni después de leer el libro. Creo no equivocarme si sostengo que los lectores del Spp no perdonamos uno, y eso que a veces nos pone varios en el mismo tomo; es más: en alguno ha llegado a colocarnos seis, y tan felices. Juan Bonilla escribió que si se juntaran todos los prólogos saldría un libro formidable sobre qué significa escribir diarios. Tan importantes son los prólogos que tendría problemas para decidir cuál es el verdadero principio del Spp en el El gato encerrado: si ése de “El día primero del año tiene en Las Viñas algo de plácida rutina” o la frase inicial del prólogo que declara que “Esta mañana tenía el Rastro esa grandeza de los días de invierno”.
4.- El tema. ¿De qué trata esta gran novela en marcha que son los diarios de AT? De la vida. O sea, de nada en concreto y de todo en general. Él mismo lo ha resumido de forma tan atinada como excesiva: “mi reducida familia, Madrid, viajes, la poesía, algunas meditaciones, unos pocos amigos, las manías, el Rastro, lo que voy leyendo, lo que me cuentan o lo que oigo a otros…”. La demostración de que para un narrador de raza no hay tema pequeño. El tono elegido para cada asunto, el afán de conocer tipos e historias para luego contarlas (AT respira saludable curiosidad extrema por la peripecia ajena), el talento alucinante para capturar la vida, siendo la vida el cesto más grande que uno pueda concebir, pero con esos mimbres un poco de andar por casa que todos compartimos.
5.- El montaje. Entre la escritura a mano del diario en pequeñas libretas y su publicación pasan unos cuantos años; primero eran cuatro o cinco y ahora son bastantes más, pero ese tiempo supone su paso por la sala de montaje. Dicen quienes saben de cine que es en el montaje donde se acaba de escribir la historia de una película; también donde se puede estropear o arreglar, allí donde se manipulan con mayor eficacia las emociones del espectador. En el caso del Spp, bendita manipulación… que tanto desesperó en su momento a quienes AT solía referir como Policía Montada de los Diarios, esos que saben cómo deben escribirse y publicarse este tipo de libros. Más allá de la importancia formal, a nivel de contenido no sabemos lo que se elimina en esa sala, aunque alguna pista tenemos del responsable. “Nunca, o raramente, he desvelado el sueño que he tenido la víspera; pocas veces o ninguna, he perdido el tiempo en contar lo que he comido; y, por supuesto, jamás, nunca, ni una sola palabra de lo que sucede detrás de la puerta del dormitorio”. Y que así sea siempre. ¡Será por temas!
6.- La escritura. “Era un poeta, o sea / sacaba algún sentido sorprendente / de los significados ordinarios”. Así empieza uno de los poemas de Emily Dickinson incluidos en ¿Eres nadie también? en la colección La Veleta, que el propio AT dirige para la editorial Comares. Huelga decir que la de Trapiello es la escritura de un poeta. Bueno, y la de un humorista eficacísimo, la de un cronista superdotado, la de un enorme retratista… Abrir el salón por cualquier página es entregarse al placer del texto. Todo fluye con esa naturalidad que es marca de la casa, o mejor dicho del salón. “Es lo opuesto a un prosista (…). Escribe como si cogiese agua de una fuente con el cuenco de una mano”, apuntó José Jiménez Lozano. O como decía Carlos Pujol, se las apaña para nombrar el mundo “con palabras justas, ni más altas ni más baja, certeras y un poco crueles y melancólicas”. Y el que tenga vocación de escritor y a estos libros se acerque algún consejo práctico encuentra: “Al escritor que escribe domicilio por casa, fallecer por morir, esposa por mujer y rebeldes sin causa, deberían quitarle la licencia de por vida”.
7.- La precisión. Lo que en otras obras puede resultar disuasorio tiene aquí enorme atractivo. Las palabras que se leen por primera vez nunca te hacen perder pie y uno siempre celebra leer encina en lugar de árbol. Por ejemplo: “Me he pasado más de dos horas hablando con Manuel de los pájaros que se ven por el país: herrerillos, colorines, pinzones, ruiseñores, pájaros carpinteros, alondras. Me contaba cómo de joven cazaban alondras con maula, poniéndolas en la besana de los sembrados. Sabía qué era una maula, pero no qué era la besana”. Y todo eso compatible con aquello de Juan Ramón Jiménez: “Quien escribe como se habla llegará en el futuro a ser más hablado y leído que quien escribe como se escribe”. Resumiendo, para zanjar este asunto: nadie menos que nuestro autor merece que le echen en cara este aforismo de su autoría: “¡Y qué prosa! Necesita para leerse un abrelatas”.
8.- El humor. Está en el aire del Salón. Ya no hay garantía de tener cada año un nuevo tomo, pero sí de que los venideros proporcionarán sus ratos no de risas ni sonrisas, sino de verdaderas carcajadas. La gracia aflora incluso en momentos jodidos, como cuando su hijo pequeño se pierde con un amigo en el campo y pasan las horas sin noticias de ellos: “Cuando G. y ese muchacho se juntan, los milicianos de Septiembre Negro quedan reducidos a simples camilleros de la Cruz Roja. Cada minuto que pasan juntos, la humanidad eleva, en su conjunto, vítores de alegría por seguir incólumes”.
9.- Los momentazos. Esto está ligado con lo anterior porque si uno enumera aquí media docena de highlights a buen seguro que serán todos o casi todos entre muy divertidos y abiertamente descacharrantes. Mencionemos ya la célebre excursión a Toledo con un académico de la Lengua o el día que fue convocado por la Academia de Bellas Artes de San Fernando como tribunal de admisión de candidatos para la academia de España en Roma. Ahora bien, si servidor tiene que salvar uno de un incendio, es el de la marquesa aquella que consigue su participación en unas veladas poéticas y el modo en que decide hacer entrega de sus honorarios. Imposible leerlo y no querer hacerlo de nuevo en voz alta para compartir las risas con alguien cercano.
10.- Madrid. Algún escritor célebre e ilustre borracho dijo aquello de “bebo porque cuando bebo pasan cosas”. A AT le basta con salir a la calle para que pasen cosas. Como vive en Madrid, la ciudad no puede ser sino una de las protagonistas del Spp. Si repara en algo durante su caminata y la entrada en el diario tiene cierta extensión, la aventura madrileña está asegurada. Tengo, por cierto, comprobado que hay muchos lectores de su libro sobre Madrid que ignoran que en los diarios hay camuflado otro gran libro sobre la capital. ¡Ellos se lo pierden!
11.- El Rastro. Aunque esto no lo tengo tan comprobado, repito lo de la frase anterior: quienes buscaron y compraron su libro sobre El Rastro deberían saber, si no lo saben, que cientos y cientos de páginas de sus diarios tienen a nuestro gran mercadillo al aire libre como elemento felizmente recurrente. Siempre habrá la historia de una riña o la captura de un tesoro inesperado que leeremos con gusto, aunque nos suene haber leído antes algo bastante parecido.
12.- La bibliofilia. Si después de Madrid hay que hablar del Rastro, después del Rastro hay que hablar de los libros viejos y de los puestos de la Cuesta Moyano; también de la librería Mirto, a la que siempre consideró la más bonita de Madrid, la única en la que al parecer a la hora del aperitivo sacaban jerez y patatas fritas. Librería cuyo rótulo acabó en su estudio y por cuya anciana dueña, Herminia Muguruza, sentía debilidad y a la que seguía visitando cuando cerró el negocio. No hace falta ser un forofo de las primeras ediciones de libros centenarios para disfrutar de las búsquedas que nuestro hombre hace escudriñando anaqueles en librerías de Roma, París o provincias, en casas particulares o regateando a veces con vendedores más ignorantes que lo contrario. Buscar, encontrar y luego contarlo. Siempre sin gesto alguno de proselitismo; al contrario, recordándonos lo de que “libro que no has de leer, déjalo correr” y que aquellas obras que pueden cambiar nuestra vida nos esperan en un tablero de saldo. Hemos puesto aquí la bibliofilia, pero podíamos haber puesto la tipografía y recordar asimismo las páginas que dedica a su trabajo conjunto con Alfonso Meléndez.
13.- La familia. La estampa familiar es una constante porque M., R. y G. figuran, claro, entre los grandes protagonistas de la serie. Que nadie busque nada extravagante. Más bien lo normal en una familia bien avenida: momentos divertidos, delicados o conmovedores que son siempre parte esencial de los diarios. Con dos hijos a los que hemos visto crecer, echarse novias, discutir, desarrollar su vocación y ahora marcharse de casa. En esta última entrega, De todo tiene, leemos que el pequeño estrena vida en nueva casa. “Ha empezado a llevarse sus cosas por capítulos, y en cada una se lleva, arrancado, un pedazo de nuestro corazón, y el que nos deja para seguir viviendo, en carne viva”. Y quien dice familia dice también amistad, celebrada también en muchas páginas de estos libros, con gente de su generación (Juan Manuel Bonet, Pedro García Montalbo, Eloy Sánchez Rosillo…) y también con figuras mayores que ya no están como Carlos Pujol o Ramón Gaya, éste último encarnación, para AT, de la mejor España del siglo XX, “una lección permanente de ética y estética”.
14.- Los viajes. Juraría que en algún sitio he oído o leído a Trapiello que a estas alturas de su vida le basta con viajar solo a Italia. Menos mal que durante mucho tiempo no le ha bastado y nos ha paseado por numerosas ciudades españolas, por unas cuantas europeas y por algunas al otro lado del charco y siempre ha sido gozoso emprender estas excursiones a su vera. Y da igual que sean de trabajo, acompañando a su mujer o de vacaciones familiares; da lo mismo que el lugar fuera una belleza o de pocos atractivos, que todo saliera a pedir de boca o que se sucedieran los peores imprevistos. Cuando lo apuntado en la libreta se edita para ser impreso el resultado siempre merece la pena. Solo en De todo tiene caminamos por Mallorca, Orense, Tudela, Burdeos o Berlín.
15.- El campo. En el campo no abundan las conferencias ni las comidas de trabajo, pero hay ratas que merecen castigo, perros que necesitan comer, averías que arreglar y citas con el fontanero. Aun así el espacio se presta más que otros al ejercicio lírico. Y que así sea. Mal llevaríamos que un día AT sustituyera por otro lugar ese rincón de la provincia de Cáceres, cercano a Trujillo, rodeado de olivares y lagares, que sus lectores conocemos como Las Viñas. Nacido en Manzaneda de Torío (León), Trapiello ha elegido un pedazo del campo extremeño en el que aspirar, en sus palabras, a “cuidar unos pocos olivos, podar a su tiempo la parra, regar en el suyo unas tomateras, estercolar los rosales, recoger las zamboas, sembrar nardos, desbravar las zarzas, quitar las malas hierbas, ver amanecer con ilusión y ver atardecer en paz, escribir muchos papeles y tener escogido y amistoso trato con algunos vecinos que hayan venido aquí, como a ermita del mismo cenobio, a cuidar también sus pocos olivos, a podar a su tiempo la parra, a cavar y regar su huerto, a cultivar sus rosales y hacer su trabajo, el que sea, con el impulso de quien ve salir el sol con ilusión y en paz lo ve acostarse”.
16.- Los retratos. Si antes decíamos que qué bien pasea AT las ciudades, ahora diremos que qué bien le salen los retratos, sobre todo a la gente que aprecia y quiere. Lo hizo, por ejemplo, con su editor en Pre-Textos Manuel Borrás. En este último tomo, De todo tiene, nos deja uno entrañable de Abelardo Linares, fundador y director actual de las editoriales Renacimiento y Espuela de plata: “Cuando hablo con él a veces me sorprendo mirándole fijamente no al ojo bueno, sino al que está fijo, como atraído por ese abismo o esperando, quizá, que de pronto ese ojo cobre vida, pues se ve que está a punto de arrancarse a mirar”.
17.- Los aforismos. Ni el mayor hater que pudiera tener por ahí estaría en condiciones de negarle su condición de gran aforista. Podemos empezar por el de “Si Cervantes viviese, el primer premio Cervantes se lo llevaría Lope de Vega” y poner aquí una docena igual de buenos. De hecho, no me resisto a poner alguno más, como “Todas las tardes de domingo se parecen, pero ni un solo sábado es igual a otro” o “Los maestros no están ni vivos ni muertos: están presentes” o “El orden consiste en desplazar de sitio el desorden… sin ordenarlo”. Y luego está esa subsección de los aforismos sobre aforismos, como éste: “Los aforismos tienen mucho de pistoleros del Far West, por lo rápido que la sacan”. Uno más del último tomo: “Se fueron los padres, y cuántas preguntas que no hicimos. Nos iremos, hijos, y cuántas sin responderos”.
18.- Las citas. Empecemos por la cita que todos mencionaríamos primero porque está en el espíritu de la serie: contar la novela de una vida, haciendo realidad impresa la frase que incluyó Benito Pérez Galdós en su Fortunata y Jacinta: “Por doquiera que el hombre vaya lleva consigo su novela”. Están, claro, las diferentes citas que encabezan cada uno de los veinticinco libros (Montaigne, Rilke, Dickens, Hannah Arendt,…). Luego las hay más habituales: de Unamuno (“Vivir de modo que la muerte sea una injusticia”), Ramón Gaya (“Me gusta mucho la gente, pero espero poco de ella”) o Juan Ramón Jiménez (“He aprendido a ser sucio, y me parece bien”). En fin, difícil salir de un tomo sin haberse apuntado en un cuaderno alguna de las citas que rescata de lecturas o que trae al hilo de alguna situación.
19.- Las filias (y las fobias). Igual que uno podía y puede leer a Francisco Umbral no siendo fan de Valle Inclán y sí de Baroja, se pueden atravesar con gusto el Salón de AT sin compartir al cien sus pasiones y aversiones. Ahora bien, si las compartes, entonces el festín está garantizado: a los citados en el párrafo de arriba, añadamos a Stendhal, Velázquez, Cervantes, Leopardi, Mozart, Baroja, Dickinson, Azorín, Chaves Nogales, Gutiérrez Solana, Victoria de los Ángeles… Y lo dicho vale igualmente para lo que le desagrada, es decir, se puede surfear feliz las olas del Spp teniendo por un gran artista a Duchamp (que nos espera en la siguiente razón). Que los prejuicios no impidan abrir esta puerta.
20.- El arte. Abundan en el diario las lecturas comentadas, las músicas fetiche, algunas películas. Son siempre bienvenidas las visitas a los museos y las opiniones sobre el arte del pasado y también el contemporáneo, momento éste idóneo para volver a sacar en procesión a Marcel Duchamp con extracto del tomo veinte, Solo hechos: “Hasta que no haya un museo que retire de sus salas a quienes, como Duchamp, hicieron unas obras cuyo valor fue exclusivamente el cuestionamiento del museo, no se habrá pasado el sarampión de la modernidad. Hasta que el director del museo donde está el urinario de Duchamp no se lo lleve de la sala donde está expuesto a los retretes del museo, no habremos hecho gran cosa por el arte. Hasta que no se vuelva a mear en el urinario de Duchamp, nuestra sociedad seguirá enferma (de la vejiga, al menos). Será pintar un bigote a un artista que encontró muy gracioso pintarle otro a la Monalisa. Es justo que podamos volver a divertirnos todos, no solo unos pocos”.
21.- El taller. Los diarios como trastienda de otros libros del autor. Citemos, por resultar ejemplares, las muchas páginas en que nos iba contando los pormenores, avances, alegrías y disgustos asociados a la escritura a contrarreloj de Las armas y las letras. “Me gustaría destacar el interés del Salón cuando toma la forma de taller, en las descripciones del proceso de escritura de los poemas, de los ensayos o de las novelas; de campo de investigación cuando se tira a la calle dispuesto a encontrarse con lo novelesco; de laboratorio de nuevos significados cuando hace bromas vanguardistas, o cuando se inventa palabras, o cuando compone aforismos cubistas” (Miriam Moreno Aguirre en el artículo que cierra Vidario).
22.- Los encuentros (y desencuentros). Seamos sinceros: no hay tomo sin salseo. Es posible que unos pasemos páginas con el secreto deseo de que haya una dosis mayor y que para otros no sea éste, ni de lejos, el mejor de sus ingredientes. Pero sin esos encuentros con figuras más o menos populares, más o menos adivinables, estos diarios no serían los mismos. Aceptemos que buscar solo eso sería un tanto penoso, pero es que lo pasamos tan en grande cuando coincide en un tren con un cantante de los sesenta aún en activo o cuando improvisa un paseo por el barrio con un filósofo y ser humano admirable. O el primer encuentro con ese joven escritor que un día se declara tremendo entusiasta y al cabo del tiempo resulta de lo más decepcionante. Algunos desencuentros acaban deviniendo en retratos con afán caricaturesco que pueden gustar o desagradar hoy, pero que pasados muchos años tendrán, seguro, su punto (literario) para lectores que lo ignoren todo o casi todo del que retrata y del retratado.
23.- Las iniciales. Cuántas veces no le habrán preguntado a AT por ellas y cuántas veces no habrá contestado: “Basta que alguien diga que X es idiota para que, no sé por qué razón, aparezcan veinte personas que se postulan y creen, ofendidísimas, que se hablaba de ellas”. Si te entretiene, te fascina o necesitas saber quién hay detrás de la X, lo pasarás bien. Según el autor son necesarias para que lo que nace como diario se publique como novela; que nadie en concreto esté pendiente de si fue exactamente o no así lo contado, lo importante es que a los lectores nos resulte veraz y disfrutable.
24.- El mundillo literario. Como quiera que en este asunto también entra el periodismo cultural, traigamos ese momento en que el entrevistador empieza así su cuestionario: “Me vas a perdonar, pero no he leído la novela”, lo cual nos lleva a frotarnos las manos ante lo que está por venir. Una feria, una conferencia, unas jornadas, una firma de libros, el jurado de un galardón, la concesión de un premio… Da igual: habrá no pocas veces un tren de ida, incidencias varias, un tren de vuelta y rociándolo todo el humor marca de la casa: “A estas alturas de la vida sabe uno que de tales viajes no sale indemne, pero sabe que estas heridas no son de arma blanca, sino infecciosas, y necesitan como todas las infecciones un tiempo de incubación. Así que aprovechemos, antes de que dentro de tres o cuatro días quiera colgarme de una viga por la vida que llevo y por no quedarme en casa”. Y un aforismo obligatorio: “Vida literaria: o es vida o es literaria”.
25.- Los episodios nacionales. Concluyamos desagradando un poco a AT por evocar la gran serie de libros con la que Galdós se propuso contarnos la historia de España. Efectivamente no es esa, en modo alguno, la finalidad del Spp, pero igual que no necesitamos fechas antes de cada entrada, sí agradecemos que queden más o menos consignados los cambios de estación y que unas veces más en primer plano y otras más al fondo atisbemos los grandes hitos que nos interpelaron de lleno en su momento: el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, las paranoias del efecto 2000, los atentados del 11M… En De todo tiene está la mirada de AT sobre varios momentos de aquel 2011 como el movimiento 15-M, el accidente nuclear de Fukushima, el final de Osama bin Laden o ETA anunciando que abandonaba la violencia.
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Ya se ha dicho: en el ritual de la inspección de cada nuevo tomo del Salón se incluye ese momento de ir a la página con los títulos en preparación. En De todo tiene leemos que el próximo, el correspondiente a 2012, será Puedo esperar y el que dé cuenta del 2025 será Providencias, y entre medias otros trece. Podemos esperar, sí, pero ojalá no tengamos que rogar a La Providencia que la espera no sea muy larga.
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Autor: Andrés Trapiello. Título: De todo tiene. Editorial: Ediciones del Arrabal. Venta: Todostuslibros.





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