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A falta de libertad, lluvia

Que llueva. Que ruja el cielo y que, con moderación, pues no estamos para más catástrofes, diluvie como rapsodiaba un efébico Bob Dylan en A Hard Rain’s A-Gonna Fall. Llevo mejor el estrangulamiento burgués, seriéfilo e instagrammer de la cuarentena cuando Madrid se viste de Londres —meteorológicamente, quiere decirse—, y se me atraganta cuando Helios se exhibe impúdico, cuando veo a los árboles florecer y cuando escucho, al abrir las ventanas, el canto nupcial de los gorriones, los mirlos y las cogutas terroneras.

No ha tanto, en La Mancha mía —y supongo que en otros territorios españoles— se recurría a las Vírgenes y a los santos cuando la sequía se prolongaba en exceso, y se les sacaba en procesiones de rogativas para que estos atrajeran a los chaparrones. La cosa ahora no se lleva. Ni, dadas las circunstancias, se puede ni se debe llevar, claro. El coronavirus ha enchironado a la Semana Santa. Ni siquiera el papa Francisco saca extramuros de la Basílica de San Pedro del Vaticano al Cristo de San Marcelo, del que dicen que, en 1522, tras procesionarlo durante varios días, erradicó una epidemia de peste en Roma. Confieso, por cierto, que vi la misa del Domingo de Ramos que ofició el Sumo Pontífice y que, en algunos momentos, me estremecí. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, rezaba el salmo.

"Algunas veces siento que corro el riesgo de pensar y de escribir como un literato estupendo, en el peor sentido del adjetivo"

Algunas veces siento que corro el riesgo de pensar y de escribir como un literato estupendo —en el peor sentido del adjetivo—. Entonces, llamo a mi compadre Jeosm, quien, además de ser un genio de la fotografía, es ducho en el cada vez menos practicado deporte de tener los pies en el suelo. Le cuento el martes 7 de abril de mi enfado inútil con la portavoz del Gobierno, María Jesús Montero, que, en rueda de prensa —por fin, y gracias al manifiesto impulsado por Juan Fernández-Miranda y Jesús García Calero, sin preguntas filtradas—, dijo: “Es imprescindible que la población tenga claro qué puede hacer, qué no, y, en este momento, me vais a permitir que no especule”. O sea, que cada cual digiera sus dudas hasta el próximo toque de corneta.

“El confinamiento lo paso de puta madre: hay días que me faltan horas —me cuenta el muy capullo—: saco a los perros y hago 20 kilómetros al día en la bici estática. Me pillas haciendo el boceto de un grafiti”. Le pregunto si tiene mascarilla, objeto que hasta hace sólo dos semanas no era en absoluto necesario y ahora, cuando menos, es calificado de recomendable por los expertos: “No. ¿Debería tenerla o qué? Si ayuda, no me parece mal, pero tendría que haber opción de comprarlas. No sé en tu barrio, pero en el mío no se venden en ningún sitio. Son como el lince ibérico”.

"Como decía Maiakovski, mejor morir de vodka que de hastío"

Por su parte, el también zendiano Emilio Lara compró hace dos meses —en realidad, fue su mujer, María José— “varias mascarillas FPP3, que parecen de las Tropas de Asalto de Star Wars”. El novelista jienense las adquirió “porque soy muy escéptico con el poder”: “El rebaño está guardado por muchos caniches, un par de mastines y varios lobos”. El autor de la fantástica Tiempos de esperanza (Edhasa, 2019), quien sólo se fía de la eficacia gestora del rey Felipe VI, me comenta que lleva su “bunquerización casera muy bien”: “Leo y escribo muchísimo, a un ritmo de locomotora”. Y yo, con estas pintas.

Releo La llama (Salamandra, 2018), el poemario póstumo de Leonard Cohen: “Quieres devolver el golpe y no puedes. / Quieres ayudar pero no puedes. / Y la pistola no dispara. / Y la dinamita no explota. / Y el viento sopla en otra dirección. / Y nadie te oye. / Y la muerte está en todas partes”. Interrumpe mi lectura doliente la poeta Lara Mantoanelli, autora del interesantísimo y hermoso Cantos de Salomé (Acidalia, 2015), para despejarme la bruma contándome la historia de un tal Rafael, un señor de 89 años que se fugó de su residencia de ancianos tras ver cómo 22 compañeros morían por Covid-19: “Entre cumplir las reglas y la rebeldía, prefirió sobrevivir. Es hermoso ver cómo él, y otros en tantas tragedias, se ha agarrado a la vida con vehemencia. Para mí, es una de las grandes lecciones de todo este caos. Hay que quedarse en casa, y a don Rafael le deseo que tenga una larga vida de rebeldía y libertad. Como decía Maiakovski, «mejor morir de vodka que de hastío». Hay que brindar por don Rafael, primo”. Salud y, a falta de libertad, lluvia.

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