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A destiempo

Podría decirse que El aire quema (Destino, 2026), debut literario de Mónica González Inés, es la historia de una mujer que vive constantemente a destiempo. No es casual que la novela se abra con una dedicatoria “a todas las mujeres que corren cada día y fingen estar bien, aunque el corazón sangre por mil heridas”. Porque correr es, quizá, el verbo que mejor define a Lúa Cruz, protagonista de esta ficción.

La historia de Lúa comienza el doce de diciembre de 2012, una fecha cargada de resonancias catastróficas. Pero mientras entonces el mundo siguió girando con absoluta normalidad, el de Lúa Cruz comenzó a deslizarse hacia su propio apocalipsis. Un apocalipsis sin trompetas ni profecías, precipitado por la irrupción constante de correos electrónicos, llamadas urgentes, reuniones interminables, atascos, compromisos familiares, crisis laborales y todas las demandas cotidianas que, acumuladas, acaban produciendo eso que algunos han llamado ‘sujetos exhaustos’.

La novela dialoga, así, con una literatura cada vez más interesada por las consecuencias psíquicas de la aceleración y la saturación contemporáneas —pienso en Consumir preferentemente de Andrea Genovart— y la sensación persistente de no llegar nunca del todo a la propia vida.

"El aire quema desplaza la cuestión hacia otro lugar: ¿qué ocurre cuando esas promesas sí se cumplen? ¿Qué ocurre cuando alguien que alcanza todo aquello que se suponía deseable sigue habitando una intemperie?"

Aunque esta sensación de saturación, en principio, trasciende el género, la novela también quiere mostrar que no perjudica a hombres y mujeres por igual y que las responsabilidades afectivo-familiares siguen recayendo de manera desproporcionada en ellas. Sin embargo —y a pesar de que hay un reconcome en torno a la maternidad y a la culpa que recorre el libro— tampoco sería exacto decir que el núcleo del conflicto radique en la maternidad o el cuidado familiar en sí mismos. En realidad, lo que González Inés retrata virtuosamente es el desgaste producido por la exigencia de encarnar simultáneamente múltiples versiones ideales de sí misma, cada una con demandas distintas e incluso incompatibles. Todo ello, atravesado por el régimen de temporalidad contemporánea, termina produciendo el caldo de cultivo idóneo para la locura.

Dicho esto, la novela evita convertirse en una impugnación simplista contra las promesas y relatos que una vez nos vendieron. Más que preguntarse por qué ciertas promesas fracasan o por las condiciones estructurales que producen exclusión y desposesión, El aire quema desplaza la cuestión hacia otro lugar: ¿qué ocurre cuando esas promesas sí se cumplen? ¿Qué ocurre cuando alguien que alcanza todo aquello que se suponía deseable sigue habitando una intemperie? ¿Cómo puede alguien haber ganado la partida y aun así sentirse derrotado?

"En El aire quema las crisis de pareja y familiares se abordan como si la vida emocional pudiera gestionarse de la misma manera que una campaña publicitaria"

Tal vez ese sea uno de los mayores logros de la novela: negarse a caer en binarismos manidos. Lúa no ocupa una posición desde la que resulte fácil leerla exclusivamente como víctima. Es una ejecutiva que ha prosperado dentro de las estructuras que la rodean y que ha aprendido a desenvolverse con soltura en ellas. Ambiciosa, competitiva, resolutiva y aparentemente muy resistente a la presión, encarna muchas de las cualidades que durante largo tiempo se identificaron con el éxito profesional masculino. La novela no pone en duda ninguna de estas conquistas de espacios históricamente negados a la mujer. Lo que deja en el aire es la idea de que el acceso a determinadas posiciones puede exigir la reproducción de aquellas mismas dinámicas que terminan provocando el malestar que la novela retrata.

Hay también un logrado retrato psicológico de unos personajes para quienes conceptos como el riesgo o la optimización no pertenecen únicamente al ámbito profesional, sino que han terminado colonizando incluso su manera de entender los afectos. En El aire quema las crisis de pareja y familiares se abordan como si la vida emocional pudiera gestionarse de la misma manera que una campaña publicitaria.

"El aire quema no es una novela sobre una mujer que fracasa, sino sobre una mujer que triunfa convirtiéndose exactamente en el tipo de sujeto que su época le pidió que fuera"

Quizá por eso uno de los hallazgos más inquietantes de la novela tenga que ver con Claude, marido de Lúa. Y es que el verdadero horror, en esta ocasión, no reside en la posibilidad de que alguien te abandone, sino en que te proteja. En la posibilidad de que quien debería ayudarte a mejorar intente salvar la peor versión de ti misma.

Igual que la metáfora de la copa de cristal —intacta por fuera, pero recorrida por fracturas imperceptibles a simple vista— que la propia Lúa evoca hacia el final, El aire quema funciona como un filtro polarizador aplicado sobre una vida que parece exitosa. La novela no cuestiona la existencia de ese éxito sino su transparencia. Allí donde otros veríamos estabilidad o prestigio, González Inés expone las tensiones y formas de desgaste que sólo se vuelven visibles cuando la luz incide desde un ángulo distinto.

El aire quema no es una novela sobre una mujer que fracasa, sino sobre una mujer que triunfa convirtiéndose exactamente en el tipo de sujeto que su época le pidió que fuera. Lo más perturbador es que ni siquiera eso parece suficiente para escapar a la precariedad. De ahí, tal vez, que termine sugiriendo que cualquier final feliz es solo posible como operación de montaje.

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Autora: Mónica González Inés. Título: El aire quema. Editorial: Destino. Venta: Todos tus libros.

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